Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 17 agosto 2025

Domingo 20-C

Lc 12,49-53

Fuego he venido a arrojar a la tierra

El Evangelio de este Domingo XX del tiempo ordinario es continuación del que leíamos el domingo pasado y pertenece al mismo Capítulo XII del Evangelio de Lucas que hemos leído los dos domingos anteriores. Para entenderlo es necesario ubicarlo en ese contexto.

En medio de su enseñanza, Jesús manifiesta un profundo anhelo suyo por medio de una sentencia enigmática: «Fuego he venido a arrojar a la tierra y ¡cuánto querría que estuviera ya ardiendo!». Todos conocemos el fuego y sabemos que, cuando se enciende, a nadie deja indiferente, pues, por su propio dinamismo, tiende a expandirse alterando todo. Por donde pasa el fuego, lo que era valioso queda reducido a nada. Es importante intentar comprender a qué se refiere Jesús con esa metáfora, dado que la usa para expresar el objetivo de su venida a la tierra, que es lo más importante que ha acontecido en la historia de la humanidad.

Antes de seguir adelante debemos observar que Jesús agrega un segundo anhelo, obviamente relacionado con el primero: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡cuánto me urge que esté cumplido (telesthé)!». Dos indicios nos revelan que eso que urge a Jesús que esté cumplido es su muerte en la cruz. Él es verdaderamente el «Cordero de Dios» (cf. Jn 1,29.36) que iba a ofrecerse a sí mismo en sacrificio para dar a Dios la gloria que merece y expiar el pecado del mundo. El primer indicio de que es su pasión y muerte lo que le urge es que ya en otra ocasión Jesús usó la misma metáfora del bautismo para referirse a su muerte en la cruz. En efecto, cuando los hijos de Zebedeo se acercan para pedirle que les conceda sentarse a su derecha y a su izquierda en su reino (se entiende, cuando Él como «hijo de David» tome el poder), Jesús les dice: «No saben lo que piden» y corrige la petición de ellos preguntándoles: « ¿Pueden beber el cáliz que Yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc 10,38). Con la expresión «beber el cáliz» y «ser bautizado» Jesús expresa su muerte, pues la pregunta equivale a decir: « ¿Pueden tomar su cruz y seguirme?». Lucas tiene a su disposición el Evangelio de Marcos y, por tanto, conoce este episodio; pero lo omite, porque no quiere mostrar a esos dos apóstoles y a los otros diez disputando entre ellos poder y honor ¡de este mundo!

El segundo indicio de que Jesús se refiere a su muerte es el verbo «teleo = cumplir». Es el mismo verbo que Él usa en la cruz, como última palabra, antes de morir: «Jesús dijo: «Está cumplido (tetélestai)» e, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu» (cf. Jn 19,30).

Es claro que la expresión: «Entregó el Espíritu» significa: «Murió». Pero no es indiferente que el evangelista lo diga de esa manera, pues lo dice así sólo en relación con la muerte de Jesús. Expresa, por tanto, también el don del Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo. Ya puede Él, una vez resucitado, decirles: «Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,22). El fuego que Jesús trajo a la tierra comenzó a arder, cuando los apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés, precisamente en forma de lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos (cf. Hech 2,3).

Pero, el Espíritu Santo no es objeto de nuestro sentido de la vista, salvo en esa ocasión −como lenguas de fuego− y también en el Bautismo de Jesús en el Jordán en que vino sobre Él en forma de paloma. Y nosotros queremos ver. El Espíritu Santo infundido en nosotros hace visible su acción por medio del amor, como lo afirma San Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Este es el fuego que Jesús trajo a la tierra y que lo reveló por primera vez, como lo declara Juan: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que Él entregó su vida por nosotros. Por tanto, también nosotros debemos entregar la vida unos por otros» (1Jn 3,16). En el ser humano la entrega de la vida por los demás es el amor en su nivel máximo. Este fue el nivel que alcanzó en todos esos primeros discípulos de Jesús, que murieron mártires bebiendo el mismo cáliz que Él y siendo bautizados con el mismo bautismo que Él. Por eso, el cristianismo tuvo, en ese primer tiempo, una difusión tan veloz, como el fuego.

Jesús agrega: « ¿Piensan ustedes que Yo he venido para dar paz a la tierra? No −les digo−, sino división». No se refiere Jesús a la división entre hermanos por causa de las posesiones de este mundo, como la que hemos visto en este mismo capítulo entre dos hermanos, por la repartición de la herencia (cf. Lc 12,13). Jesús se refiere a la división por causa de la Verdad, que es Él. Más aún, considera esa división un motivo de felicidad: «Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, cuando los expulsen, los injurien y proscriban el nombre de ustedes como malo, por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22). Esta división, por causa de Cristo, se produce también dentro de la familia: «Desde ahora, habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres».

En el Antiguo Testamento, los falsos profetas anunciaban la paz; pero era falsa, porque no se basaba en el cumplimiento de la ley del Señor, sino en el poder de las armas. El profeta Jeremías fue enviado a denunciar esa falsa paz y su mensaje era incómodo para el pueblo: «Los jefes dijeron al rey: «Que este hombre sea condenado a muerte, porque con semejantes discursos desmoraliza a los hombres de guerra» (Jer 38,4). El profeta se queja ante Dios: «Cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!». La palabra del Señor ha sido para mí oprobio y burla cotidiana» (Jer 20,8). No anuncia lo que la gente quiere oír, no dice lo «políticamente correcto», sino la Palabra de Dios y es, por causa de la verdad, objeto de oprobio. Por eso, dice: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre». Pero estaba encendido el fuego: «Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía» (Jer 20,8.9). El profeta usa respecto de Dios y de su Palabra el concepto de «seducción» y ¡Dios tiene los recursos para seducir a su siervo!, es decir, para obtener de él la respuesta de amor: «Me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir» (Jer 20,7). Por eso, entre los profetas con que la gente compara a Jesús uno es Jeremías: «Unos dicen que Tú eres Jeremías» (cf. Mt 16,14). El profeta sufrió a manos de los hombres; pero el fuego de Dios prendido en sus huesos lo colmó de la dulzura y del gozo del Señor. Por su parte Jesús declara: «Ustedes tratan de matarme a mí, que les he dicho la verdad que oí de Dios. (Jn 8,40).

En nuestro tiempo, tan dividido y tan dominado por el egoísmo, es necesario que vuelva a encenderse el fuego que Jesús trajo a la tierra, que nos mueva al amor. Si el grado máximo de amor consiste en que alguien entregue su vida por el bien de los demás −para que los otros vivan−, el grado máximo de egoísmo es quitar la vida a otros en beneficio propio. Este grado de egoísmo es hoy el triste espectáculo diario. Debemos implorar: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra» (Sal 104,30).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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