Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 22 de agosto de 2025

Día litúrgico: Viernes 20 del tiempo ordinario

22 de agosto: Santa María Reina

Texto del Evangelio (Mt 22,34-40):

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley”.

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento, El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hoy celebramos a la Bienaventurada Virgen María, Reina, que engendró al Hijo de Dios, Príncipe de la paz, cuyo reino no tendrá fin, y que es saludada por el pueblo cristiano como Reina del cielo y Madre de Misericordia.

María nunca pensó en ser Reina. Pero Dios la colocó por encima de todos los coros celestiales, y los cristianos de todos los siglos la aclaman como «Reina y Madre» en la «Salve». Y en la letanía lauretana, el título de Reina es la más reiterada proclamación.

“María, es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo”, dijo San Juan Pablo II al referirse a la Virgen como Reina del Universo.

En el evangelio de hoy, un maestro de la Ley le plantea a Jesús una pregunta aparentemente teológica: “¿Cuál es el mandamiento mayor?” (Mt 22,36). Era una cuestión debatida entre los rabinos, pues la Ley contenía cientos de preceptos. Jesús responde citando el Shemá Israel, el corazón de la fe judía: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Dt 6,5). Pero no se detiene ahí: añade un segundo mandamiento, que no es opcional ni complementario, sino semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel

El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en los verticales de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

Jesús une lo que muchos separan: el amor a Dios y el amor al prójimo son dos caras del mismo mandamiento. No se puede amar a Dios y despreciar al hermano. Y tampoco se puede amar verdaderamente al prójimo si no es desde la fuente del Amor que es Dios. Esta unidad es la clave de toda la vida cristiana: una fe que no se traduce en caridad es estéril; una caridad que no nace de Dios es frágil.

Jesús no solo nos da una norma, sino una orientación existencial: amar es el camino, el criterio y el fin de toda vida cristiana. Por eso dice: “De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40). Todo lo demás —ritos, normas, compromisos— cobra sentido solo si brota de este amor y conduce a él.

San Pablo nos recomendó: “Con nadie tengan otra deuda que la del mutuo amor, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley; todos los demás preceptos se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y Jesús nos advirtió que, al final de nuestra vida, seremos examinados precisamente de esto: si dimos agua al sediento y visitamos al enfermo… Seremos examinados del amor.

Hoy, en medio de tantas reglas, tensiones, polarizaciones, Jesús nos recuerda lo esencial: que todo se resume en amar bien, con todo el corazón y en ambos sentidos: hacia Dios y hacia los demás. No se trata de sentir más, sino de entregarse más. No es cuestión de emoción, sino de decisión. Amar como Cristo nos ha amado: esa es la ley definitiva.

¿Cómo se concreta en nuestra vida el amor a Dios con «todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas»? ¿Qué personas son para nosotros nuestros «prójimos»? ¿Cómo les manifestamos nuestro amor?

Señor Jesús, tú que enseñaste que el mandamiento fundamental es el amor, concédenos la gracia de experimentar tu amor, para poderlo ofrecer a nuestros hermanos. Amén.

Bendiciones

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