Domingo 14-C
Lc 10,1-12.17-20
Alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo
En este Domingo XIV del tiempo ordinario retomamos la lectura continuada del Evangelio de Lucas, que leemos en este ciclo C de lecturas. Y la retomamos, después de que Jesús «tomó la resolución de ir a Jerusalén y envió mensajeros (ángeles) delante de Él»(cf. Lc 9,51-52).
«Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de Él, a todas las ciudades y lugares a donde iba a ir Él». Esta introducción nos obliga a preguntarnos: « ¿Después de qué?». Jesús acaba de indicar cuáles son las condiciones que deben cumplir esos 72 enviados (apóstoles). Les advierte: «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza… Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú anda a anunciar el Reino de Dios… Nadie que mire hacia atrás es apto…» (cf. Lc 9,58.60.62). Jesús encontró entre sus seguidores «otros 72» −además de los Doce−, que cumplían esas condiciones. Los mandó de dos en dos, es decir, a 36 lugares en los cuales pensaba Jesús detenerse en su camino hacia Jerusalén. Sabemos que hizo ese viaje atravesando Samaría y que en algunos de esos lugares no lo recibieron (cf. Lc 9,52-56).
Jesús extiende su mirada mucho más allá que la Palestina de su tiempo y abraza a toda la humanidad, hasta el fin de los tiempos, cuando dice: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». La escasez de esos obreros se ha vuelto dramática en nuestro tiempo y la gran mayoría de la humanidad yace como un vasto campo sin cosechar. La sentencia de Jesús encierra una clara urgencia, si se considera que la cosecha que no se recoge a su tiempo se pierde. Debemos acoger seriamente su recomendación: «Rueguen el Dueño de la mies que envíe obreros». Viene bien aquí recordar cómo acogía esta exhortación el Papa San Juan Pablo II, en lo que se refiere al ministerio sacerdotal: «Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello» (Pastores dabo vobis, N. 39,2). Es posible que también hoy se encuentren entre nosotros algunos que puedan ser enviados por Jesús como esos 72.
Jesús sigue indicando otras condiciones para esa singular misión: «Los envío como corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saluden a nadie en el camino». ¡Es una misión imposible! ¿Qué puede hacer un cordero en medio de lobos? Es imposible para los hombres; pero «nada es imposible para Dios» (cf. Mt 19,26). Esta es una misión que requiere solamente el amor a Jesucristo y a los seres humanos hasta la entrega de la vida. Si no se encuentra quienes la asuman es que se ha enfriado el amor.
El mensaje que tienen que anunciar los enviados se resume en estas palabras: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Es el mismo mensaje que resume la predicación de Jesús. «El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está cerca». Pero la conclusión de ese anuncio debe ser la que indica Jesús: «Conviértanse y crean en el Evangelio» (cf. Mc 1,15).
La casa que reciba a los enviados de Jesús gozará de la paz, como lo expresa el saludo que deberán pronunciar: «Paz a esta casa» y en la ciudad en que sean acogidos los enviados podrán usar el poder de Dios en favor de esa ciudad: «Curen los enfermos que haya en ella, y díganles: «El Reino de Dios está cerca de ustedes»». Terrible será, en cambio, para la ciudad que los rechace: «Les digo que en aquel día será más soportable para Sodoma que para aquella ciudad». Todos los que escuchaban a Jesús conocían la suerte de Sodoma: «El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte del Señor. Y arrasó aquellas ciudades» (Gen 19,24-25). Jesús explica el motivo de esa sentencia: «Quien a ustedes rechaza a mí me rechaza y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). El rechazo de Jesús es el rechazo de la salvación, porque «no se nos ha dado bajo el cielo otro Nombre por el cual debamos ser salvados» (cf. Hech 4,12).
«Regresaron los 72 alegres, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre»». Ellos han recibido de Jesús el poder de expulsar demonios, que en toda la Escritura no se ve en nadie antes de Jesús. Y sabemos que el primer acto de la vida pública de Jesús fue liberar a un hombre de la posesión de un demonio hasta el punto de dejar a todos impactados: « ¿Qué es esto? … Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (cf. Mc 1,27). Finalmente, cuando llegó la plenitud del tiempo y envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (cf. Gal 4,4), se cumplió también la antigua sentencia contra Satanás: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la descendencia de ella; ésta te pisoteará la cabeza» (Gen 3,15). El gesto de victoria era pisar la cabeza del vencido. A lo largo de los siglos todos se preguntaban quién era esa mujer y quién era su descendencia, que derrotará a la «serpiente antigua» (cf. Apoc 12,9). Jesús cumple esa profecía; Él es el Hijo de Dios «nacido de mujer». Ese poder era tan insólito, que cuando lo veían los fariseos, decián: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mc 3,22; Lc 11,15). Entonces Jesús les pregunta: «Si Yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan los hijos de ustedes?». La respuesta queda en suspenso, porque esa respuesta es: Por nadie, porque ellos no los expulsan; nadie los expulsa, excepto el Hijo de la mujer.
Pero hemos leído que los enviados por Jesús vuelven diciendo: «Hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». Ellos gozan de ese poder recibido de Jesús: «Les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos» (Mt 10,1). Ellos son discípulos de Cristo y como tales cumplen con la condición de hijos de la mujer, tal como lo declara Jesús desde la cruz indicándole a su madre el discípulo amado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26). De esta manera, forma parte de la definición de discípulo de Cristo el tener a María, la madre de Jesús, como su propia madre.
La descendencia de la mujer tiene poder para pisar la cabeza de Satanás. Pero este poder lo administra la Iglesia y lo concede a los presbíteros en el Sacramento del Orden. Pero, éstos mismos no pueden usarlo sin la autorización de su Obispo.
Ante la alegría de los enviados por el hecho de que ellos gocen de ese poder, Jesús expresa un motivo mayor de alegría y éste pertenece a todos los cristianos: «Alégrense, más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo». Este es el motivo de gozo perfecto y eterno, el de ser ciudadanos del cielo. El modo de escribir nuestro nombre allá consiste en morir a este mundo y vivir para Dios, como lo expresa San Pablo: «Ustedes están muertos y le vida de ustedes está escondida con Cristo en Dios» (cf. Col 3,3). El mismo San Pablo ve este destino como ya cumplido, como está realmente en esperanza: «Estando nosotros muertos, a causa de nuestros pecados, (Dios, rico en misericordia) nos vivificó juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (cf. Efesios 2,5.6).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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Regina Coeli Una Señal de Esperanza