Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy martes 27 de mayo de 2025

Día litúrgico: Martes 6 de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,5-11):

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos:

Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré. Y cuando Él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio. El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que Yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.

Palabra del Señor.

Reflexión

A pocos días de la Ascensión, el discurso de despedida de Jesús en el evangelio de San Juan, ubicado en el marco de la Ultima Cena, nos sumerge en una atmósfera de intimidad y cercanía. Los primeros versículos del evangelio de hoy reflejan la tristeza de los discípulos ante el anuncio que Jesús les ha hecho de su partida. Es evidente que separarse del estilo de vida aprendido junto al Señor, comporta para los discípulos mucho sufrimiento. Jesús se va y los discípulos sienten que con él se van sus sueños, sus esperanzas.

Jesús intenta disipar esta tristeza, causada por la disminución de su presencia. Quiere que sus discípulos vean que su partida no es la tragedia que parece ser; contiene en sí las semillas de una nueva vida. Sólo su partida hará posible que envíe a sus discípulos al Abogado, el Espíritu Santo, y es en el Espíritu y por medio de él como Jesús puede estar presente entre ellos de esta manera nueva. Jesús compensa la tristeza que deja su ausencia en los discípulos con esta promesa del Espíritu Consolador.

Cuando el «Páraclito», es decir, el Espíritu Santo, more en ellos, les dará la fuerza para que denuncien y acusen al mundo de su incredulidad en el enviado de Dios. Y que, por su falta de fe, al no creer en Jesús, se encuentra en una situación de pecado y de postración.

También tendrán las palabras para hacerles entender a sus interlocutores, la Presencia de Jesús, en medio de ellos, ya que, su aparente ausencia, es su Glorificación junto al Padre. Y finalmente podrán demostrar que, en la Cruz, nuestro Señor Jesucristo ha derrotado para siempre a los poderosos, y a las estructuras del mal que agobian a la humanidad.

Al confrontarnos con el texto, también a veces nosotros nos sentimos abrumados cuando miramos tantas situaciones difíciles que tenemos que enfrentar y nos sentimos solos, como si el Señor nos hubiera abandonado a nuestra suerte. Hay momentos en nuestra vida en los que estamos «tristes de corazón» por diversas razones. Como la tristeza de los discípulos, también la nuestra puede estar relacionada con alguna experiencia de pérdida, la pérdida de alguien que ha sido significativo para nosotros.

Frente a estas y otras muchas situaciones de dolor, el Señor nos dice que no estamos solos. Él nos ha prometido la fuerza de lo alto, es decir del Espíritu Santo, para que nos acompañe en las dificultades. ¡Y él siempre cumple sus promesas!

Aceptemos que Cristo tuvo que marchar y busquemos al Espíritu Santo que él nos envía, mejor aún, que ya nos ha enviado y se cierne sobre nosotros, esperando que escuchemos el suave susurro de su presencia, le amemos y nos dejemos guiar por él. Y sepamos que “El Señor completa sus favores con nosotros porque su misericordia es eterna y nunca abandonará la obra de sus manos. Guardemos en nuestro corazón las promesas de Jesús e invoquemos hoy al Espíritu Santo para ser fuertes y ver con claridad nuestra misión aquí y ahora.

¿Tenemos el mismo miedo y preocupación que tenían los discípulos de perder a Jesús? ¿Cómo ser testigo alegre en el mundo de que Dios no abandona a nadie, sino que está presente en la persona del Espíritu Santo Consolador, dando no solo esperanza, sino también alegría? ¿Qué signos podemos elegir para mostrar que el Espíritu Santo vive en medio de nosotros?

Señor Jesús, que venciste el mal por tu pasión, muerte y resurrección, danos la gracia de confiar siempre y en toda circunstancia, en la presencia viva del Espíritu Santo en nosotros. Amén.

Bendiciones.

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