Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 8 junio 2025

Domingo de Pentecostés C

Jn 20,19-23

Reciban el Espíritu Santo

La Solemnidad de Pentecostés, que celebra este domingo la Iglesia, recibe su nombre de una circunstancia secundaria, a saber, que ocurre cincuenta días después de la Pascua. «Pentecostés» es una palabra griega que significa «quincuagésimo». El contenido de la Solemnidad supera infinitamente lo que expresa el nombre que ha recibido. Se trata, en efecto, del cumplimiento de la «Promesa del Padre» que consiste en la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente para que pueda comenzar su misión.

Cuando Jesús fue llevado el cielo, cuarenta días después de su resurrección, dejó a sus apóstoles esperando que se cumpliera la «Promesa del Padre», que Él aclara diciendoles: «Serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1,5). Esa espera duró diez días y se cumplió precisamente el día en que los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas, el día «quincuagésimo» desde la Pascua judía. La primera Pascua judía se celebró la noche en Dios liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Cincuenta días después, cuando llegaron al monte Sinaí, Dios estableció con ellos la Alianza −la Antigua Alianza− y les dio la Ley. Esto es lo que celebraba Israel ese día, que, en el tiempo de Jesús, ellos ya llamaban «Pentecostés». Por eso, Jerusalén estaba llena de judíos, venidos para celebrar la importante fiesta, desde todos los lugares adonde se habían dispersado, como lo relata Lucas en los Hechos de los Apóstoles: «Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, etc.» (cf. Hech 2,9-10).

El día de «pentecostés» ocurrió esa venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en la forma de un viento impetuoso que llenó la casa donde se encontraban y de unas lenguas de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos (cf. Hech 2,2-3). Pero el Evangelio de esta Solemnidad, en este ciclo C, nos lleva al día de la resurrección de Jesús, cincuenta días antes: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, vino Jesús, se puso en el medio y les dijo: «Paz a ustedes»». Nos interesa destacar la conclusión de ese primer encuentro de Jesús resucitado con sus apóstoles: «Jesús les dijo: «Como el Padre me envió a mí, así los envío Yo a ustedes». Y, diciendo esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen los pecados les son perdonados, a quienes se los retengan les son retenidos»».

Jesús menciona dos envíos en continuidad: «El Padre me envió a mí» − «Yo los envío a ustedes». Pero afirma que esos envíos son semejantes: «Como el Padre a mí, así Yo a ustedes». El mitente es distinto: el Padre − Yo; el enviado es distinto: a mí − a ustedes. ¿Qué tienen en común para que puedan compararse? Tienen en común el Espíritu Santo. Por eso, inmediatamente, sopla sobre ellos y agrega: «Reciban el Espíritu Santo». Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, no comenzó su misión mientras no recibió el Espíritu Santo, que descendió sobre Él en la forma visible de una paloma, en el momento que salía del agua en el bautismo de Juan Bautista (cf. Mc 1,10; Mt 3,16; Lc 3,22; Jn 1,33-34). Los apóstoles no podrán comenzar su misión, mientras no reciban el Espíritu Santo, en forma también visible, como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Era necesario esperar eso para que ellos pudieran comenzar la misión a la cual Jesús los envía: «Recibirán fuerza y serán mis testigos, en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el extremo de la tierra» (Hech 1,8).

El mismo día de Pentecostés, los apóstoles «quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». Son los mismos que antes, por temor a los judíos, estaban a puertas cerradas. Pero ahora han recibido la fuerza para ser testigos de Jesús. Los presentes reconocen: «Todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios» (Hech 2,4.11).

Hay, sin embargo, un problema. ¿Cuándo recibieron el Espíritu Santo, el día de la resurrección de Jesús cuando Él sopló sobre ellos o el día de Pentecostés, es decir, cincuenta días después? Recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés. El gesto de Jesús de soplar sobre los apóstoles con la aclaración: «Reciban el Espíritu Santo» fue un gesto profético eficaz, como el que hacen algunos de los profetas, que tendrá cumplimiento en su momento (ver p.ej., Jer 13,1-10; 19,10-12; 43,8-11). Ese momento fue el día de Pentecostés. El gesto expresivo de soplar tiene dos objetivos: representa al Espíritu, porque tanto la palabra «rúaj» en hebreo, como «pneuma» en griego y «spiritus» en latín, con que se designa a esa Persona divina, significan precisamente «viento»; además, con ese gesto Jesús expresa, de modo tangible, cuál es su origen: lo envía el Padre, pero por medio del Hijo. Cuando sintieron los apóstoles el fuerte viento, que no procedía de algún cambio atmosférico, comprendieron que era el Bautismo en el Espíritu Santo, que estaban esperando y el cumplimiento del gesto de Jesús de soplar y de su envío. Recibieron un poder que pertenece sólo a Dios: «A quienes ustedes perdonen los pecados les son perdonados; a quienes se los retengan les son retenidos».

La misión de Jesús, que consistió en la salvación del género humano del pecado, que Él expió derramando su sangre en la cruz, ha sido prolongada, a lo largo de la historia, empezando por los apóstoles −enviados−, por hombres que han recibido, junto con el Espíritu Santo, en el Sacramento del Orden sagrado, el poder de perdonar los pecados.

La razón por la cual el Espíritu Santo vino, en primer lugar, sobre Jesús y luego sobre los apóstoles, para que ellos puedan continuar la misma misión, la explica hermosamente San Ireneo de Lyon (140-202) en su famosa obra «Contra las herejías», que es el primer tratado teológico del cristianismo: «El Espíritu descendió sobre el Hijo de Dios, hecho hijo del hombre, para habituarse, con Él, a habitar en el género humano, a reposar sobre los hombres y habitar en la creatura de Dios; así realizaba en ellos la voluntad de Dios y los renovaba haciendolos pasar de la antigüedad a la novedad de Cristo» (Adversus Haereses L. III, cap. 17). La humanidad anhela esa inhabitación del Espíritu Santo que conceda a cada hombre y mujer reproducir la imagen de Cristo. Celebramos la Solemnidad de Pentecostés con viva esperanza de que eso ocurra hoy.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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