Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy martes 14 de enero de 2025

Día litúrgico: Martes 1 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 1,21-28):

Jesús entró en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?  Ya sé quién eres: el Santo de Dios”.

Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, ¡y éstos le obedecen!” Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Palabra del Señor.

Reflexión

En el evangelio de hoy, luego de la enseñanza de Jesús sigue la curación de un hombre poseído por un espíritu impuro. Es una manera fehaciente de mostrar su autoridad, incluso sobre los demonios, a quienes la mentalidad judía atribuía las enfermedades mentales, como la epilepsia y la esquizofrenia. Poner término a ese dominio diabólico es obra del poder de Dios que reside en Jesús de Nazaret.

La escena se desarrolla en la sinagoga de Cafarnaúm, un lugar frecuentado por Jesús, donde se reúne el pueblo para rezar. Marcos nos acerca al misterio de la persona de Jesús a través del impacto que produce en sus oyentes. Estos quedan deslumbrados ante su modo de enseñar y el milagro realizado.

La enseñanza de Jesús no se basa en autoridades exteriores o repetir lo que otros han dicho comentando los textos sagrados, algo que practicaban los rabinos; los mismos profetas proclamaban: “Esto dice el Señor…”. Por el contrario, Jesús afirma: “Han oído que se dijo a los antiguos…Pero yo les digo”.

Jesús enseña los sábados en la sinagoga, como los rabinos, sin embargo, algo en su anuncio, y en el modo de proclamarlo, sorprende a los oyentes. Así lo confiesan los que le escuchan y Marcos lo repite dos veces: “no enseña como los letrados, sino con autoridad”. Esta autoridad no viene del poder, algo que se da y se quita; la autoridad se merece. Solo quien vive lo que proclama se reviste de autoridad.

Ese modo de “hablar con autoridad” viene reforzado por sus obras; es a lo que Él se remitía cuando le increpaban sus enemigos. Su presencia en la sinagoga delata otra presencia, la de alguien que tiene sometido a un enfermo: un espíritu inmundo. Jesús ha venido a desenmascarar al “Padre de la mentira”.  Con dos breves frases libera a aquel hombre. Y así vemos que a sus palabras en la sinagoga sigue la curación de un endemoniado, primer milagro de Jesús según la tradición sinóptica.

Ahí muestra de forma clara su autoridad, incluso sobre quien tiene sometido a ese hombre. Poner término a ese dominio del mal sobre un enfermo, es obra del poder de Dios que reside en Jesús. Y es que Él ha venido a liberar a los pobres, a los enfermos y a los perdidos en medio de este mundo. Eso es lo que le hace “profeta poderoso en obras y palabras” como nos recordarán más tarde los caminantes de Emaús.

Ante el milagro crece el estupor de los asistentes de tal forma que inquieta sus corazones: “¿qué es esto? Una doctrina nueva llena de autoridad. ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y estos le obedecen!”

¿Tengo conciencia de que ningún otro hombre ha hablado jamás como Jesús? ¿Me doy cuenta de la fuerza liberadora que Jesús y su enseñanza tienen en la vida humana y, más concretamente, en mi vida? ¿Qué admiro más en la persona de Jesús? ¿Hacemos del evangelio algo digno de credibilidad en nuestro mundo contemporáneo? ¿Repartimos esperanza y acogida a nuestro alrededor?

Señor, en ti descubrimos la grandeza de nuestra dignidad. Danos la fortaleza para respetarnos y defender la dignidad de cada ser humano. Rompe todas las cadenas que nos oprimen y no nos dejan reconocerte como el Santo de Dios. Amén.

Bendiciones.

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