Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 28 diciembre 2025

Domingo de la Sagrada Familia A

Mt 2,13-15.19-23

Que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza

En la carta que se presenta como escrita por San Pablo a Tito, a quien llama «verdadero hijo, según la fe común», expresa el misterio de la salvación en estos términos: «Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres», que después repite: «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, Él nos salvó, no por obras de justicia que hubiesemos hecho nosotros, sino según su misericordia» (cf. Tito 1,4; 2,11; 3,4-5). ¿En qué forma se manifestó esa «gracia salvadora de Dios», esa «bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres»? Encontramos la respuesta en la importante carta del mismo apóstol a los Gálatas: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). «Nacido de mujer» es la expresión hebrea para decir «verdadero hombre», uno más entre todos los hombres y mujeres que comparten la naturaleza humana. Pero Éste es también «Hijo de Dios», es decir, una sustancia con el Padre. Pocas líneas más adelante agrega el apóstol un segundo envío: «Envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo», Él mismo, también, una sustancia con el Padre y el Hijo. Todo esto con una finalidad: que nosotros recibamos la filiación divina, que nos permita clamar a Dios como lo hacía Jesús: «Abbá, Padre» (Gal 4,6).

Este es el misterio que ha celebrado el mundo cristiano en estos días contemplando el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre en Belén de Judea en tiempos del emperador romano César Augusto (27 a.C. – 14 d.C.). A fines del siglo XIX la Iglesia Católica quiso poner de relieve una circunstancia de ese misterio, a saber, que el Hijo de Dios, no sólo se hizo hombre, sino que se hizo miembro de una familia y, con este fin, el Papa León XIII en el año 1893 instituyó la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. En la reforma litúrgica del año 1969, ordenada por el Concilio Vaticano II, la fiesta se elevó a rango de Solemnidad y su día se fijó en el domingo sucesivo al 25 de diciembre, el domingo dentro de la Octava de Navidad. Es la Solemnidad de la Sagrada Familia que celebramos este domingo.

La Iglesia comprendió que los males que aquejan al ser humano individual, a la sociedad y a toda la humanidad −que son evidentes− tienen su origen en los males que aquejan a la familia, sobre todo, en la carencia de una familia con que vienen al mundo y crecen tantos seres humanos en nuestro tiempo. A todos impacta el escueto relato del nacimiento del Hijo de Dios, que hemos leído en estos días: «Se le cumplieron a María los días del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada» (Lc 2,6-7). Los primeros que tuvieron conocimiento de este hecho fueron los pastores que velaban su rebaño y a ellos se les dio esta señal desconcertante: «Encontrarán a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (se entiende el lugar donde tienen su comida los animales)» (Lc 2,12). Los pastores fueron a ver y «encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16). Ese Niño nació con carencia de todo bien de este mundo, nació en situación infrahumana, en un lugar, no de seres humanos, sino de animales; y, sin embargo, el bien de que gozaba supera toda carencia: Él gozaba de una familia y en esa situación estaba rodeado del amor de una madre y un padre; no le faltaba nada para su desarrollo armónico como ser humano. Todo ser humano, creado por Dios, tiene derecho a venir al mundo en el seno de una familia y desarrollarse como ser humano en el seno de esta institución. La familia se define como «una comunidad de vida y de amor» establecida sobre el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer (cf. Catecismo N. 2364). El Papa San Juan Pablo II en la Carta a las Familias, escribía: «Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida» (Carta a las familias, N. 2, año 1994).

Esa «comunidad de vida y amor» es la que vemos en acción en el Evangelio de este Domingo de la Sagrada Familia. Es una comunidad de vida, porque viven juntos; es una comunidad de amor, porque cada uno de los miembros está más preocupado del bien de los demás que del bien propio. En efecto, el amor verdadero consiste en «procurar el bien del otro». Dos veces dice el ángel del Señor a José: «Levantate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto… Levantate, toma contigo al Niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel…». José y María buscan más el bien del Niño Jesús que el propio y no vacilan en soportar todas las molestias de vivir como emigrantes en un país extranjero y pagano para proteger la vida del Niño a quien Herodes buscaba para matarlo. Según el relato de Mateo, una vez muerto Herodes, dado que en su lugar reinaba su hijo, para no poner en peligro la vida del Niño, no se establecieron en Judea, sino «en una ciudad llamada Nazaret», que está en Galilea y de esta manera explica que Jesús fuera reconocido como de Nazaret de Galilea (cf. Mt 21,11; Mc 1,9.24; 16,6; Lc 24,19; Jn 1,45), en cumplimiento del oráculo de los profetas: «Será llamado Nazoreo».

La Sagrada Familia, que tenía en su seno a la Palabra de Dios hecha carne, vivía profundamente la recomendación que hace San Pablo a las familias cristianas: «Revistanse del amor, que es el vínculo de la perfección… Que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza» (Col 3,14.16). La Palabra de Cristo debería ser leída a menudo y comentada en el seno de las familias cristianas. No se trata de una lectura esporádica; San Pablo la considera un «habitante» de la familia. Cuando no se pone la Palabra de Dios en el medio de la familia como habitante, ocupa ese lugar el mensaje efímero, muchas veces frívolo y mundano de los medios audiovisuales. Este «habitante» intruso impone sus criterios, que son el egoísmo y la búsqueda del bienestar propio con desinterés por los demás, criterios contrarios al amor verdadero, y así termina destruyendo la familia, que, como se ha dicho, es una «comunidad de vida y amor».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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