Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 19 enero 2025

Domingo 2-C

Jn 2,1-11

Aún no ha llegado mi hora… Manifestó su gloria

Sabemos que el Evangelio es parco en precisiones cronológicas. Por eso, cuando las hace, hay que preguntarse el motivo. El Evangelio de este Domingo II del tiempo ordinario, comienza precisando: «Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea…».

Uno de los motivos para esa indicación cronológica es que así el IV Evangelio nos informa sobre una semana completa desde el comienzo del ministerio público de Jesús, la así llamada «semana inaugural». Concluido el Prólogo, en el cual Juan es presentado como «enviado por Dios para dar testimonio de la luz» (cf. Jn 1,6.7), el Evangelio continúa: «Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?»» (Jn 1,19). Ese primer día concluyó con la indicación del lugar: «Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando» (Jn 1,28). Sigue: «Al día siguiente, Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»» (Jn 1,29). Sigue: «Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios»» (Jn 1,35-36). En este tercer día siguieron a Jesús esos dos discípulos de Juan y uno de ellos, Andrés, llevó su hermano Simón donde Jesús quien le dio el nombre de «Cefas» (Pedro). El otro discípulo es «innominado». Notemos que todo esto ocurre en Betania, en la cercanía de Jerusalén y que esos primeros discípulos de Jesús, que eran de Galilea, se encontraban allí porque eran discípulos de Juan Bautista, que bautizaba allí. Sigue: «Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sigueme»». Éste también era Galileo:

«Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro» (Jn 1,43.44). Felipe, por su parte, llama a Natanael y lo lleva a Jesús. Tenemos así cinco discípulos de Juan Bautista, que ahora siguen a Jesús: Andrés, el «innominado», Pedro, Felipe y Natanael (que la tradición identifica con Bartolomé).

Jesús cumple su objetivo de volver a Galilea y los días siguientes −tres días− los emplea en ese viaje de aprox. 100 km. Se completa así la semana con este último episodio: «Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea…». Es conveniente conservar esta indicación cronológica, cuando se proclama este Evangelio en la Liturgia de la Palabra, porque en los tres ciclos de lecturas, A, B y C, que se caracterizan por la lectura continuada respectivamente de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, cuando se trata del Domingo II del tiempo ordinario, se leen sendas partes del Evangelio de Juan correspondientes a esa «semana inaugural». En el ciclo A se lee Jn 1,29-34, en el ciclo B se lee Jn 1,35-42 y en el ciclo C, Jn 2,1-11.

Otro motivo más importante para esa indicación cronológica −«tres días después»− es que evoca otros dos misterios separados por ese mismo espacio de tiempo, a saber, la muerte de Jesús en la cruz y su gloriosa resurrección. En el caso de esta semana inaugural el espacio de tres días vincula el testimonio repetido de Juan Bautista: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (cf. Jn 1,29.36), que anuncia el sacrificio de Cristo, como nuestra Pascua, con la conclusión del episodio de las Bodas de Caná, que es una manifestación de su gloria: «Jesús manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos».

En esa boda −cosa extraña− no interesan los esposos; ni siquiera se nos dice su nombre. Se destaca, en cambio, la presencia de otros: «Estaba allí la madre de Jesús y fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos». La madre de Jesús no es mencionada en este Evangelio más que aquí y junto a la cruz de Jesús, donde concurren las mismas personas: Jesús, en la cruz; junto a la cruz, su madre y con ella los discípulos de Jesús (en esta ocasión, dos mujeres y un hombre). En ambas situaciones Jesús da a su madre el título de «mujer». Evoca así a la «mujer», anunciada por Dios después del pecado de Adán, en su sentencia contra la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te pisoteará la cabeza» (Gen 3,15). Esta descendencia de la mujer es diferenciada: por un lado, un hombre, Jesús, nacido de ella, es quien pisotea la cabeza de la serpiente y así libera a toda la humanidad del dominio al cual Satanás la tenía sometida; por otro lado, una multitud, los discípulos de Jesús, que Él dio a ella por hijos, cuando, desde la cruz, indicando al discípulo amado, le dijo: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27). Ese discípulo amado no tiene nombre porque está en el lugar de todos los discípulos de Jesús. A ellos, como hijos de la «mujer», corresponde una enemistad irreconciliable con la descendencia de la serpiente.

