Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy lunes 30 de diciembre de 2024

Día litúrgico: Navidad: 30 de Diciembre

Texto del Evangelio (Lc 2,36-40):

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.

Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hoy, según la ley mosaica, María y José llevan al niño Jesús al Templo de Jerusalén para ofrecerlo al Señor. María y José no se ahorran nada para cumplir con detalle todo lo que la Ley prescribe, porque cumplir aquello que Dios quiere es signo de fidelidad, de amor a Dios.

Desde que su hijo ha nacido, José y María experimentan maravilla tras maravilla: los pastores, los magos de Oriente, ángeles… No solamente acontecimientos extraordinarios exteriores, sino también interiores, en el corazón de las personas que tienen algún contacto con este Niño.

Hoy aparece Ana, una señora mayor, viuda, que en un momento determinado tomó la decisión de dedicar toda su vida al Señor, con ayunos y oraciones. Seguramente Ana era una de aquellas “vírgenes prudentes” de las que hablará más tarde el Señor en una de sus parábolas (cf. Mt 25,1-13): siempre velando fielmente en todo aquello que le parece que es la voluntad de Dios. Parece que Ana tenía muy claro lo primordial, lo que es esencial y a lo que estamos llamados todos nosotros: servir con generosidad a Dios, nuestro Señor.

Su larga viudez, dedicada al culto en el Templo, su fidelidad a los ayunos semanales y su participación en la espera de todos los que anhelaban el rescate de Israel concluyen en el encuentro con el niño Jesús. Esta anciana mujer, supo esperar la hora de Dios y vio cumplida al fin su esperanza y premiado con creces, su constante servicio al Señor. Dice el texto que «alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2,38). La alegría se transforma en decidido apostolado. El Señor es inmensamente generoso con los que son generosos con Él.

Ana es un ejemplo para todos: la vida cambia si encontramos de verdad a Jesús. No cuentan los años, no cuenta lo que se ha hecho, sólo cuenta dejarse tocar el corazón por el Señor. Nuestras comunidades cristianas que muchas veces, siguiendo la mentalidad corriente, apartan a los mayores, son interpeladas por esta página evangélica para que ayuden a los ancianos a descubrir la tarea que el Señor les confía, aunque sólo sea con la oración y la palabra.

Ana junto con el anciano Simeón tienen mucho en común. Ambos eran laicos, es decir, no pertenecían al estamento sacerdotal, pero sí al grupo de los sencillos a quienes el Padre revela el misterio de Cristo y del Reino, y que saben leer bajo signos tan corrientes la presencia de Dios en la humanidad de su Hijo, Cristo Jesús. Por eso lo descubren y lo comunican a los demás, al igual que los pastores de Belén o los reyes de Oriente, mientras el misterio sigue oculto para los sabios, los engreídos y los autosuficientes.

El texto evangélico concluye con un resumen de Lucas: “El niño iba creciendo y robusteciéndose; se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba”. La encarnación sigue su marcha normal. Jesús es un niño como los demás, no un superhombre ni un héroe mitológico. Nació y creció en el seno de una familia, como cualquiera de nosotros.

En el ambiente entrañable de Navidad adquiere actualidad la familia, con sus valores básicos y permanentes, como célula básica de la sociedad y de la Iglesia. Jesús, Dios Encarnado, vive la vida de familia en Nazaret, como todas las familias: crecer, trabajar, aprender, rezar, jugar… ¡“Santa cotidianeidad”, bendita rutina donde crecen y se fortalecen casi sin darse cuenta la almas de los hombres de Dios! ¡Cuán importantes son las cosas pequeñas de cada día!

¿Qué podemos aprender de Simeón y de Ana? ¿Dedicamos nuestra vida siendo perseverantes en el servicio del Señor y de nuestra Iglesia?

Padre Santo, te damos gracias por enviarnos a Tú Hijo, nuestro Señor. Te pedimos que nos ayudes a mantenernos firmes en la fe y a crecer en gracia y sabiduría como tu hijo Jesús a lo largo de toda nuestra vida. Amén.

¡Feliz Navidad!

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