Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 15 diciembre 2024

Domingo de Adviento 3-C

Lc 3,2b-3.10-18

Estamos esperando. «Ven, Señor Jesús»

El Evangelio de este Domingo III de Adviento continúa con la presentación que hace Lucas de Juan el Bautista y de su predicación. Esa presentación había comenzado el Domingo II de Adviento; pero ese día celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción.

El lector conoce el origen de Juan y cómo fue anunciado su nacimiento a su padre Zacarías que era sacerdote judío mientras oficiaba en el templo. En esa ocasión se le apareció el Ángel Gabriel y le dijo: «No temas, Zacarías …  Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan … Será grande ante el Señor … estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, … irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías … para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1,13-17). Juan nació seis meses antes que Jesús, según la noticia que da el mismo Ángel Gabriel a María, cuando le anuncia la concepción en su seno de su Hijo Jesús: «También Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril» (Lc 1,36). Juan tiene una relación de parentesco con Jesús por parte de las respectivas madres. Grandes cosas se han anunciado respecto de Juan, sobre todo, su vocación de «preparar el Señor un pueblo bien dispuesto». Después de relatar la visita de la Virgen María a Isabel y el nacimiento de Juan, el evangelista concluye así: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). La próxima noticia que tendremos sobre él será más de treinta años después.

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea… en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados…» (cf. Lc 3,1-3). Este episodio −la palabra de Dios dirigida Juan− es el evento que se puede fijar con más precisión cronológica de todo el Evangelio. Su protagonista es la Palabra de Dios. En efecto, Tiberio César gobernó el Imperio entre los años 14 y 37 d.C. La Palabra de Dios comenzó, entonces, su acción sobre Juan el año 29 d.C. y en este año él conoció su vocación de preparar el camino al Señor y lo hizo con el rito particular del Bautismo (baño con agua); por eso su radio de acción fue «toda la región del río Jordán».

Con menos precisión podemos fijar en la historia el nacimiento de Jesús y, por tanto, también el nacimiento de Juan. Sabemos, por el Evangelio de Mateo, que los magos que vinieron de Oriente buscando al «rey de los judíos, que ha nacido», se encontraron con el rey Herodes, el padre del que será tetrarca de Galilea, y le informaron que la estrella que anunciaba el nacimiento del Rey de los judíos había aparecido en el cielo hacía ya dos años. Herodes, el grande, murió después de esto en el año 4 a.C. Por tanto, Jesús debe hacer nacido poco antes del año 6 a.C. Y Juan, seis meses antes. Juan tenía entonces, cuando le fue dirigida la Palabra de Dios, al menos, 35 años; y Jesús, seis meses menos. (Hay que considerar que entre el año 1 a.C. y el año 1 d.C. ha transcurrido sólo un año y no dos). En todo caso, como decíamos, una cosa es segura: que la Palabra de Dios comenzó su obra en el Precursor del Señor en el año 29 d.C.

Según la descripción que hace Jesús de Juan, éste es el más grande de los profetas, «más que un profeta» y «el más grande de los nacidos de mujer» (cf. Lc 7,26.28): estuvo lleno del Espíritu Santo desde el seno materno. Pero pertenece a la serie de profetas del Antiguo Testamento y no aún al régimen del Reino de Dios, el que inauguró Jesús en el cual estamos nosotros (cf. Lc 16,16). Juan anuncia una venida (Adviento) de Dios mismo a salvar el mundo, como lo anunciaba ya el profeta Isaías: «Se verá la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan las manos débiles, afiancen las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no teman! Miren que el Dios de ustedes viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y los salvará» (Isaías 35,2-4). Si preguntamos a Isaías o a otro profeta del A.T.: ¿Cuántas venidas de Dios habrá?, nos responderá: Una sola y ésta será en la gloria del Señor para juzgar al mundo: venganza para los malvados y recompensa para los buenos. Esta es la convicción que tenían todos antes de Cristo y la que tenía también Juan.

Juan, en efecto, habla de un juicio: «Raza de víboras, ¿quién les ha enseñado a huir de la ira inminente? Den, pues, frutos dignos de conversión… ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego». A ningún profeta le fue concedido ver la venida de Dios, como un hombre, que fue parte de nuestra historia. Ninguno de ellos conoció el misterio de la Santísima Trinidad, de manera que pudiera anunciar, por ejemplo: «Cuando llegue la plenitud del tiempo, enviará Dios a su Hijo nacido de mujer» (cf. Gal 4,4). A ninguno de ellos les fue revelado que los seres humanos seríamos elevados a la condición de hijos de Dios por acción del Espíritu Santo, que es otra Persona divina: «La prueba de que serán hijos es que Dios enviará a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clamará: «!Abbá, Padre!»» (cf. Gal 4,6). A esto se refiere Jesús, cuando dice a sus discípulos: «Felices los ojos que ven lo que ustedes ven. Les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron» (Lc 10,23-24; Mt 13.16-17).

Los profetas, entonces, mirando hacia el futuro, ven superpuestas las dos venidas de Dios para salvar al mundo. Ahora nosotros podemos decir: «El Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la Vida eterna» (1Jn 5,20). El Hijo de Dios vino y nosotros sabemos cómo y somos dichosos porque lo conocemos y tenemos contacto estrecho con Él, hasta el punto de gozar de su misma vida divina: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos… El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (cf. Jn 15,5; Jn 6,56). Pero vendrá de nuevo y, entonces, nadie podrá ignorarlo, porque todos deberemos presentarnos ante su tribunal: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria y serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros…» (Mt 25,31-32).

Juan, entonces, da instrucciones para esa única venida gloriosa de Dios. Él responde a la pregunta repetida tres veces: «¿Qué debemos hacer?». Sus respuestas valen para prepararse a la primera venida de Dios, en Jesucristo, y también para la venida final: vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, no extorsionar, no dar falso testimonio… Corresponde a lo que nos advierte Jesús sobre el Juicio Final: «Yo estaba hambriento y ustedes me dieron de comer, desnudo y me vistieron…» (cf. Mt 25,31ss).

El hecho de que los profetas hayan visto la venida de Dios como una sola nos indica la cercanía en el tiempo entre la primera venida, pobre y humilde en Belén, ya ocurrida, y su venida final en el esplendor de su gloria, que esperamos. Han pasado 2 mil años. Pero son los años en que la tierra ha tenido más habitantes en toda la historia humana. Hoy somos más de 8 mil millones. Cuando se complete el número será la venida final de Cristo, que anhelamos: «Se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos» (cf. Apoc 6,11). Estamos esperando. «Ven, Señor Jesús».

 

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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