Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 22 junio 2025

Cuerpo y la Sangre de Cristo C

Lc 9,11-17

Tomen y coman todos… Tomen y beban todos…

La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que celebra la Iglesia este domingo en muchos países (su día propio es el jueves después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad), es, como su nombre lo indica, la celebración de la naturaleza humana −cuerpo y sangre− que el Hijo de Dios asumió «cuando se cumplió la plenitud del tiempo» (cf. Gal 4,4), el mismo que es uno y eterno con el Padre y el Espíritu Santo.

Esa condición humana es la que Jesús afirma de sí mismo, cuando se presentó vivo ante los apóstoles después de su muerte en la cruz, diciendoles: «Miren mis manos y mis pies; soy Yo mismo. Palpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ustedes ven que tengo Yo». Y, para mayor prueba, «tomó (un pez asado que le ofrecieron) y comió delante de ellos» (Lc 24,39.42-43). Jesús resucitado interactuó con un alimento material, lo comió y lo digirió, dando prueba evidente de que no era un espíritu, ni una aparición, sino verdaderamente hombre con «cuerpo y sangre». La misma verificación por medio del tacto pidió Jesús hacer a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y metela en mi costado…» (Jn 20,27).

Ese mismo Jesús, a la vista de sus apóstoles, es el que ascendió al cielo, cuarenta días después de su resurrección y se sentó a la derecha del Padre: «El Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16,19). Allí está Jesús, que es Uno de la Santísima Trinidad, verdadero Dios, pero también uno de nuestra naturaleza humana, verdadero hombre, con «cuerpo y sangre».

Antes de ascender al cielo, Jesús prometió dos cosas. Una es su venida gloriosa y como Juez universal al final de los tiempos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (Mt 25,31-32). Lo reafirman los dos hombres que se aparecieron a los apóstoles cuando ellos miraban al cielo adonde Jesús había ascendido: «Este Jesús, que de entre ustedes ha sido elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto ir al cielo» (Hech 1,11).

La segunda promesa que Jesús hace antes de ascender al cielo es su presencia permanente en medio de sus discípulos: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Esta presencia de Jesús es la del Hijo de Dios encarnado, es decir, con «cuerpo y sangre», tal como los tenía en sus años de vida terrena y tal como los tiene ahora en la gloria, sentado a la derecha del Padre. Es la presencia que Él instituyó en la última cena que celebró con sus discípulos antes de su pasión y muerte: «Tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a ellos diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza…»» (cf. Mc 14,22-24). Jesús quiso que esta presencia suya en medio de nosotros se realizara bajo la forma de un alimento, pan y vino, que se convierten en su Cuerpo y Sangre y ordenó comer y beber de ellos: «Tomen y coman todos… Tomen y beban todos…». Lo que se come y bebe en esta celebración, que Jesús ordenó hacer «en memoria suya», no es pan y vino; ¡es su Cuerpo y su Sangre! Y, cuando se come y bebe, se realiza lo que Él anunció: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna… El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (cf. Jn 6,54.56). El Cuerpo y la Sangre de Cristo son alimento de vida eterna y tiene como efecto la Comunión, que es la estrecha unión con Cristo y de unos con otros, todos los que gozan de esa misma vida eterna.

Como todo alimento, no basta ingerirlo una sola vez; no basta haber «hecho la Primera Comunión». La frecuencia de este alimento es todos los Domingos, Día del Señor. Todos los domingos rige el mandato de Jesús: «Tomen y coman todos… Tomen y beban todos…». Lo que se nos da es de valor infinito, Cristo mismo, nuestro Dios y Señor. No se puede despreciar, prefiriendo otra realidad de este mundo.

En el Evangelio de esta Solemnidad, tomado de Lucas, se nos relata el episodio de la multiplicación de los cinco panes y dos peces por parte de Jesús para alimentar a una multitud en la que solo los hombres eran cinco mil. Este hecho es tan importante que es el único milagro que nos transmiten los cuatro evangelistas (en Marcos y Mateo, dos veces). Jesús les dio en esa ocasión alimento para su vida temporal y terrena; pero el hecho tiene su importancia por su relación con el alimento de vida eterna y celestial −su Cuerpo y su Sangre− que Él dio a toda la humanidad. El evangelista acentúa esta relación con dos hechos.  El primero es la orden de Jesús a sus apóstoles: «Denles ustedes de comer». Esa orden no pudieron cumplirla ellos entonces; pero estaba destinada a ser cumplida por ellos con el alimento de vida eterna. Es famosa la expresión de San Francisco de Asís: «No veo en este mundo corporalmente ninguna otra cosa del altísimo Hijo de Dios que su santísimo Cuerpo y Sangre, que sólo los sacerdotes consa-gran y sólo ellos administran a los demás» (Testamento, año 1226).

El segundo hecho de la multiplicación de los panes que hace de ella un signo y anuncio del alimento de vida eterna son los signos y gestos que Jesús hace: «Tomando los cinco panes y los dos peces, mirando hacia el cielo, los bendijo, los partió y los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la multitud». Recuerda los mismos gestos que Jesús hizo cuando instituyó la Eucaristía. Uno de ellos lo conserva hoy la Iglesia en la Plegaria Eucarística I: «Elevando los ojos al cielo hacia ti, Dios Padre suyo Todopoderoso…», gesto que debe hacer el sacerdote mientras pronuncia esas palabras.

La celebración de este misterio nos debe recordar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo es lo más valioso que hay en la tierra y en el universo entero, porque es la presencia de Dios mismo. Pero en muchas partes, en particular en Chile, no tenemos los ministros suficientes para ofrecerlo a todos los fieles. Todos los jóvenes en la Iglesia deben plantearse la posibilidad de que Cristo los llame al sacerdocio, a este servicio inefable de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo y darlo a los demás para que todos puedan gozar ya desde este mundo de la vida eterna y de la Comunión con Cristo, para gozar de ella en su plenitud en el cielo.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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