Domingo de Adviento 4-C
Lc 1,39-45
Saltó de gozo el niño en mi seno
El Evangelio de este Domingo IV de Adviento nos pone en la situación absolutamente nueva en que el Hijo de Dios ya está encarnado en el seno de su Santísima Madre y ha entrado en la historia humana como verdadero hombre y el más grande de todos. Es la novedad absoluta. Cincuenta años más tarde, San Pablo, ya en conocimiento pleno de este misterio, lo expresa así: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (1Tes 4,1).
La frase anterior al Evangelio de este domingo nos revela no sólo que Dios «envió a su Hijo», sino también que Él quiso someter ese hecho −como decíamos, el más trascendente de la historia− a la aceptación de una joven a quien Lucas describe así: «Una virgen esposa de un hombre llamado José, de la casa de David». Y agrega: «El nombre de la Virgen era María» (Lc 1,27). La respuesta de ella hizo posible la realización del plan de Dios de salvar a la humanidad: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Sabemos así quien es María.
Pero el ángel, que anunció a María este misterio, le dio la noticia de otro evento ocurrido seis meses antes: «Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril» (Lc 1,36). El lector ya sabe quién es Isabel y quién es el hijo que ella espera. Pero aquí agrega que ella es «pariente» de María. ¿Cómo es posible que María no supiera ya, por otra fuente, sobre el embarazo de su pariente? Aunque la distancia entre Ein Karen, donde vivía Isabel, y Nazaret, donde vivía María, era de 160 km, las noticias de este tipo corrían velozmente. En este caso se agregaron otras circunstancias que retardaron esa difusión. En efecto, el progenitor del hijo de Isabel, llamado Zacarías, que es quien conoce las circunstancias de esa concepción y la identidad del niño que Isabel espera, había quedado mudo, por no haber creído al mismo ángel Gabriel, que le anunció el nacimiento de ese hijo. Por su parte, Isabel, dado que ella y su esposo eran de edad ya muy avanzada para concebir un hijo y ella, además, era estéril, cuando se cumplió, «se mantuvo oculta durante cinco meses» (Lc 1,24). Conocidos todos los personajes y el contexto, ya podemos leer el Evangelio de este domingo.
«En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». La precisión «en aquellos días» se refiere al momento en que María recibió al Hijo de Dios en su seno por obra del Espíritu Santo y que escuchó del ángel la noticia del embarazo de su pariente. La ciudad de Judá en que vive Isabel ha sido identificada como Ein Karen, distante 20 km de Jerusalén y, como hemos dicho, 160 km de Nazaret. En ese tiempo se trata de un viaje de varios días. Era imposible que lo emprendiera sola una joven esposa como era María. No sólo debió ser acompañada por su esposo José, sino también viajar como parte de alguna caravana. En todo caso, el viaje fue «con prontitud», es decir, apenas se reunieron esas condiciones.
¿Qué motivo tiene María para hacer este viaje? En primer lugar, debemos aclarar que ella creyó lo dicho por el ángel: «Tu pariente Isabel ha concebido un hijo». No debemos darlo por descontado, porque ni siquiera el padre de ese niño había creído, cuando el mismo ángel le anunció que tendría un hijo y, a causa de esta incredulidad, había quedado mudo. Hay que considerar la imposibilidad natural; los progenitores eran ancianos y la esposa estéril. Ella no había tenido hijos ni siquiera cuando era joven. María emprende el viaje porque creyó y va por el doble motivo de alegrarse con su pariente y de servirla en la delicada situación en que se encontraba con sus seis meses de embarazo: «María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa» (Lc 1,56).
María «entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». Lo que corresponde es que el saludo lo haga el dueño de casa. Pero Zacarías no puede hacerlo, porque está mudo; por tanto, tampoco puede responderlo José, que, como hemos dicho, ciertamente está presente. Se transforma entonces en una escena entre las mujeres y sus respectivos hijos. Zacarías sabe quien es su hijo y también el nombre que debe darle, porque se lo dijo el ángel, que le anunció su nacimiento: «El niño será grande delante del Señor… estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre… irá delante del Señor… para prepararle un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1,15.17). Y él debió comunicar todo esto a su esposa, por medio de una tablilla, por cierto, como comunicó el nombre que debía darse al niño cuando nació: «Juan es su nombre» (Lc 1,63). Así se entiende que Isabel deduzca, por las manifestaciones de su hijo, quién es la joven que la visita.
El saludo de María y, sobre todo, la presencia del Niño −Jesús− que tiene en su seno produce un efecto asombroso: «En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo». Este es el don más grande que le trajo María; le trajo la presencia de su Hijo y, con Él, el don del Espíritu Santo. El hijo de Isabel comienza desde el seno materno su misión profética. Salta de gozo con la presencia de Aquel a quien tiene que preparar el camino y señalar entre los hombres. Entonces, Isabel, también ella llena del Espíritu Santo, clama: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?». Isabel sabe que María es la más bendita de todas las mujeres, a causa de su Hijo, a quien llama «el fruto de tu seno». En efecto, es fruto de su seno, sin intervención de varón. Pero, sobre todo, sabe quién es ese Hijo, por cuanto llama a María: «La Madre de mi Señor». ¿Por qué lo llama «mi Señor»? ¿Es el Señor de ella solamente? No. Lo llama así, porque lo identifica como el mismo a quien David da ese nombre en el Salmo 110: «Oráculo de Yahweh (el Señor) a «mi Señor»: «Sientate a mi derecha»» (Sal 1,1). Isabel declara entonces que el Hijo de María es Aquel a quien Dios eleva a su mismo nivel divino: que es Dios hecho hombre. Ella lo hace movida por el Espíritu Santo, advertida de la presencia de quien llama «mi Señor» por su hijo, que tiene la misión de señalarlo. Treinta y tres años más tarde el Hijo de María declarará ante el tribunal judío: «Yo soy y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder» (Mc 14,62).
Isabel concluye su saludo con un reconocimiento de la fe de María: «Bienaventurada la que creyó que tendría cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor». La bienaventuranza adquiere especial fuerza en ese contexto, si se considera que fue pronunciada en casa de Zacarías, que está mudo «por no haber creído» (cf. Lc 1,20). Aunque no hay comparación entre lo que ella creyó y lo que él no creyó, siempre anunciado por el mismo Ángel Gabriel. Ella creyó que, permaneciendo perpetuamente virgen, por obra del Espíritu Santo, recibiría en su seno al Hijo del Altísimo hecho hombre; él no creyó que, siendo él y su mujer de edad avanzada y ella estéril, concebirían un hijo. María creyó que se cumpliría en ella la obra más grande de la historia de la humanidad y de toda la creación: «El Poderoso ha hecho en mí cosas grandes» (cf. Lc 1,49); Zacarías no creyó que Dios podía hacer un milagro, porque: «Nada hay imposible para Dios» (Lc 1,37). Verdaderamente, María es bienaventurada.
Debemos agregar que el encuentro es también entre dos niños, cada uno en el seno de su propia madre. Juan, lleno del Espíritu Santo, salta de gozo; por su parte Jesús en el seno de María, es ya su Hijo y ella es la «Madre del Señor», cuando tiene pocos días de embarazo. En este relato evangélico, la Palabra de Dios nos revela que el ser humano tiene una vocación, decidida por Dios desde antes de la creación del universo (cf. Efesios 1,4-5; Jeremías 1,5), que comienza a cumplirse desde su concepción en el seno materno (cf. Gal 1,15). Desde ese momento, todo ser humano es una persona que tiene una misión en este mundo para la cual fue creada por Dios. El aborto, que consiste en eliminar esa persona en el seno materno es un homicidio que atropella el derecho a la vida, que tiene toda persona por el hecho de ser persona. Un Estado, que declara ese atropello como algo legal, deja de ser un «Estado de derecho» para todos los que compartimos la fe cristiana. Nos vemos sometidos a vivir en un Estado que ya no es de derecho, porque en sus instituciones se viola el más importante y más fundamental de los derechos, el derecho a la vida. No está de más recordar que la mitad de los abortos son «femicidios», cometidos por otra mujer, la madre. Esperamos que nuestra patria merezca siempre la definición de «Estado de derecho».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza