Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 11 mayo 2025

Domingo de Pascua 4-C

Jn 10,27-30

Yo y el Padre somos Uno

El Evangelio del Domingo IV de Pascua, en cada uno de los tres ciclos de lecturas −A, B y C−, toma respectivamente una parte del Capítulo X, del Evangelio de Juan, que se caracteriza por la alegoría del pastor y las ovejas, que Jesús asume para sí, repitiendo: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11.14). Por este motivo se da a este domingo el nombre de «Domingo del Buen Pastor» y se destina a orar para que no falten en la Iglesia los que son llamados al ministerio de pastor, a saber, los que reciben el Sacramento del Orden. En el texto que leemos este domingo, tenemos una sentencia de Jesús sobre su propia Persona, que es la más importante, no sólo del capítulo, sino también de todo ese Evangelio y aún de toda la Escritura: «Yo y el Padre somos Uno».

Este Domingo del Buen Pastor adquiere un significado más profundo en este momento particular en que se encuentra la Iglesia, habiendo recibido de Dios en estos días al que ha de ser el Buen Pastor de todo el rebaño de Cristo y que en adelante llamaremos León XIV. A él dice Jesús hoy: «Pastorea mis ovejas» (cf. Jn 21,15.16.17). Jesús dice claramente a quiénes se refiere cuando dice «mis ovejas»: «Mis ovejas escuchan mi voz… ellas me siguen». Y expresa también su dedicación llena de amor por ellas: «Yo las conozco… Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, nadie las arrebatará de mi mano». El tesoro más preciado de Jesús es el que confía hoy al Santo Padre León XIV. Le encomienda así la misión de hacer resonar su voz, la de Cristo, la voz que las ovejas de Cristo conocen y siguen y la preocupación por que ninguna se pierda.

La sentencia de Jesús que decíamos ser la más importante, es motivada precisamente por sus ovejas. El origen es el Padre: «El Padre me las ha dado». Pero ambos tienen el mismo celo por ellas: «Nadie las arrebatará de mi mano… nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre». La razón es esta: «Yo y el Padre somos Uno».

Esa sentencia es una revelación de Jesús; Él está revelando así su propia Persona, a la cual se refiere con el pronombre personal «Yo». Y ¿quién es el Padre? ¿A quién llama Jesús «mi Padre»? La primera vez que Jesús habla así es cuando, refiriendose al Templo de Jerusalén, lo llama «la casa de mi Padre» (cf. Jn 2,16; Sal 69,10), donde «mi Padre» no puede ser sino Dios. Más adelante, cuando sana a un paralítico en sábado, a la crítica de violar el sábado, responde: «Mi Padre trabaja hasta ahora y Yo también trabajo» (cf. Jn 5,17). Los judíos entendieron lo que significaba llamar a Dios de esa manera: «Trataban con mayor empeño de matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciendose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Pero llega el momento en que le hacen la pregunta directa: « ¿Por quién te tienes a ti mismo?». Jesús responde: «Mi Padre es quien me glorifica, de quien ustedes dicen: «Él es nuestro Dios»» (Jn 8,53.54). El Padre de Jesús es el Dios que se reveló a Israel como el Dios único y que ellos confesaban diariamente repitiendo: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es Señor Uno» (Deut 6,4).

La gloria de Israel fue haber conservado para toda la humanidad la fe en un Dios único, aunque lo hizo con luces y sombras, cayendo a menudo en la idolatría, partiendo por el mismo rey. La misión de los profetas fue mantener la fe en el Dios verdadero: «Así dice el Señor, el rey de Israel, y su redentor, el Señor del universo: «Yo soy el primero y Yo el último y, fuera de mí, no hay dios»» (Isaías 44,6 y passim).

Pero en la revelación del Dios Uno debía darse aún un paso fundamental: su condición de Dios Trino. El momento de la historia en que esta revelación ocurrió lo llama San Pablo, con razón, «la plenitud del tiempo». Dice así: «Cuando llegó la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… envío Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones…» (cf. Gal 4,4.6).

¿De dónde saca esto San Pablo? Lo recibe de Jesús y un punto fundamental de esta revelación es la sentencia de Jesús: «Yo y el Padre somos Uno». Son dos Personas distintas, pero un solo Dios. La sustancia divina es una sola; pero es poseída por igual por el Padre y por el Hijo y por el Espíritu Santo. Jesucristo, el Hijo de Dios, es por tanto el Dios verdadero y único. El sentido de esa sentencia de Jesús fue claro para los judíos que, al escucharla, reaccionaron así: «Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearlo… Te apedreamos −dicen− por una blasfemia y porque Tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (cf. Jn 10,31.33). Jesús no se hace Dios; Él es Dios, Uno con el Padre.

Es verdaderamente lamentable que nuestro leccionario se permita modificar una sentencia de esa trascendencia. En efecto, introduce una convención nuestra humana alterando el orden de la Personas divinas −«el Padre y Yo»−, siendo que Jesús está revelando su Persona. Por eso empieza diciendo: Yo. La versión del leccionario introduce también el sustantivo «cosa», que no tiene cabida alguna aquí y lo único que hace es oscurecer. ¡Dios no se puede definir como «una sola cosa»!

Esta sentencia está en el centro del Evangelio de Juan (en su origen no estaba dividido en capítulos y versículos). Y es destacada ulteriormente con el procedimiento literario semítico de la «inclusión». En efecto, se repite también al comienzo, en el Prólogo, y al final (antes de que se agregara el Capítulo XXI). El Prólogo comienza así: «En el principio era la Palabra; y la Palabra era hacia Dios; y la Palabra era Dios. Ésta era en el principio hacia Dios» (Jn 1,1-2). Sobre Ésta se dice: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Por su parte, el final es la confesión de Tomás a la vista de Jesús resucitado: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Dada esa sentencia de Jesús −«Yo y el Padre somos Uno»−, Tomás sabe que, confesando a Jesús como su Señor y Dios, no está violando el primer mandamiento: «El Señor, nuestro Dios, Señor Uno». Con razón el Catecismo enseña: «El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina» (Catecismo N. 234).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L. A.

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