Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy miércoles 2 de octubre de 2024

Día litúrgico: Miércoles 26 del tiempo ordinario

2 de octubre: Los santos Ángeles de la Guarda

Texto del Evangelio (Mt: 18, 1-5.10):

Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ¿“Quién es el más grande en el Reino de los Cielos”?

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial”.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hoy celebramos la memoria de los Ángeles Custodios. La Iglesia, iluminada por la luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. Están dotados de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado superior a él. Los ángeles son pues seres personales y, en cuanto tales, son también ellos, “imagen y semejanza” de Dios.

La palabra ángel designa el oficio, no la naturaleza. San Agustín decía: «si me preguntan que es un ángel, les diré que por su naturaleza es un espíritu y si me preguntan por su oficio, les diré que es un servidor». El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. ‘Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida’ (San Basilio)» (n. 336).

Para hablarnos de los ángeles custodios, la liturgia ha escogido el pasaje evangélico donde los protagonistas principales son los niños, a los que cuidan sus ángeles: «Llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: ‘Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial’».

Es muy humano y natural sentirnos protegidos por alguien, por esto Dios ha colocado a nuestro lado un Ángel de la Guarda, nuestro custodio personal, nuestro amigo fiel. Él esta cerquita de Dios, y es la manera más sencilla y fácil de poder establecer un vínculo con Él. El ángel de la guarda es nuestro “agente”, nuestro “tutor” y nuestro custodio ante la adversidad.

La misión de los ángeles custodios es acompañar a cada hombre en el camino por la vida, cuidarlo en la tierra de los peligros de alma y cuerpo, protegerlo del mal y guiarlo en el difícil camino para llegar al Cielo. Se puede decir que es un compañero de viaje que siempre está al lado de cada hombre, en las buenas y en las malas. No se separa de él ni un solo momento. Está con él mientras trabaja, mientras descansa, cuando se divierte, cuando reza, cuando le pide ayuda y cuando no se la pide. No se aparta de él ni siquiera cuando pierde la gracia de Dios por el pecado. Le prestará auxilio para enfrentarse con mejor ánimo a las dificultades de la vida diaria y a las tentaciones que se presentan en la vida.

Muchas veces se piensa en el ángel de la guarda como algo infantil, pero no debe ser así, pues si pensamos que la persona crece y que con este crecimiento se tendrá que enfrentar a una vida con mayores dificultades y tentaciones, el ángel custodio resulta de gran ayuda.

Para que la relación de la persona con el ángel custodio sea eficaz, necesita hablar con él, llamarle, tratarlo como el amigo que es. Así podrá convertirse en un fiel y poderoso aliado nuestro. Debemos confiar en nuestro ángel de la guarda y pedirle ayuda, pues además de que él nos guía y nos protege, está muy cerca de Dios y le puede decir directamente lo que queremos o necesitamos. Recordemos que los ángeles no pueden conocer nuestros pensamientos y deseos íntimos si nosotros no se los hacemos saber de alguna manera, ya que sólo Dios conoce exactamente lo que hay dentro de nuestro corazón. Los ángeles sólo pueden conocer lo que queremos intuyéndolo por nuestras obras, palabras, gestos, etc. También se les pueden pedir favores especiales a los ángeles de la guarda de otras personas para que las protejan de determinado peligro o las guíen en una situación difícil.

Un joven consagrado decía: «Yo nunca he dudado sobre la existencia de los ángeles. Ya de niño, mi madre me lo recordaba cada mañana al ir a la escuela. Él ha guiado todos mis pasos hasta conducirme al sacerdocio».

San Josemaría recomendaba no solamente tenerles devoción, sino también amistad: «Ten confianza con tu Ángel Custodio. Trátalo como un entrañable amigo pues lo es, y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día». Con frecuencia le pido ayuda y nunca me ha desatendido: «Te asombras porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes, pero no deberías asombrarte: para eso le colocó el Señor junto a ti». Y cuando voy por la calle pienso: Éste quizá no sabe que tiene cerca un ángel. ¡Ángel, ayúdale! Es cosa aprendida también de san Josemaría: «Acostúmbrate a encomendar a cada una de las personas que tratas a su Ángel Custodio».

Recordar a los ángeles nos lleva a agradecer a Dios su cercanía, que se nos muestra al enviarnos a los ángeles que, cumpliendo su voluntad, nos ayudan en nuestro camino. Nuestra esperanza crece cuando pensamos que la protección de los ángeles se extenderá hasta el momento de nuestra muerte: “Concédenos vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía”; “que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna”; “dirígenos bajo la tutela de tus ángeles por los caminos de la salvación y de la paz”. Y más allá de la muerte, porque, como cantamos en la celebración de las exequias cristianas, confiamos en que “los ángeles nos conduzcan al paraíso”.

¡Cuántos motivos tenemos para dar gracias a Dios y a su Madre, Reina de los Ángeles!

¿Nos encomendamos a nuestro ángel guardián? ¿A través de qué acciones de nuestra vida somos como un “ángel” para los demás?

Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que el Señor me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén.

Bendiciones.

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