Día litúrgico: Martes 7 de Pascua
3 de junio: San Carlos Luanga y compañeros, mártires
Texto del Evangelio ( Jn 17,1-11):
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo: Padre, ha llegado la Hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que Él diera Vida eterna a todos los que Tú les has dado.
Ésta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste.
Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que Yo tenía contigo antes que el mundo existiera.
Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra.
Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que Tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que Yo salí de ti, y han creído que Tú me enviaste.
Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y Yo vuelvo a ti.
Palabra del Señor.
Reflexión
Este precioso pasaje del Evangelio de San Juan lo podemos ver como un resumen del paso de Cristo por la tierra: Él vino a predicar el Reino de Dios, a comunicar a los hombres que el Padre cumplía la promesa hecha a nuestros padres y se reconciliaba con nosotros. La gran obra de la Salvación estaba a punto de cumplirse. Jesús se dirige al Padre y va enumerando todo lo que ha hecho, para luego, encomendarnos a Él cuando ya no esté entre nosotros. Es como una oración íntima y profunda entre ambos, Padre e Hijo. Jesús «da cuenta» de su labor, al mismo tiempo que pide por nosotros y por Él mismo: «…te ruego por ellos…por éstos que Tú me diste»…»Padre, glorifícame cerca de ti».
La oración de Jesús está impregnada de amor a su Padre, de unión íntima con Él, y a la vez de amor y preocupación por los suyos que quedan en este mundo. Todos nosotros estábamos ya en el pensamiento de Jesús en su oración al Padre. Sabía de las dificultades que íbamos a encontrar en nuestro camino cristiano. No quiere abandonarnos: pide sobre nosotros la ayuda del Padre. Él mismo nos promete su presencia continuada; el día de la Ascensión nos dirá: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Como dice el prefacio de la Ascensión, “no se ha ido para desentenderse de este mundo”; y además nos da su Espíritu para que en todo momento nos guíe y anime, y sea nuestro Abogado y Maestro. Con todo esto, ¿tenemos derecho a sentirnos solos? ¿Tenemos la tentación del desánimo? Entonces ¿para qué hemos estado celebrando durante siete semanas la Pascua de Jesús, que es Pascua de energía, de vida, de alegría, de creatividad, de Espíritu?
Nosotros, al igual que Jesús, necesitamos orar siempre, y hacerlo con más intensidad todavía en los momentos de crisis personal o comunitaria, para reafirmarnos en nuestra identidad cristiana. La oración es hablar con Dios, como personas libres; más aún, como hijos suyos que somos. Lo mismo que Jesús, debemos decirle al Padre como vamos, qué hemos hecho, qué nos falta y qué necesitamos. Es una antigua costumbre que al final del día nos tomemos unos minutos de oración para repasar la jornada ante los ojos de Dios, esto nos ayudará a seguir adelante y a renovarnos.
Convenzámonos: la oración nos es indispensable para una vida cristiana pujante. Hoy es la ocasión para preguntarnos cómo y cuánto rezamos individual y comunitariamente.
A la luz de la reflexión de hoy, ¿Cuáles son las palabras de las personas queridas que tú guardas con cariño y que orientan tu vida?
Si tuvieras que partir, ¿Qué mensaje dejarías para tu familia y para la comunidad?
Padre, hoy nuestra oración se une a la de Jesús en el cenáculo, cuando era inminente su hora, la hora de compartir el pan y el vino nuevo del Reino, la hora de mostrar todo su amor con la mayor prueba: entregando su vida por aquellos que amaba. Así completó la obra que tú, Padre, le confiaste. Glorifica ahora a tu Hijo Jesús. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza