Día litúrgico: Jueves 7 de Pascua
5 de junio: San Bonifacio, obispo y mártir
Texto del Evangelio ( Jn 17,20-26):
Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:
«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.
Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno
-yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.
Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste.
Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos».
Palabra del Señor.
Reflexión
Jesús culmina su discurso de despedida con esta impresionante oración por sus discípulos, y por aquellos que creerán en él como fruto de la evangelización posterior. Jesús ora por todos y cada uno de nosotros. Las palabras que dirige al Padre son por mí, por ti. Le pide que seamos uno, como el Padre y él son una misma cosa, que sepamos que es el enviado y conozcamos el amor de Dios por cada uno de nosotros.
Jesús ora al Padre, sintiendo también todo el peso de la cruz que ya le llega: “te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tu me enviaste”. Jesús no pide cualquier unidad, no habla de uniformidad ni de destruir las diferencias, sino de permanecer unidos a Él, como Dios Trinidad es uno, en unión y amor, siempre en diálogo y relación. Y la finalidad no es encerrarse en la felicidad de esa unión, sino ser testimonio ante el mundo de Jesús y del amor de Dios.
¡Cuánta seguridad y fortaleza encontrarán después sus discípulos, en esta oración a lo largo de su misión apostólica! En medio de todas las dificultades y peligros que tuvieron que afrontar, esa oración los acompañará y será la fuente en la que encontrarán la fuerza y valor para dar testimonio de su fe con la entrega de la propia vida.
Contemplando nuestra realidad cristiana, vemos que este sublime deseo de Jesús de la «unidad», aún no logra alcanzar su perfección. Es triste encontrar comunidades en donde los unos y los otros se atacan, se muerden, hablan mal unos de otros, hay envidias y rivalidades. Con este testimonio, ¿Cómo será posible que los que nos rodean puedan creer en el Dios del amor? ¿Cómo descubrir la presencia del Dios que unifica si constantemente somos causa de desunión, si cada uno en la comunidad vela únicamente por su propio beneficio?
Por ello, donde hay desunión y discordia es difícil reconocer la presencia de Dios y de la comunidad cristiana. El libro de los Hechos nos dice que la primera comunidad no sólo tenía todo en común, sino que tenían un sólo corazón. Es normal que haya diferentes puntos de vista en lo que es accidental, y diversidad de enfoques para problemas que surgen en situaciones socioculturales distintas. Pero no es cristiano que por eso levantemos muros de división, con escándalo de los que nos ven desde fuera. Pongámonos de acuerdo en lo esencial a nivel interno mediante el amor y el diálogo, y respetemos las legítimas diferencias. Así no perderemos eficacia misionera y evangelizadora.
Es evidente el antitestimonio que hoy, como durante siglos, ofrecemos al mundo los creyentes en Jesús, divididos en diversas confesiones cristianas. Gracias a Dios, por inspiración del Espíritu Santo, está en marcha el movimiento ecuménico que trata de reunificar el cuerpo de Cristo, desmembrado a través de la historia por culpa e intransigencia de unos y de otros. Trabajar por la unidad siempre será para los cristianos una tarea permanente.
Deberíamos progresar en la unidad: en nuestro ambiente doméstico, en la comunidad eclesial local, y también en nuestra comprensión y acercamiento a las otras confesiones cristianas, como ya nos encargara el Concilio Vaticano II. Si no buscamos nuestro propio interés o victoria, sino que sabemos centrarnos en Cristo y su Espíritu, no deberían ser obstáculo las diferencias de sensibilidad o doctrina entre las varias iglesias o personas.
No habrá paz si no aprendemos a vivir y convivir unidos, profundamente conocedores del amor de Dios por cada uno y por todos, apasionados por anunciarle y ser signo de paz y fraternidad.
¿Qué realidades necesitan ser conducidas a la unidad perfecta tan querida por Jesús y por el Padre? ¿Soy signo de unidad en los lugares en que desarrollo mi vida? ¿Qué rasgos del amor del Padre reflejamos en las relaciones con las personas más cercanas?
Gracias Padre Santo, porque Jesús sigue orando e intercediendo para que la unidad de los creyentes sea perfecta. Concédenos tu Espíritu Santo, Espíritu de la Verdad, Espíritu de la unidad, para alcanzar juntos la tan anhelada comunión de todos los creyentes entre sí para que el mundo crea y se salve. Amén.
Bendiciones
Regina Coeli Una Señal de Esperanza