Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy martes 26 de noviembre de 2024

Día litúrgico: Martes 34 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 21,5-11):

Algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas. Entonces Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”

Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”.

Palabra del Señor.

Reflexión

Estamos en la última semana del año litúrgico y la liturgia de hoy nos presenta el inicio del discurso de Jesús sobre el fin de los tiempos, conocido también como “Discurso escatológico». Jesús como buen Profeta y Maestro, nos muestra el camino que hemos de seguir y nos invita a tener una actitud de vigilancia frente a los acontecimientos que precederán su venida, porque vendrán muchos usurpando su nombre.

El «Señor de la Historia» ni se equivocó ni exageró al anunciar el dramático final del Templo de Jerusalén, pues este anuncio se hizo efectivo en el año 70, cuando las tropas romanas de Vespasiano y Tito, para aplastar una revuelta de los judíos, destruyeron Jerusalén y su templo, y “no quedó piedra sobre piedra”. Nos hace humildes el ver qué caducas son las instituciones humanas en las que tendemos a depositar nuestra confianza, con los sucesivos desengaños y disgustos. Los judíos estaban orgullosos –y con razón– de la belleza de su capital y de su templo, el construido por el rey Herodes. Pero estaba próximo su fin.

El final histórico del Templo, es símbolo del final de toda la historia ante lo cual Jesús nos advierte: que no nos dejemos engañar de los falsos mesías que quieren suplantarle diciendo: “yo soy o el tiempo está cerca”. Nos pide que no vayanos tras ellos. Ante rumores de guerras y revoluciones: no tengamos pánico; estos eventos están bajo el control de Dios, no son todavía los signos que indican que la historia está llegando a su fin.

Jesús menciona conflictos étnicos y nacionales, calamidades naturales y grandes señales en el cielo, que en la tradición apocalíptica son símbolo y revelan la intervención de Dios en la historia, en relación con el juicio divino, la justicia de Dios sobre la humanidad.

El final de los tiempos no es inminente, pero sí es serio. El mirar hacia ese futuro no significa aguarnos la fiesta de esta vida, sino hacernos sabios, porque la vida hay que vivirla en plenitud, sí, pero responsablemente, siguiendo el camino que nos ha señalado Dios y que es el que conduce a la plenitud. Lo que nos advierte Jesús es que no seamos crédulos cuando empiecen los anuncios del presunto final. Al cabo de dos mil años, ¿cuántas veces ha sucedido lo que Él anticipó, de personas que se presentan como mesiánicas y salvadoras, o que asustaban con la inminente llegada del fin del mundo? “Cuidado con que nadie los engañe: el final no vendrá en seguida”.

La garantía del futuro y de la salvación no está en la magnífica construcción del templo, no está en nuestras construcciones humanas, aunque sean religiosas, sino únicamente en la plena confianza en Él, es decir, en la fe, en la decisión de seguirlo. La fe, efectivamente, no es simplemente la adhesión a unas verdades abstractas. La fe es enamorarse de Jesús, es dejarse arrastrar por su amor, es dejar que su proyecto de amor por el mundo nos atrape. Esta fe, llena de amor y de participación existencial, es la verdadera piedra firme sobre la que edificar el presente y el futuro de nuestra vida.

Este evangelio nos enseña que no somos dueños de la vida y que habrá un final. Que Dios intervendrá en nuestra historia llevándola a su fin. Nos invita a no tener pánico, a no dejarnos engañar por los falsos profetas y agoreros del fin; “porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El”. Jn 3,17.

Esta semana, y durante el Adviento, escuchamos repetidamente la invitación a mantenernos vigilantes. Que es la verdadera sabiduría. Cada día es volver a empezar la historia. Cada día es tiempo de salvación, si estamos atentos a la cercanía y a la venida de Dios a nuestras vidas. Todo lo demás es caduco. Solo Cristo es ayer, hoy, y siempre.

¿Entendemos que el “final” no es aniquilación, sino plenitud del proyecto revelador de Dios? ¿Hemos comprendido el lenguaje apocalíptico para así superar las falsas profecías? ¿Espero la venida de Jesús? ¿Qué me dirá el Señor cuando venga y qué le diré yo, cuando lo vea cara a cara?

Padre de misericordia, tú nos invitas a estar siempre atentos y vigilantes; no permitas que descuidemos los compromisos que adquirimos el día de nuestro bautismo. Amén.

Bendiciones.

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