En esa fiesta de bodas, en Caná de Galilea, se acabó al vino y la alegría de los comensales amenazaba con decaer, dado que «el vino alegra el corazón del hombre» y el ingrediente obligado de un buen banquete (cf. Sal 104,15; Qoh 10,19; Sal 4,8). La fiesta había llegado a un punto en que ya no podía perdurar. Para remediarlo interviene la madre de Jesús y lo hace recurriendo a su Hijo, a quien señala esta carencia: «No tienen vino». No es más que una indicación, pero encierra una fe viva en que Él puede devolver a la fiesta la alegría. Así lo entiende Jesús, pero expresa su desacuerdo, según la fórmula idiomática hebrea de disociación: «¿Qué a mí y a ti, mujer?»; y agrega un motivo que no admite discusión: «Aún no ha llegado mi hora». Se trata de la hora de comenzar a revelar su misterio al mundo.

Era verdad que aún no había llegado la hora de Jesús, porque, en efecto, para que esa hora llegara faltaba esta intervención de su madre. Después de esa expresión de fe profunda de su madre, esa hora llegó. De esta manera, Dios quiso, en su designio insondable, hacer depender la salvación de la humanidad de esta mujer. En primer lugar, porque en su seno virginal de encarnó el Hijo de Dios y de ella nació como verdadero hombre en el mundo, de ella tomó el cuerpo humano, que Él había de ofrecer en sacrificio, como lo declara la carta a los Hebreos: «Es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo, dice: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo… a hacer, oh Dios, tu voluntad!»» (cf. Heb 10,4-7). En el Evangelio de este domingo vemos que de esta mujer dependió también que llegara «la hora» de Jesús, es decir, el momento en que Él debía comenzar a cumplir esa misión para la cual ha venido, que alcanzó su plenitud en la cruz: «Está cumplido» (Jn 19,30).

La comunicación entre tal madre y tal Hijo no necesita palabras. Ella comprendió que la hora de Jesús había llegado y dice a los servidores:

«Hagan lo que Él les diga». Siguiendo el mandato de Jesús, ellos llenaron de agua hasta arriba seis tinajas de piedra, unos 600 litros. Obedeciendo nuevamente, esos servidores, sacaron del contenido de las tinajas y llevaron al maestresala. El lector aún no sabe qué es lo que sacaron. Lo viene a saber recién cuando el maestresala reacciona: «Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino», ignorando su procedencia, «llama al esposo y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora»».

Este milagro es llamado «un signo», más aún, «el principio de los signos»; no sólo porque es el primero, sino también porque es el fundamento de los otros, en cuanto significa la acción del Hijo de Dios hecho hombre en el mundo. Así como dio la alegría a esa fiesta que estaba fracasando, así Él ilumina y da nueva vida al mundo que yacía en tinieblas y en sombra de muerte. Ese signo es decodificado por el mismo Jesús: «Yo soy la luz del mundo… Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia… Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y la alegría de ustedes sea colmada» (cf. Jn 8,12; 10,10; 15,11). El maestresala dice: «Has guardado el vino bueno hasta ahora». Sí, porque «ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (cf. 2Cor 6,2).

Como  decíamos,  el  episodio  es  definido  también  como  una «Epifanía». En efecto, «Jesús manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos», los cinco discípulos que había llamado hasta ese momento. Antes que ellos y sin necesidad de esa manifestación, había creído en Él su madre.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez Obispo emérito de Santa María de L.A.

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