Día litúrgico: Martes 19 del tiempo ordinario
12 de agosto: Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa
Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14):
Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.
Palabra del Señor.
Reflexión
En todo grupo humano hay personas que quieren sobresalir, empoderarse y de alguna manera ser más que otros. Es lo que también sucedía en el grupo de los discípulos, que se acercan a Jesús, ávidos por saber quién sería el más grande, el más importante en el Reino de los cielos.
Jesús responde a sus discípulos presentándoles a un niño, que en la comunidad judía tenía poco valor; era el más pequeño en la escala social, el más indefenso, y afirma que el más grande, es el que se hace pequeño como un niño. Será también grande quien es capaz de renunciar a los privilegios que puede tener, con el fin de servir a los necesitados, a los que no tienen voz, a los marginados, a los que son como niños en la comunidad.
El evangelio de hoy, nos vuelve a revelar el corazón de Dios. Nos hace entender con qué sentimientos actúa el Padre del cielo en relación con sus hijos. La preocupación más ferviente es para con los pequeños, aquellos hacia los cuales nadie presta atención, aquellos que no llegan al lugar donde todo el mundo llega, a aquellos que son descartados por la sociedad.
Sabíamos que el Padre, como Padre bueno que es, tiene predilección por los hijos pequeños, pero hoy todavía nos damos cuenta de otro deseo del Padre, que se convierte en obligación para nosotros: «Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos». Por tanto, entendemos que aquello que valora el Padre, es la actitud de «hacerse pequeño». De saber prescindir de la posible grandeza de cada uno para mantenernos en el nivel de los más humildes y sencillos. La verdadera importancia de cada uno está en asemejarnos a uno de estos pequeños que Jesús mismo presenta y que para el mundo no cuentan.
Hacerse como niños es cambiar de actitud, convertirse, ser sencillos de corazón, abiertos, no demasiado calculadores, ni llenos de sí mismos, sino convencidos de que no podemos nada por nuestras solas fuerzas y necesitamos de Dios.
La grandeza del hombre no está en sus méritos, en lo que pueda llegar a ser, tener o saber, sino en la sencillez de su corazón. El niño, ejemplo de la simplicidad de la vida y de la fe, es nuestro modelo para seguir a Jesús. Llegar a ser como ellos es nuestra meta, cosa por demás difícil, si no nos ayuda la gracia del Señor, pues nuestra tendencia natural, quizás por el pecado original, es hacia la grandeza, a buscar los primeros lugares, a «complicarnos» la vida. El niño es simple, es transparente, por ello, puede gozarse en las cosas sencillas del Reino.
Para terminar, el evangelio todavía nos amplía la lección de hoy. Hay, ¡y muy cerca de nosotros!, unos «pequeños» que a veces los tenemos más abandonados que a los otros: aquellos que son como ovejas que se han descarriado; el Padre los busca y, cuando los encuentra, se alegra porque los hace volver a casa y no se le pierden. Quizá, si mirásemos a quienes nos rodean como ovejas buscadas por el Padre y devueltas, seríamos capaces de ver en ellos más frecuentemente y muy de cerca el rostro de Dios. La parábola de la oveja perdida y el pastor nos enseña que no hemos de desconfiar precipitadamente de los demás, ni desfallecer al ayudar a los que se encuentran en riesgo.
¿Ayudamos a los niños a encontrarse con Jesús? ¿Descubrimos en ellos la presencia de Dios? ¿Cuáles son las actitudes y valores que podemos aprender de los niños, como requisitos para entrar en el Reino de los Cielos?
Señor Jesús, concédenos un corazón simple y transparente como el de los niños, para simplicar nuestra vida y descansar confiados plenamente en tí. Amén.
Bendiciones
Regina Coeli Una Señal de Esperanza