Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy miércoles 10 de septiembre de 2025

Día litúrgico: Miércoles 23 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,20-26):

Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: ¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! ¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y proscriban el nombre de ustedes, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!

¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!

Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!

Palabra del Señor.

Reflexión

En el Evangelio de hoy nos encontramos con la lectura continuada del capítulo sexto de san Lucas. Inmediatamente después de la elección de los doce, Jesús baja con ellos a la llanura. De nuevo están ahí sus discípulos junto a una gran muchedumbre llegada de diversos lugares. Fijando la mirada en sus discípulos, pronuncia estas palabras, conocidas como el sermón de las bienaventuranzas.

El Papa Francisco decía: «las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano, es nuestro carnet de identidad, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida. La palabra “bienaventurados”, no indica a alguien que tiene el estómago lleno o que se divierte, sino una persona que está en una condición de gracia, que progresa en la gracia de Dios y que progresa por el camino de Dios».

Las Bienaventuranzas están destinadas a todo el mundo. Jesús no sólo enseña a los discípulos que le rodean, ni excluye a ninguna clase de personas, sino que presenta un mensaje universal. Ahora bien, puntualiza las disposiciones que debemos tener y la conducta moral que nos pide. Este camino que nos enseña el Señor es de verdad paradójico: llama dichosos, a los que en situaciones reales, son pobres, lloran, tienen hambre, son despreciados, y asegura que de ellos es el reino de Dios, que reirán y serán saciados, marca una antítesis entre el presente y el futuro.

Las bienaventuranzas de Jesús son un mensaje decisivo, que nos empuja a no depositar nuestra confianza en las cosas materiales y pasajeras, incapaces de darnos esperanza. Él nos invita al gozo, y lo expresa exteriormente diciendo «alégrense ese día y llénense de gozo».

Las bienaventuranzas no son un consuelo para los atribulados del mundo, sino más bien una invitación a eliminar las causas de sus tribulaciones. Jesús no está animando a las personas a una resignación pasiva, sino que animando a la comunidad a tomar una acción decidida para cambiar las cosas…para buscar el Reino de Dios.

Todos buscamos la felicidad. Pero Jesús nos la promete por caminos muy distintos de los que señala este mundo. Porque en nuestra sociedad de hoy y la de todos los tiempos, también los de Jesús, se suele confeccionar otra lista muy distinta. El mundo aplaude y llama felices a los que tienen mucho dinero, a los que ocupan los primeros puestos, a los triunfadores, a los guapos, a los que disfrutan de la vida sin escrúpulos… A estos parece que se les adjudica la felicidad según el mundo. Pero Jesús ha prometido la verdadera felicidad a los más sencillos y pobres, a los que les toca sufrir en este mundo, a los que son mal vistos precisamente por su bondad y rectitud. Naturalmente la felicidad no está en la misma pobreza, o en las lágrimas o en la  persecución; sino en lo que esta actitud de apertura y de sencillez representa y en el premio que Jesús promete.

Termina este pasaje con cuatro ayes o advertencias que corresponden exactamente a las bendiciones precedentes. Decía el Papa Francisco que «Jesús con su palabra paradójica nos sacude y nos hace reconocer lo que realmente nos enriquece, nos satisface, nos da alegría y dignidad».

Sería bueno que hoy nos preguntáramos con sinceridad si creemos en esa proclama de felicidad que escuchamos de Jesús, o si preferimos la del mundo. Si no somos realmente felices, ¿No será porque no somos pobres, sencillos, humildes de corazón, abiertos a Dios y al prójimo, sino orgullosos, arrogantes y satisfechos de nosotros mismos?

Cuando Jesús dice:

“Felices los pobres”, ¿Está queriendo decir que los pobres han de seguir en la pobreza? ¿Reconocemos que, para llamarnos verdaderos cristianos, debemos vivir las bienaventuranzas porque ellas son un reflejo de la vida de Jesús?

Gracias Señor Jesús, por habernos transmitido los valores del Reino de Dios en las Bienaventuranzas, danos la gracia de conformar nuestra vida a esos valores que nos llevan a la salvación. Amén.

Bendiciones.

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