Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 25 mayo 2025

Domingo de Pascua 6-C

Jn 14,23-29

¡Señor mío y Dios mío!

Las palabras de Jesús con las cuales comienza el Evangelio de este Domingo VI de Pascua son de esas que nosotros no podemos dimensionar, no podemos «cargar con ellas» −dice Jesús (cf. Jn 16,12) −, si no actúa en nuestro corazón el Espíritu Santo, como maestro interior. En efecto, ¿quién puede entender lo que Jesús declara: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»?

Muy rara vez usa Jesús la primera persona plural −nosotros−, abrazando en la acción a otro. Pero aquí lo hace: «Vendremos a él y haremos morada en él». Y, como acaba de decirlo, ese otro que Él abraza en estas acciones es su Padre, el mismo de quien antes ha dicho, pero usando el verbo «ser»: «Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10,30). ¿Quién puede entender plenamente lo que significa que un ser humano limitado pueda ser morada del Dios infinito? A esta pregunta responde Jesús: «Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará a ustedes todo y les recordará todo lo que Yo les he dicho». La comprensión de lo dicho por Jesús no es del dominio de la inteligencia humana; es enseñanza del Espíritu Santo. Él lo conoce «todo», pero no agrega nada nuevo a lo dicho por Jesús: «Él les recordará todo lo que Yo les he dicho».

«El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre». Así lo define Jesús. Él puede enseñar «todo» y recordarnos «todo» lo que Jesús dijo −se entiende su sentido pleno, el que nosotros no podemos «cargar»−, porque Él es ese mismo Dios, enviado por el Padre y el Hijo para que actúe en nuestro corazón. Más adelante Jesús repite cuál es su relación con su Padre declarando: «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16,15). Esto se cumple solamente si ambos son el mismo y único Dios. Y, sin embargo, Jesús agrega: «El Espíritu recibirá de lo mío y lo anunciará a ustedes» (Jn 16,14.15). Lo único que es suyo y que lo hace una Persona distinta del Padre es el ser Hijo. Esto es, en último término, lo que el Espíritu Santo, toma de Jesús e infunde en nosotros, haciendo de nosotros verdaderos «hijos de Dios». Pero la filiación divina es una participación nuestra en la naturaleza divina, porque nadie puede ser hijo de otro si no participa de su misma naturaleza. De esta manera, se nos concede el sentido pleno de las palabras de Jesús −que nosotros seamos habitación de la Santísima Trinidad e hijos de Dios−, no porque nuestra inteligencia lo comprenda, sino por cierta con naturalidad con Dios, que se nos concede como un inefable don.

Todo esto comienza con una condición que Jesús expresa así: «Si alguien me ama…». Pero, antes de seguir con la consecuencia, que hemos contemplado más arriba, agrega el signo de autenticidad de ese amor: «Guardará mi Palabra». Y lo confirma también de modo negativo: «El que no me ama no guarda mis palabras». Lo dice en singular: «mi Palabra», y en plural: «mis palabras». No pueden ser más que suyas. Y, sin embargo, agrega algo que parece contradictorio: «La palabra que ustedes escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado». En realidad, es una señal de que el modo de expresar de Jesús es semítico y que la lengua que usa es de ese ámbito, a saber, el arameo. Esta lengua, y también el hebreo, es pobre en partículas relativas. Lo que quiere decir es esto: «No es sólo mía, sino también del Padre, que me ha enviado». (Una construcción semejante leemos en Marcos, cuando Jesús declara: «El que recibe a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado» Mc 9,37; ver Lc 9,48; Mt 18,5; 10,40).

Lo que motivó estas palabras de Jesús fue una pregunta de Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». La respuesta es, entonces, una clara distinción entre los discípulos de Jesús y el mundo. Sus discípulos lo aman y guardan su Palabra; el mundo, en cambio, es ese ámbito en que se mueven los que no aman a Jesús, los que prescinden totalmente de Él y de su Palabra, cuando no lo persiguen abiertamente.

Jesús habla de dos envíos que tienen su origen en el Padre: «El Padre, que me ha enviado… El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre». Ambos envíos son necesarios para que nosotros podamos recibir la condición de hijos de Dios, como lo resume magníficamente San Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la filiación. Pero, porque ustedes son hijos, envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, que clama: «Abba, Padre». De manera que ustedes ya no son esclavos, sino hijos; y, si son hijos, son también herederos de Dios» (cf. Gal 4,4.5, 6-7). ¿De dónde saca esto San Pablo? De donde lo sacamos también nosotros, a saber, de las palabras de Jesús y de la acción del Espíritu Santo en su corazón.

Estas palabras de Jesús están tomadas de los así llamados «discursos de despedida». Por eso dice: «La paz les dejo, mi paz les doy». Las escuchamos cada vez que celebramos la Eucaristía. La paz (shalom) es el estado de integridad y plenitud del corazón humano. Imaginemos lo que es «la paz de Jesús». Esta es la que Él da a sus discípulos. Cuando no está la paz de Cristo en el corazón del ser humano, está lo que sale de él, a saber, el egoísmo, la ambición, el orgullo, el afán de poder y de dinero y todas las otras pasiones que lo esclavizan. Y este es el origen de las guerras, de la violencia y de los abusos que dominan en el mundo y que el esfuerzo humano no puede superar, como está ampliamente demostrado. Esos males no tendrán fin mientras no acojamos a Cristo. Sólo Él puede dar al mundo la paz verdadera.

La última frase de Jesús parece quedar inconclusa: «Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, ustedes crean». Antes, en una sentencia semejante ha dicho qué es lo que tenemos que creer: «Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, ustedes crean que «Yo Soy»» (Jn 13,19). De esta manera Jesús está declarando su divinidad. En efecto, «Yo Soy» es el nombre con que Dios, el Padre de Jesús, se reveló a Moisés cuando éste le preguntó su Nombre: «Así dirás a los israelitas: «Yo Soy» me ha enviado a ustedes» (Ex 3,14). Jesús no transmite el mensaje de otro cuyo Nombre es «Yo Soy». Jesús declara que ese mismo es Él, nuestro Dios. Es lo que creyó Santo Tomás, después de que todo lo anunciado por Jesús sucedió, sobre todo, su resurrección, confesándolo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

Síguenos en Redes Sociales:

Descarga nuestra App:

(Visited 25 times, 1 visits today)