El Evangelio del Domingo 8 diciembre 2024
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
Lc 1,26-38
Concebirás en el seno y darás a luz un Hijo
Según las «Normas sobre el Año Litúrgico y el Calendario», los Domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua prevalecen sobre cualquier otra fiesta o solemnidad y, cuando el día propio de una de éstas coincide con uno de esos domingos, su celebración debe ser trasladada al lunes siguiente. Sin embargo, por especial concesión de la Santa Sede, en atención a la gran devoción mariana que hay en nuestra patria, expresada particularmente en esta Solemnidad de la Inmaculada Concepción, se le ha concedido poder celebrarla este domingo, no obstante coincidir con el Domingo II de Adviento.
La contemplación de la Inmaculada Concepción de la Virgen María no nos distrae ni del misterio de Cristo, ni del Adviento. En efecto, nadie ha estado más unido al misterio de Cristo y a la espera de su venida que la mujer destinada a ser su madre desde su concepción inmaculada. El Catecismo de la Iglesia Católica formula un luminoso principio: «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo; pero lo que enseña sobre María ilumina, a su vez, la fe en Cristo» (Catecismo, N. 487). La Inmaculada Concepción de la Virgen María proyecta una poderosa luz sobre lo que creemos sobre Cristo.
El misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María está insinuado desde la primera promesa de salvación emitida por el mismo Creador. Partimos de una constatación. Según el primer relato de la creación, «Dios creó a Adán (al ser humano) a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó» (Gen 1,27). Y el segundo relato lo confirma y aclara: «El Señor Dios formó a Adán con polvo del suelo, e sopló en sus narices aliento de vida, y resultó Adán un ser vivo» (Gen 2,7). Pero constatamos que el ser humano muere. ¿Cómo puede ser que este ser vivo creado a imagen de Dios, que posee el aliento de vida de Dios mismo, muera, siendo la muerte lo más distinto de Dios que se pueda pensar? En realidad, hay algo más distinto de Dios que la misma muerte, a saber, el pecado. Así responde a nuestra pregunta San Pablo con su palabra inspirada: «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte; y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12). Todos pecamos en Adán. Todos, por tanto, morimos.
Pero Dios no dejó en la muerte al hombre que había creado. Movido por su misericordia hizo inmediatamente una promesa de salvación. Si el pecado es la causa de la muerte, la salvación debe consistir en redimir del pecado y vencer a «la antigua serpiente, el llamado Diablo y Satanás» (cf. Apoc 12,9). Es lo que dice Dios a la serpiente después del pecado de Adán: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te pisoteará la cabeza» (Gen 3,15). Hay cosas oscuras en este texto, de difícil explicación. La palabra hebrea, que se ha traducido por «descendencia» tiene género masculino (zera); pero, después de repetirla dos veces, al pronombre que la reemplaza vacila en los manuscritos entre el masculino y el femenino; depende del pequeño trazo que distingue las letras hebreas waw y yod. Si el pronombre fuera femenino, sería claramente la mujer quien pisotea la cabeza de la serpiente, como lo ha entendido toda la iconografía de la Inmaculada Concepción. Si el pronombre fuera, en cambio, masculino, quien pisotea la cabeza de la serpiente es la descendencia de la mujer. Al instituir la fiesta litúrgica de María, Madre de la Iglesia (el lunes siguiente a Pentecostés), la Iglesia ha declarado que quien pisa la cabeza de la serpiente es la descendencia de la mujer, a saber, la Iglesia, según el legado de Jesús desde la cruz: «Viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»» (Jn 19,26-27). La enemistad, que es personal entre la mujer y la serpiente, se prolonga a todos sus hijos, a todos los discípulos de Cristo, a toda la Iglesia.
Es cierto, pero quien expulsa los demonios y vino a destruir a Satanás con su propio poder; el que da este mismo poder a su Iglesia es el que nació de las entrañas de la mujer, Jesucristo. Esa mujer, que dio al Hijo de Dios su carne humana, no podía tener en ningún momento de su existencia relación con el pecado. Hemos dicho que lo más distinto de Dios que se puede imaginar es el pecado. El Hijo de Dios no pudo tomar carne de una mujer que haya estado afecta al pecado en cualquiera de sus formas, porque Él se hizo semejante a nosotros en todo, incluso en la muerte, pero no en el pecado. Si la descendencia de la mujer −Jesucristo− pisotea la cabeza de la serpiente también la pisotea la Madre. La Virgen María, destinada a ser la Madre de Dios tuvo que ser inmaculada desde su concepción y siempre después durante toda su vida, para que de ella pudiera tomar carne el Hijo de Dios hecho hombre. Este es el misterio que celebramos en esta Solemnidad. Lo ha celebrado la Iglesia durante siglos y lo ha declarado dogma de fe el Papa Beato Pio IX en la Carta Apostólica «Ineffabilis Deus» de fecha 8 de diciembre de 1854.
No hay que confundir este dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María como hija de San Joaquín y Santa Ana con el anuncio del Ángel Gabriel a la misma Virgen María ya joven esposa: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». El nombre Jesús, que deberá recibir ese Niño, le fue dado por su Padre Dios. Significa «Yahweh salva», salva del pecado (Cf. Mt 1,21), porque Él es el cumplimiento de la antigua promesa de salvación pronunciada por Dios después del pecado de Adán.
Decíamos que no hay que confundir la Inmaculada Concepción de la Virgen María con esta «concepción en el seno» de ella que le anuncia el Ángel Gabriel. Observemos que el ángel dice: «Concebirás en el seno». Desgraciadamente, el editor de nuestro Leccionario no lo entendió y pretende corregir la Palabra de Dios, reduciendo la expresión a «Concebirás», dejandola al mismo nivel de lo que dice más adelante de Isabel: «Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo» (ver Lc 1,24). ¡No es del mismo nivel! El ángel Gabriel quiere hacer una diferencia: la encarnación del Hijo de Dios es cerrada en el seno de su Madre, es por obra del Espíritu Santo sin intervención de varón, es virginal. El evangelista Lucas, cuya lengua materna es el griego, ve un problema con la palabra «concebir», porque, en realidad, no aplica al Hijo de Dios hecho hombre. El verbo griego «syn-lambanein» se traduce literalmente por «con-recibir», de donde, por reducción queda «con-cebir». Pero esta acción requiere el concurso de dos, hombre y mujer (es el caso de las palabras con el prefijo latino «con», griego «syn»). Es lo que no ocurre en el caso de Jesús. En su caso es solo «recibir». Por eso, el evangelista modifica el término agregando en este caso la cláusula: «en el seno» (Ver Lc 2,21).
Los cuatro dogmas marianos son la Inmaculada Concepción, la perpetua Virginidad de María, su Maternidad divina y su gloriosa Asunción al cielo. El primero se cumple en el momento de su venida a la existencia en el tiempo, como aurora de la salvación. Verdaderamente ilumina el misterio del Salvador, Nuestro Señor Jesucristo.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza