Día litúrgico: Martes 3 del tiempo ordinario
28 de enero: Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Mc 3,31-35):
Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Él, y le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera”.
Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de Él, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Palabra del Señor.
Reflexión
En el evangelio de hoy Jesús nos revela el rostro familiar de Dios y la universalidad de su amor: todo hombre está llamado a formar parte de su «familia». La condición de «discípulo de Jesús» no se restringe a un grupo de seguidores del Maestro a modo de «escuela» de pensamiento, sino que todo el que escucha y acoge la Palabra puede ser «discípulo». Lo decisivo será la escucha y el seguimiento, no la procedencia o la estirpe.
Este texto del evangelio en algunas ocasiones se ha utilizado para desacreditar la figura de la Virgen María, afirmando que tuvo más hijos, y también haciendo parecer la respuesta de Jesús como un rechazo a sus parientes e incluso a su Madre. Nada más lejos de la realidad.
Lo cierto es que Jesús quiere hacernos ver y entender que hay unos lazos que nos unen a Él y que son más fuertes que los de la carne y de la sangre. Y son los lazos de la fe. La fe y la confianza en Él están por encima de todo. María fue felicitada porque concibió a Jesús en su vientre. Pero también porque creyó en la Palabra que se le dirigió de parte de Dios y que escuchó tan atenta, que la llegó a hacer carne en sus entrañas.
Todo el que pretenda pertenecer a la verdadera familia de Jesús, debe seguir su ejemplo, estableciendo una prioridad de opciones en que la primacía la ostente el cumplimiento de la voluntad de Dios en su vida. El programa no es negativo, sino positivo, pues desemboca en la pertenencia a Cristo como discípulo suyo y en la intimidad familiar con él, que es el hermano mayor de cuantos se deciden por los criterios de Dios.
Ciertamente María es grande a los ojos de Dios por ser la Madre de Jesús, su Hijo único, pero es aún más grande por hacer la voluntad de Dios. ¿Quién ha estado más dispuesta a realizar la voluntad de Dios que María? «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» respondió al ángel enviado de Dios. Ella es la mujer creyente, la totalmente disponible ante Dios. Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres, ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por medio de la fe que en su seno por su maternidad.
Por eso es María para nosotros buena maestra, porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús. Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar la Palabra, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica.
Pertenecer a la Iglesia no es garantía última, ni la prueba de que en verdad seamos parte de la familia de Jesús. La fe tiene consecuencias en la vida. Los sacramentos, y en particular la Eucaristía, piden coherencia en la conducta de cada día. Nuestro parentesco con Jesús se refuerza en la medida en que nos esforzamos en vivir conforme a las exigencias del evangelio. Recordemos que en otro pasaje ya nos había dicho: «No todo el que me diga: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial».
La familia de Jesús es la comunidad de los «pequeños» que mediante la escucha de la Palabra y la conversión a ella, va creciendo llevada por la mano del Maestro y conducida hacia la plenitud de toda familia en la relación con Dios que es comunidad de amor.
¿Nuestros pensamientos son acordes con la voluntad de Dios o, por el contrario, siguen la lógica de la sociedad actual, frívola y consumista? ¿Qué actitudes pueden favorecer el testimonio del amor de Jesús que hemos recibido y la experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a hacer la voluntad de Dios? ¿Qué signos evidencian que formamos parte de su familia y sentimos el gozo de hacer la voluntad de Dios?
Padre, tu Palabra nos asegura la pertenencia a la familia de Jesús mientras estemos en disposición de hacer tu voluntad, de ser hermanos los unos de los otros, de vivir la comunión; danos tu Espíritu Santo para vivir en fraternidad y mostrar que somos la familia de los hijos e hijas de Dios en todo tiempo y lugar. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza