Domingo de Pascua 2-A
Jn 20,19-31
Que todos sean uno para que el mundo crea
El Evangelio de este Domingo II de Pascua nos relata dos instancias en que Jesús resucitado se hace presente en medio de sus discípulos, ambas el primer día de la semana −la primera el mismo día de su resurrección y la segunda siete días después («ocho días después», según el recuento en ese contexto) −, estando los discípulos reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos.
El objetivo principal de esa presencia de Jesús es conceder a los discípulos una verificación por medio de la vista de su resurrección: «Los discípulos se alegraron de ver al Señor». Se cumple así una promesa hecha por Jesús en sus «discursos de despedida»: «Dentro de poco, ustedes ya no me verán y, dentro de otro poco, me volverán a ver… volveré a verlos y se alegrará el corazón de ustedes…» (cf. Jn 16,16.22). En esa ocasión los discípulos no entendieron qué significaba ese «otro poco». Ahora sabemos que, en su sentido literal, es el tiempo que transcurrió entre la muerte de Jesús en la cruz −el viernes, antes de que comenzara el sábado− y esa tarde del día de su resurrección −el primero de la semana, domingo−, es decir, poco tiempo, apenas dos días. Pero, en su sentido pleno, ese «otro poco» de tiempo está transcurriendo aún; se extiende entre la Ascensión del Señor resucitado, cuando «una nube lo ocultó a sus ojos» (cf. Hech 1,9), y su venida gloriosa al fin de los tiempos: «Miren, viene acompañado de nubes: todo ojo lo verá, incluso quienes lo traspasaron» (cf. Apoc 1,7). Se trata de poco tiempo, si se compara con el tiempo total, que en todo caso ya alcanzó su plenitud, pues, «cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…» (cf. Gal 4,4).
Los discípulos vieron a Jesús resucitado y así lo testimoniaron a Tomás, uno de ellos, que no estaba presente en la primera instancia en que Jesús vino y se puso en medio de ellos: «Hemos visto al Señor». No le bastó a Tomás el testimonio de la vista, pues suele ser uno de los sentidos que engañan al ser humano en la percepción de la realidad. Así lo hace notar Lucas en el relato paralelo de esa primera venida de Jesús en medio de sus discípulos: «Creían ver un espíritu», y fue necesario que Jesús los invitara a verificar por medio del tacto: «Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que Yo tengo». Dado que nadie se atrevió a hacerlo, Él mismo les dio una prueba pidiendo algo que comer: «Ellos le ofrecieron parte de un pez asado y… lo comió delante de ellos» (cf. Lc 24,37.39.42.43). Así se entiende que Tomás quisiera verificar por medio del tacto y, precisamente, en los signos de la muerte propia de Jesús: «Si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Se entiende que, si lo hace, entonces creerá que Jesús resucitó, con carne y huesos. Pero ¿cómo dice creer en algo, que exige verificar con los sentidos, si, en realidad, «la fe es la convicción de las cosas que no se ven» (cf. Heb 11,1)? A esto responde el relato de la segunda venida de Jesús entre sus discípulos, esta vez estando Tomás con ellos.
En esa segunda venida, después del saludo, Jesús se dirige a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás fue «incrédulo» en cuanto al testimonio de sus hermanos de que Jesús estaba vivo; pero podemos decir que es una «feliz incredulidad», porque concluyó en la confesión de fe más plena y explícita sobre Jesús que tenemos en todo el Nuevo Testamento, invocándolo: «¡Señor mío y Dios mío!». Teniendo delante de sí a Jesús resucitado, que se ve y se palpa, concluyó expresando su certeza sobre algo que no se puede ver ni palpar: que Él era su Señor y su Dios. Esta certeza es sobre lo que no se ve, ni puede verse, porque es sobrenatural (no se deduce de algo que nuestros sentidos capten). Es, por tanto, un don de Dios, por el cual debemos orar siempre a Dios diciéndole: «Auméntanos la fe» (cf. Lc 17,5) (Si oramos a Él, es porque ya la tenemos, pero es débil). La respuesta de Jesús a Tomás nos enseña que Dios, en su infinita sabiduría, concede este don con ocasión de algo que sí se ve: «Porque me has visto Tomás, has creído». Jesús reconoce que Tomás ha hecho un impactante acto de fe −«has creído»− al confesarlo como su Dios, el mismo Dios único revelado a Israel; y afirma que esta certeza se le ha concedido con ocasión de algo que vio, a saber, a Él mismo resucitado (no fue necesario que se acercara a tocarlo, pues ya había recibido la fe).
Esto es lo que quiere expresar la constante que vemos en el Evangelio de que los discípulos de Jesús, cuando lo ven resucitado, no lo reconocen, como es el caso de los discípulos de Emaús y de la misma María Magdalena, la más cercana a Jesús entre las mujeres (obviamente después de su Santísima Madre). Es porque la resurrección de Jesús es una verdad de fe, como lo confesamos en el Credo: «Al tercer día resucitó de entre los muertos» y, por tanto, la concede Dios. Pero, repetimos, la concede con ocasión de algo que se ve. En el caso de los discípulos de Emaús lo reconocieron y tuvieron la certeza de su resurrección con ocasión del gesto de la «fracción del pan» (cf. Lc 24,35) y no de la discusión con Él durante un largo trecho de camino sobre lo ocurrido esos días con el mismo Jesús; por su parte, María Magdalena no lo reconoció por la identidad física, sino por algo que oyó: «María» (cf. Jn 20,16).
Es por esto que el evangelista a las obras de Jesús, que llamamos «milagros», él las llama «signos». Para él lo más importante no es el hecho prodigioso mismo, que todos ven, sino una certeza que trasciende lo visto y que Dios concede. Esa certeza es que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, como lo expresa en la conclusión de su escrito: «Jesús realizó en presencia de los discípulos muchos otros signos, que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre». Notemos que dice «otros signos», porque éste, su propia resurrección, es también un signo, el más grande de todos y el que da validez a todos los demás. Es un signo de lo que Tomás confesó.
A todos los creyentes en Cristo compete el cumplimiento de su mandato apostólico expresado por Jesús resucitado: «Hagan discípulos de todos los pueblos» (cf. Mt 28,19-20). Dado que la fe la concede Dios con ocasión de algo que se ve y se oye, el mandato apostólico lo cumple cada cristiano por medio de su testimonio, con la vida y la palabra, sobre todo lo que Jesús nos enseñó. Un testimonio, que Jesús mismo destacó y por el cual oró, es la unidad de todos los cristianos: «Como Tú, Padre, en mí y Yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17,21). Podemos decir con certeza que la falta de unidad de todos los cristianos es un obstáculo para la conversión del mundo.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza