Domingo de Pascua 5-C
Jn 13,31-35
Separados de mí, nada pueden hacer
El Evangelio de este Domingo V de Pascua nos ubica antes de la Pasión de Jesús, inmediatamente después de que Él, reunido con sus discípulos, dice a Judas: «Lo que vas a hacer hazlo pronto» (Jn 13,27) y éste salió para cumplir su designio de entregar a Jesús. El breve Evangelio que leemos este domingo tiene dos partes bien diferenciadas, pero profundamente vinculadas.
La primera parte se refiere a la pasión y muerte de Jesús, como el resultado de la traición de Judas, que Jesús había anunciado a sus discípulos diciendo: «En verdad, en verdad les digo que uno de ustedes me entregará» (Jn 13,21) y había señalado como autor de esa acción a Judas dandole un bocado. Cuando Judas sale, Jesús ve su muerte como ya cumplida, según el modo profético de hablar. Pero lo sorprendente es el verbo con que la describe: «Cuando Judas salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará en Él mismo y lo glorificará de inmediato»».
Jesús define su muerte en la cruz como la glorificación de Dios y también su propia glorificación. Nadie habría definido la muerte de Jesús crucificado como su glorificación, si no la hubiera definido así Él mismo. ¿Por qué la define así? La define así, con razón, porque en ese acto el amor llegó al extremo; no es posible un amor mayor. En efecto, el evangelista había comenzado el Capítulo XIII con estas palabras: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (eis telos)» (Jn 13,1). Y ese extremo se cumplió cuando Jesús murió en la cruz: «Jesús dijo: «Está cumplido (te-téles-thai)». E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,30). No es posible un amor mayor por dos motivos: porque «nadie tiene amor mayor que quien entrega su vida por sus amigos» (cf. Jn 15,13); pero, sobre todo, por el sujeto de esa sublime acción: el que entregó su vida en la cruz es el Hijo de Dios hecho hombre. Nunca dejaremos de admirarnos de esta verdad: «El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (cf. Gal 2,20).
Definimos a Dios como el Bien infinito (sin límite). Nada hace Él para procurar su propio bien, porque nada le falta. Todo lo que Dios hace es por el bien de otro. Pero esa es precisamente la definición del amor: el amor consiste en procurar el bien del otro: «Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad» (Catecismo N. 293). Tiene razón el apóstol cuando dice: «El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,8). Si en la cruz el amor alcanzó el nivel de Dios, entonces en la cruz Jesús fue glorificado, porque allí reveló su divinidad.
Jesús agrega: «Dios ha sido glorificado en Él (en Jesús)». Sí, porque con ese acto Dios fue amado en el nivel que le corresponde, nivel divino infinito. De esta manera Jesús confirma que su muerte en la cruz fue un sacrificio, con el cual no sólo expió el pecado del ser humano, sino también dio gloria a Dios. El sacrificio de Cristo, ofrecido de una vez para siempre se hace presente sobre el altar en la celebración eucarística hoy con su doble dimensión, como lo declara la Constitución sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II: «Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios… la realizó Cristo principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión» (SC 5; cf. 7; 10). A esto responde el gesto que hace el sacerdote de elevar juntamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo con las palabras: «Por Cristo, con Él y en Él a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos». La asamblea participa respondiendo: «Amén».
Ahora podemos entender mejor la segunda parte del Evangelio de este domingo en la cual Jesús da a sus discípulos el mandamiento del amor: «Les doy un mandamiento nuevo: que ustedes se amen unos a otros; que, como Yo los he amado, así se amen también ustedes unos a otros». Jesús llama «nuevo» a este mandamiento y explica en qué consiste la novedad: «Que ustedes se amen como Yo los he amado». Antes del acto de entrega de su vida en la cruz por nuestra redención y por la perfecta glorificación de Dios, el amor que Él nos manda tener de unos por otros no había sido revelado. Así lo explica el mismo apóstol Juan en su primera carta: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16). A esta medida del amor se refiere Jesús cuando especifica: «Como Yo los he amado».
Jesús hace del cumplimiento de este precepto único del amor −«el que ama ha cumplido toda la ley» (Rom 13,8)− el signo distintivo de sus discípulos: «En esto conocerán todos que ustedes son discípulos míos: si tienen amor de unos a otros». El amor no es parte de la naturaleza humana; respecto al ser humano el amor es «sobrenatural» y debe recibirse como una gracia de Dios: «Amemonos unos a otros, ya que el amor es de Dios y el que ama conoce a Dios y ha nacido de Dios», el que ama comparte con Cristo la condición de «hijo de Dios». Repetimos que el amor es un don y que sin este don el ser humano vive esclavizado por sus pasiones, en particular el egoísmo, que, al contrario del amor, consiste en procurar el bien propio. Esto es lo que prevalece en todos lados, porque esto es connatural al ser humano.
El discípulo de Cristo, que ha recibido de Él el precepto suyo del amor y sabe en qué consiste, sabe también que «en ningún otro hay salvación y que no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados» (cf. Hech 4,12), es decir, ser liberados de la esclavitud del egoísmo para vivir en el amor. El ser humano nunca podrá, por su propio esfuerzo, construir una sociedad en la que reine la justicia y el amor fraterno. Si esto fuera posible, entonces −lo dice San Pablo− «Cristo habría muerto en vano» (cf. Gal 2,21), porque podríamos conseguir nosotros solos lo que podemos tener sólo como un don de Dios, que nos obtuvo Jesús con su muerte en la cruz. Lo dice Jesús en la forma más clara y sintética: «Separados de mí, nada pueden hacer» (Jn 15,5).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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