Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 5 abril 2026

Domingo de Resurrección A

Juan 20,1-9

Vio las vendas en el suelo y el sudario plegado aparte… y creyó

La Iglesia celebra la resurrección del Señor desde la gran Vigilia Pascual que precede al Domingo de Resurrección. En esa Vigilia los adultos que se han convertido a Cristo y han hecho el proceso del «catecumenado», en todas las Iglesias del mundo, reciben los Sacramentos de la iniciación cristiana y adquieren el nombre de «neófitos» (nuevos retoños), que conservan hasta el Domingo de Pentecostés (50 días después). Ese día pasan a ser «fieles cristianos» y, como tales, asumen el compromiso de dar testimonio de Cristo: «Ustedes serán mis testigos…» (cf. Hech 1,8) y de cumplir su mandato apostólico: «Hagan discípulos a todos los pueblos…» (cf. Mt 28,19).

En la Vigilia Pascual este año, en el ciclo A, se proclama el Evangelio de Mt 28,1-10. En los ciclos B y C se proclaman respectivamente Mc 16,1-8 y Lc 24,1-12. Pero en la primera Misa del Domingo de Resurrección, la del día, se lee, en los tres ciclos, el Evangelio de Jn 20,1-9, que nos informa sobre lo ocurrido al amanecer de ese mismo día: «el primer día de la semana de madrugada». Dado que no hemos comentado este Evangelio en el ciclo A más que una vez, en el año 1993, lo haremos también este año.

Jesús murió en la cruz el viernes a la hora nona (cf. Mt 27,46), −15 horas− y dado que el día terminaba a la hora duodécima −18 horas− y comenzaba el sábado en que se celebraba la Pascua judía, era urgente retirar de la cruz los cuerpos de los crucificados: «Como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado −porque aquel sábado era muy solemne−, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran» (Jn 19,31). A Jesús no le quebraron las piernas, porque cuando vinieron los soldados a cumplir esta cruel acción, Él ya había muerto. Entonces, «uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza» (Jn 19,34). Era imposible retirarlo de la cruz y sepultarlo −todo en menos de tres horas−, no teniendo a su lado más que el discípulo amado, su Madre y otras dos mujeres, una de ellas María Magdalena y, sobre todo, no teniendo dispuesto un sepulcro. Resolvió la dificultad un hombre llamado José de Arimatea, presentado como «un discípulo de Jesús en secreto, por miedo a los judíos» (cf. Jn 19,38). Era un hombre influyente, porque logra llegar hasta Pilato y obtener la autorización para retirar de la cruz el cuerpo de Jesús. Mateo lo presenta así: «Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús… José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca» (cf. Mt 27,57-60). El evangelista Juan completa: «Porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús» (cf. Jn 19,41-42).

Destacamos dos detalles. El primero es que ambos evangelistas, Mateo y Juan, sin ponerse de acuerdo, coinciden en que esta solución es transitoria, dada la premura del sábado, y por eso evitan decir que allí «sepultaron» a Jesús y dicen que allí solamente lo «pusieron», a la espera de que pasara el sábado, para encontrarle una sepultura definitiva. Lo segundo que conviene destacar es la cualidad del sepulcro. Es un sepulcro nuevo de José de Arimatea, definido como «un hombre rico». Mateo ve en esto el cumplimiento de lo que dice Isaías en sus profecías sobre el «siervo del Señor»: «Se le dio… con el rico su tumba» (Isaías 53,9). Los Cantos del Siervo del Señor comienzan con esta presentación de Dios: «He aquí mi Siervo a quien sostengo, mi Elegido en quien se complace mi alma» (Isaías 42,1). El mismo Dios lo identifica con Jesús, pero con un cambio radical, diciendo, tanto en el Bautismo de Jesús como en su Transfiguración: «He aquí mi Hijo, el amado, en quien me complazco» (Mt 3,17; 17,5). Las profecías sobre el Siervo del Señor se cumplen en el Hijo de Dios hecho hombre.

Después de esta larga introducción podemos entender el verdadero sentido de las reacción de María Magdalena, cuando, al alba del primer día de la semana, fue al sepulcro donde habían puesto a Jesús y al ver desde lejos el sepulcro abierto, sin acercarse más, dedujo que alguien ya había estado allí para trasladar su cuerpo y que la orden, ciertamente, la había dado Pedro, de acuerdo con el discípulo amado, que había estado junto a la cruz de Jesús y había asistido  la deposición de su cuerpo en el sepulcro provisorio. Ella corre donde Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto». Considera, con razón, que ella merece tener parte en esas decisiones, habiendo dado al cuerpo sin vida de Jesús las primeras atenciones − «lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar» (cf. Jn 19,40)− y habiendo estado hasta el último momento junto Él antes de que cerraran el sepulcro con una pesada piedra. Grande debió ser su sorpresa cuando vio que nada sabían de ese supuesto traslado ni Pedro ni el discípulo amado.

