Domingo 26-B
Mc 9,38-43.45.47-48
Yo soy el camino… nadie va al Padre, sino por mí
El Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo Ordinario tiene dos partes diferentes, aunque en el Evangelio todo está relacionado, en cuanto que todo es anuncio de Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.
En la primera parte toma la palabra Juan, para someter a la consideración de Jesús un criterio de acción de los Doce. Antes de entrar en este tema debemos hacer notar que los apóstoles raramente intervienen −algunos de ellos nunca lo hacen− y que, cuando lo hacen, generalmente deben ser corregidos por Jesús. Este es el caso también aquí.
Juan dice a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y no nos sigue a nosotros y tratamos de impedírselo porque no nos sigue a nosotros». Antes de seguir adelante debemos discernir a quiénes incluye el pronombre «nosotros», ¿solamente a los Doce o también a Jesús? Según el Evangelio de Marcos, Jesús concluye con la siguiente sentencia: «El que no está contra nosotros, está por nosotros». En ese «nosotros» estaría incluido también Él mismo. Pero este texto tiene problemas de crítica textual, es decir, algunos manuscritos antiguos usan al pronombre «nosotros» y otros usan el pronombre «vosotros». Sin ir más lejos, el mismo Lucas, que recibe de Marcos este episodio, escribe: «El que no está contra vosotros, está por vosotros» (cf. Lc 9,50). ¿Cuál es la palabra usada por Jesús? Para responder a esta pregunta debemos observar como antecedente que es poco frecuente que Jesús use el pronombre «nosotros» incluyendo consigo a otros. Y, a esta observación debemos agregar la regla de oro de la crítica textual: se debe optar por la lectura más difícil y que, por tanto, está expuesta a ser «mejorada» por copistas sucesivos, en este caso, incluso por el evangelista Lucas. La lectura original sería, entonces, el pronombre «nosotros» y éste incluiría a Jesús. El pronombre «vosotros» sería un cambio de copistas sucesivos. Aclarado esto, examinemos la corrección de Jesús al proceder de los Doce, supuesto que Juan hable en nombre de todos.
«No se lo impidan, pues nadie hay que obre un milagro en mi Nombre y que pueda, luego, hablar mal de mí». ¿Cuál puede ser el caso de alguien que obre un milagro en el Nombre de Jesús y que no lo esté siguiendo? El ciego de Jericó, por ejemplo, lo confiesa como «Jesús, hijo de David», es decir, el Cristo, y cree que Él tiene poder de devolverle la vista. De hecho, este ciego, después de eso, siguió a Jesús por el camino (cf. Mc 10,46-52). Imaginemos los pastores de los campos de Belén −no sabemos cuantos eran− que treinta años antes escucharon cantar un coro de ángeles y a uno de ellos que les anunció el nacimiento del «Salvador, el Cristo, el Señor» (cf. Lc 2,8-18). Ellos verificaron la verdad de ese anuncio, pero nunca más supieron de ese Niño, porque Él, durante treinta años, condujo vida oculta en Nazaret, distante 150 km de Belén. De pronto, llegó a ellos noticia de lo que Jesús hacía y enseñaba. Ellos habrían podido deducir que se trataba de ese Niño e invocar su Nombre −el de Cristo, el Señor−, sin haber tenido aún la posibilidad de seguirlo.
«Hacer un milagro en el Nombre de Jesús» es cosa de pocos, porque para esto se requieren ciertas condiciones. En primer lugar, es necesario creer que Jesús es el Hijo de Dios y que Él tiene todo poder en el cielo y en la tierra; esto expresa su Nombre. Jesús afirma que, si esta fe fuera como un grano de mostaza ya sería suficiente para trasladar los montes (cf. Mt 17,20; 21,21). Además, se debe preferir a todo milagro el cumplimiento de la voluntad de Dios, porque, de lo contrario, le dirán: «En tu Nombre hicimos muchos milagros» y Él responderá: «Jamás los conocí» (cf. Mt 7,21-23). Por último, se requiere una profunda humildad, es decir, «andar en verdad», en la absoluta convicción de que todo es obra de Él y no de la santidad o de mérito alguno de quien lo invoca. Quien cumple estas condiciones y hace un milagro en Nombre de Jesús, no puede hablar mal de Él; al contrario, no cesará de alabarlo y darle gracias; y estará pronto a seguirlo.
Vemos en los Hechos de los Apóstoles el caso de un judío llamado Apolo, que es presentado como «originario de Alejandría, hombre elocuente, que dominaba las Escrituras… y que con fervor de espíritu hablaba y enseñaba con todo esmero lo referente a Jesús». No pertenecía a los discípulos de Jesús; pero fue instruido por los esposos Áquila y Priscila y adhirió inmediatamente a ellos (cf. Hechos 18,24-28). Ya habían aprendido los esposos el modo de proceder.
Jesús parece no exigir mucho para considerar a alguien a favor suyo y de sus discípulos: «El que no está contra nosotros, está por nosotros». Para no merecer, de parte de Jesús, la sentencia: «No los conozco» es necesario cuidarse bien de estar contra Él. Nadie puede negar que el aborto y la eutanasia son acciones de muerte. Quienes promueven leyes de aborto y de eutanasia están contra Jesús, porque Él definió su Persona diciendo: «Yo soy la Vida… Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 14,6; 10,10). San Pablo agrega: «Cristo ha destruido la muerte» (2Tim 1,10). En este «Día de Oración por Chile» debemos pedir que nunca se aprueben en nuestro país leyes que escandalicen a los pequeños y pongan al Estado contra Cristo.
En la segunda parte del Evangelio de este domingo, Jesús pronuncia una sentencia severa contra quien escandaliza: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, es mejor para él que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que lo arrojen al mar». «Escándalo» es una palabra griega que significa: piedra puesta en el camino de alguien para hacerlo caer e impedirle llegar a su destino. Los pequeños que creen son los sencillos que no pueden resistir a los argumentos de los sabios e inteligentes de este mundo ni al engaño de los poderosos. Cuando el camino es Cristo y el destino es Dios, según su sentencia: «Yo soy el camino… nadie va al Padre, sino por mí» (cf. Jn 14,6), entonces el castigo de quien escandaliza es mucho más severo que ser arrojado al fondo del mar con una roca atada al cuello. La comparación es de Jesús. En efecto, inducir a alguien a pecar es lo más malo y grave que se puede hacer, es procurarle la muerte eterna.
El fin último del ser humano es la vida eterna. El ser humano ha sido creado para gozar de esa Vida, que es una participación de la Vida divina, en la que consiste la felicidad plena del ser humano. Esa vida se pierde con el pecado grave, que por esta razón se llama «mortal». Cualquier cosa que nos induzca a pecar es un «escándalo», un impedimento para llegar al cielo, donde gozaremos eternamente de Dios. Así se explican las tres sentencias paralelas de Jesús que hoy, en el mundo del bienestar y del placer terreno, raramente se predican: «Si tu mano te escandaliza (te es ocasión de pecado), cortatela; mejor es para ti entrar en la Vida manco que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga». Lo mismo aconseja hacer Jesús con «tu pie» o con «tu ojo», si son ocasión de pecado. La mano, el pie, el ojo son miembros que el ser humano mucho aprecia; Jesús nos enseña que infinitamente más se debe apreciar la Vida eterna. Nada en este mundo debe anteponerse a ella. Cualquier cosa que obstaculice el camino hacia ella debe arrojarse lejos de sí.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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