Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 13 octubre 2024

Domingo 28-B

Mc 10,17-30

Luego, ven y sígueme

El episodio así llamado «del joven rico» se encuentra en los tres Evangelios de Marcos, Mateo (19,16-29) y Lucas (18,18-30) y puede ponerse la versión de cada uno en tres columnas paralelas −en sinopsis, visión conjunta− para compararlas. La ciencia bíblica ha llegado a la conclusión casi unánime de que en esos lugares paralelos la semejanza entre los tres evangelistas se debe a que Mateo y Lucas conocieron el Evangelio de Marcos y lo usaron como una fuente escrita y que ellos, en cambio, −Mateo y Lucas− no conocieron cada uno el Evangelio del otro. Interesa discernir los pequeños cambios que hacen Mateo y Lucas de la versión de Marcos, porque esto nos permite conocer la mente del evangelista, que es el paso obligado para conocer lo que Dios nos quiere decir: «Para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Dios quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos (los escritores sagrados)» (Concilio Vaticano II, Constitución «Dei Verbum» N.12).

«Poniéndose Jesús en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?»». Marcos imprime a la acción movimiento y urgencia presentando a Jesús ya partiendo del lugar donde se encontraba. Esto exige que el que pregunta corra hacia Él para una última pregunta. Antes de responder, Jesús quiere rectificar en algo esencial la conducta de su interlocutor. La Ley de Moisés tiene como mandamiento principal que el Dios de Israel es uno solo y agrega una severa prohibición respecto de todos los otros seres: «No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,5; Deut 5,9). Por eso, Jesús, antes de responder, pregunta: «¿Por qué me llamas «bueno»? Nadie es bueno sino sólo Dios». Dios es el único que puede definirse como Bien infinito y bueno en todo aspecto. El hombre que se arrodilla ante Jesús no cree que Jesús sea el Dios único y, por tanto, su actitud no corresponde. Esto es lo que quiere hacer ver Jesús. Lo remite así al primer mandamiento.

Luego Jesús responde a la pregunta: «Conoces los mandamientos: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás…». Nos extraña que Jesús le indique solamente los mandamientos que se refieren al prójimo, los de la segunda tabla del Decálogo, y no los que se refieren a Dios. Es que el mandamiento que se refiere a Dios ya se lo ha indicado, cuando le dijo: «Nadie es Bueno sino sólo Dios». Es como decirle que todo lo que él desea −lo que llama «vida eterna»− se encuentra sólo en Dios; y le indica los mandamientos que se refieren al prójimo, porque «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (cf. 1Jn 4,20). El hombre responde: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud».

Mateo y Lucas no conservan la urgencia ni el hecho de que el hombre tenga que correr, ni su actitud de arrodillarse ante Jesús. Mateo modifica la pregunta del hombre para no dar lugar a que Jesús niegue su condición de «bueno»: «Maestro, ¿qué haré de bueno para tener vida eterna?». Además, Mateo observando la actitud de correr, que lee en Marcos, entiende que se trata de un joven: «El joven le dijo: «Todo eso lo he guardado, ¿qué me falta?»». Habiendo dicho que es un joven −de aquí procede que se hable del «joven rico»− omite la circunstancia «desde mi juventud». Lucas, en cambio, fijándose precisamente en esto, deduce que se trata de un hombre mayor: «Uno de los principales».

En todo caso, es un hombre rico que observa los mandamientos y que, por tanto, es fiel a la ley de Dios; es un hombre religioso. Pero no está del todo satisfecho; no es feliz; para esto siente que le falta algo. De aquí su pregunta. Cuando Jesús escucha que se trata de un hombre piadoso, que observa los mandamientos, pero que no está satisfecho con eso, le formula su llamado, su vocación: «Fijando en él su mirada, Jesús lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Se habría esperado una explosión de alegría, habiendo recibido la respuesta a su pregunta sobre aquello que lo haría plenamente feliz; se habría esperado que él corriera a hacer lo que Jesús le dijo. En cambio, la reacción es esta otra: «Él, abatido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones». Se acercó a Jesús insatisfecho, a pesar de sus riquezas, y se alejó de Él más insatisfecho aún, habiendo comprendido que esas posesiones lo tenían esclavizado. Se quedó con ellas, pero triste.

Ese hombre estaba llamado a ser un discípulo muy querido de Jesús y a gozar de la felicidad eterna: «Jesús fijó en él su mirada y lo amó». Mateo y Lucas, conocido el triste desenlace −el amor de Jesús fue rechazado por unas efímeras posesiones terrenas−, se resisten a decir que «Jesús lo amó» y omiten esa circunstancia. Por otro lado, Mateo agrega un mandamiento, entre los que Jesús le cita, que hace falsa la repuesta del joven −como él lo llama−: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Optando por conservar sus posesiones para sí mismo y no venderlas para darlas a los pobres, demuestra que es falso que guarde ese mandamiento, que resume toda la segunda tabla del Decálogo.

Hay un punto en que Mateo difiere de Marcos. Según Marcos, seguido por Lucas, Jesús dice al hombre: «Una cosa te falta» y esa cosa era seguir su vocación, a saber, vender todas sus posesiones y darlas a los pobres y, luego, seguir a Jesús. ¡Le faltaba eso para tener la vida eterna! Se entiende que rehusando hacerlo, rechazando esa vocación, careció también de la vida eterna. Según Mateo, seguir esa vocación es condición, no para la vida eterna, sino para ser perfecto: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus posesiones… y sígueme». Según Mateo, ese joven, que estaba llamado a ser perfecto, «como Dios es perfecto» (cf. Mt 5,48), quedó solamente como un mediocre. Esta sería la suerte de los que rechazan el llamado de Dios, cada uno a su propio estado de vida y actividad.

Dado que, en este caso, fueron las riquezas las que impidieron seguir el llamado de Dios, Jesús agrega enseñanzas sobre ese obstáculo: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Ante la extrañeza de sus discípulos, Jesús repite: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios». Este modo de dirigirse a sus discípulos llamándolos «hijos» es único en Jesús. Mateo y Lucas conservan la comparación, pero omiten ese vocativo. Pero es precioso porque nos revela que Jesús tenía una actitud paternal respecto de sus discípulos (cf. Mc 2,5; 5,34). En el Evangelio de Juan usa ese vocativo, incluso con el diminutivo más afectuoso de «hijitos». (Algunas traducciones lo transforman en «hijos míos»; cf. Jn 13,33).

La conclusión de todo el episodio, después de que Pedro hace notar que ellos han dejado todo para seguir a Jesús es la sentencia: «En verdad les digo que nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo futuro, vida eterna». Con esto comenzó y con esto concluye. El hombre rico ya se fue triste. Esta es la respuesta de Jesús para todos.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de los Ángeles

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