En todo esto nos llama la atención que a María Magdalena no le venga, ni siquiera como un pensamiento remoto, que Jesús pudiera haber resucitado y que Él mismo haya movido la piedra para salir del sepulcro. Tampoco deducen eso los dos discípulos a quienes ella trae esa noticia. Pero logra, al menos, inquietarlos hasta el punto de correr ambos al sepulcro para informarse sobre quién se les había adelantado: «Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». Este detalle sobre la diferente velocidad con que corrían los dos discípulos nadie lo hubiera mencionado, excepto el que lo vivió en primera persona. Revela así que este es el discípulo que lo ha escrito, como más adelante lo declara el que agregó el último capítulo: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito» (Jn 21,24).

Este discípulo llegó primero al sepulcro y se inclinó para mirar hacia dentro: «Vio las vendas en el suelo; pero no entró», esperando que lo hiciera primero Pedro. Pedro «entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte». Es una evidencia de que alguien estuvo allí para quitarle al cuerpo de Jesús las vendas y para plegar el sudario y, sobre todo, para llevarlo a otro lugar. No conocemos la reacción de Pedro; pero sí conocemos la del otro discípulo ante ese mismo escenario. Está expresada escuetamente por dos verbos que parecen excluyentes, pero, en realidad, tienen una relación esencial: «Vio y creyó». La fe se porta sobre lo que no se ve ni se verifica por algún otro sentido. En efecto, el discípulo amado vio algo −lo ya dicho, las vendas y el sudario, pero, sobre todo, que no estaba el cuerpo de Jesús allí donde había sido puesto sin vida−; pero creyó otra cosa que supera infinitamente lo visto y que no se deduce de esa evidencia: creyó que Jesús había resucitado. Y explica: «Hasta entonces no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos». Agregamos lo que el ángel reprocha a las mujeres que vinieron al sepulcro para embalsamar a Jesús, y no lo encontraron: «Recuerden que se lo había dicho» (cf. Mt 28,6; Lc 24,6).

La resurrección de Cristo de entre los muertos es el hecho que da validez a toda su enseñanza. Nadie habría conservado, por ejemplo, sus palabras sobre el pan de vida −«el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día…»− u otras −«el que cree en mí, aunque muera vivirá…, etc.»−, si quien las pronunció hubiera permanecido en la muerte. Lo dice bien San Pablo: «Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe» (1Cor 15,17). ¿Habría bastado para fundar la Iglesia el testimonio del discípulo amado, que dice haber comprendido? No, para fundar la Iglesia de Cristo es necesario el testimonio de Pedro. Por eso, Jesús se apareció vivo a los doce esa misma tarde y, según San Lucas, comió un trozo de pez en su presencia (cf. Lc 24,42-43). La comunidad reunida de los discípulos recibe a los de Emaús diciéndoles: «Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34). No dicen: «A los doce», porque el testimonio de Pedro es necesario y suficiente. A él, personalmente, había dicho Jesús: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Lucas nos refiere el testimonio de Pedro, inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés: «Israelitas, escuchen estas palabras: «A Jesús,… a quien ustedes mataron clavándolo en la cruz… A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos»» (cf. Hech 2,22-24.32). Y nosotros respondemos: «Amén», que significa: «Creo».

Volviendo a ese primer día de la semana, después de que Pedro y el discípulo amado se retiraron del sepulcro vacío, María Magdalena permaneció allí, todavía fija en la idea de que el cuerpo de Jesús había sido trasladado, tanto que volviéndose, ve a Jesús mismo, pero pensando que era el encargado de ese lugar, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré» (Jn 20,15). No le basta a María Magdalena la vista para reconocer a Jesús, de quien había sido tan cercana. Fue necesario el don de la fe, que Jesús se lo concede, cuando le dice: «María». Entonces, ella, por esa palabra que escucha, lo reconoce.

La fe es una virtud sobrenatural, un don de Dios. Pero es un don que, en su sabiduría, Dios concede con ocasión de algo que se ve o se oye. Por eso, es esencial el testimonio de los cristianos, que consiste en la coherencia entre lo que la Iglesia enseña y la vida de los fieles. Si esta coherencia fuera perfecta, el mundo se convertiría. Es lo único que lograría la paz entre los seres humanos y evitaría las guerras, en particular, la que en estos días amenaza a toda la humanidad.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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