Día litúrgico: 11 de junio: San Bernabé, apóstol
Texto del Evangelio (Mt 10,7-13):
Jesús dijo a sus apóstoles:
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»
No lleven encima oro ni plata, ni monedas,
ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir.
Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella.
Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy celebramos la fiesta del apóstol Bernabé. El libro de los Hechos de los Apóstoles hace referencia a la persona de Bernabé y sintetiza su figura diciendo que “era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Desde el principio fue generoso: tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los Apóstoles. Estos rasgos de su fisonomía hacen justicia al significado de su nombre: “hijo de consolación”. Bernabé, compañero de misión del apóstol Pablo, es un evangelizador incansable que acompaña, anima y exhorta a las nuevas comunidades que van surgiendo. Y así mucha gente se unió al Señor” (Hc 11,24).
Este impulso misionero tenía como objetivo último construir comunidades cristianas como signos vivientes de la presencia de la nueva fe que no conocía límites. La adhesión al mensaje cristiano tenía necesariamente una consecuencia social concreta.
Cuando veamos que alguien flaquea o retrocede, seamos como Bernabé: quien fue un hombre esforzado, que animaba y entusiasmaba. Son características de las que hoy estamos necesitados.
En el evangelio de hoy, Jesús afirma ante los judíos su pleno respeto por la «Ley de Moisés». La declaración es oportuna, pues el Señor causó sorpresa al no comportarse como un mero intérprete de Moisés, sino que lo «desbordó» llevando dicha Ley a su más alta perfección, incluso poniéndose por encima de ella como su misma «Fuente».
La historia que narra el amor de Dios por su pueblo encuentra su culminación en Jesús. Por ello Jesús se convierte, para la comunidad cristiana, en la clave para la interpretación de todas las páginas de la Escritura. Jesús, es la plenitud de la Ley y los Profetas, el verdadero Maestro que nos hace entrar en el corazón de Dios Padre.
El Señor criticó repetidas veces las interpretaciones que se hacían de la ley de Moisés, pero no la desautorizó, sino que la cumplió e invitó a cumplirla, porque, durante siglos, había sido, para el pueblo elegido, la concretización de la voluntad de Dios.
La novedad del evangelio que Jesús vino a traernos no representa una ruptura total con la tradición bíblica. Al contrario, Jesús afirma claramente que ha venido a cumplir la alianza que Dios estableció con su pueblo: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirla, sino a darle plenitud”.
El Antiguo Testamento no está derogado. Está perfeccionado por Jesús y su evangelio. Los mandamientos dados por Dios a Moisés siguen siendo válidos. La Pascua de Israel ya fue salvación liberadora, aunque tiene su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo y en la nuestra. La Alianza del Sinaí ya era signo de salvación, pero ahora ha recibido su plenitud en el sacrificio pascual de Cristo en la cruz y en su celebración memorial de la Eucaristía. Lo mismo podemos decir de los sacrificios, del sacerdocio, del Templo y del Pueblo elegido de Dios: en el Nuevo Testamento llegan a su realización definitiva en Cristo y su Iglesia.
En algunos aspectos, como el sábado, la circuncisión, el Templo, los sacrificios de corderos; la nueva comunidad de Jesús se ha distanciado de la ley antigua. Pero, en la mayoría de sus elementos, sigue consciente de la gracia salvadora de Dios que empezó entonces y continúa ahora: basta recordar cómo seguimos rezando los salmos del pueblo de Israel. Eso sí, conscientes de que Jesús ha llevado a su perfección todo lo que se nos dice en el Antiguo Testamento, como lo ha hecho en el sermón de la montaña con el novedoso programa de sus bienaventuranzas. No nos lo ha hecho más fácil, sino más profundo e interior.
También nosotros hemos recibido en herencia la ley de Dios, perfeccionada en la enseñanza de Jesucristo, como guía que nos conduce a la salvación y a la felicidad. Debemos estar atentos y vigilantes para observar el espíritu de dicha ley, que se fundamenta en el amor y que se expresa en la justicia, la solidaridad, el perdón, el respeto, la tolerancia, y toda clase de actitudes y comportamientos que promueven el bien integral de las personas. Como Israel, también nosotros debemos estar atentos a no olvidar los prodigios de la misericordia y el poder de Dios que se manifiestan en nuestra vida cotidiana.
Con Jesús, no hay pues una abolición de la Ley sino una vivencia más perfecta de ella. No se trata de una ruptura con el pasado, sino de una continuidad hacia la plenitud. La ley ahora se llena de sentido, no como un conjunto de normas frías, sino como camino hacia la verdadera libertad y la felicidad que brota del amor.
Esto es esencial para comprender por qué los primeros cristianos sentían la necesidad de anunciar a Jesús: porque en Él la Ley cobra coherencia y plenitud en el mandamiento del amor. Por eso Jesús insiste en que debemos cumplir hasta la más pequeña letra de la ley; quien ama, no descuida los detalles.
Aspiremos, pues, a seguir con gran fidelidad todas las indicaciones del Señor. Así, llegaremos a una gran intimidad con Él y, por tanto, seremos tenidos por grandes en el Reino del Cielo.
¿Nos preocupamos por transmitir a las nuevas generaciones la manera concreta de vivir la ley del amor como la vivió Jesús?
Señor Jesús, que devolviste a la Ley su pureza y espíritu original en la clave del amor, ayúdanos a asimilar tu enseñanza para ser libres y felices. Amén.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza