Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 1 diciembre 2024

Domingo de Adviento 1-C

Lc 21,25-28.34-36

Levanten la cabeza, se acerca su redención

Según el teólogo alemán Martin Kähler (1835-1912, los Evangelios son «relatos de la Pasión de Jesucristo con largas introducciones». De esta manera quería afirmar que lo primero que se fijó y adquirió forma fue ese relato, dado que era necesario al culto cristiano, sobre todo, a la celebración de la Eucaristía, llamada «fracción del pan», donde ese evento −pasión, muerte y resurrección de Jesús− se conmemoraba y se hacía presente. Después del relato de Pentecostés, leemos en los Hechos de los Apóstoles esta descripción de la comunidad primitiva: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión (de bienes), a la fracción del pan y a las oraciones» (Hech 2,42).

Esas largas introducciones reúnen todo lo que Jesús hizo y enseñó durante su vida pública, desde el bautismo de Juan hasta sus días en Jerusalén previos a la Pascua en la que instituye la Eucaristía, que ya es el comienzo del relato de la pasión. Culminan, como era de esperar, con la promesa de su futura venida, esta vez en gloria y majestad, para poner fin a la historia. Lo que dio ocasión a Jesús para hablar sobre esto fue su anuncio de la destrucción del templo, que no pudo ser sino ya en Jerusalén. Por este motivo la enseñanza sobre lo último −el éschaton− que es también el anuncio de su venida gloriosa −adventus−, es lo último en el año litúrgico y también lo primero en el tiempo de Adviento que comienza un nuevo año.

El Evangelio de este Domingo I de Adviento, tomado de Lucas, que es el Evangelio que nos acompañará durante este año (ciclo C de lecturas), coincide, por tanto, con el que leímos el Domingo XXXIII del tiempo ordinario, penúltimo del año que acaba de terminar, tomado de Marcos (Mc 13,24-32). En ambos casos el «discurso escatológico» de Jesús está motivado por la misma afirmación suya, pronunciada ante sus discípulos a la vista del templo de Jerusalén: «Esto que ustedes ven, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida» (Lc 21,6; cf. Mc 13,2). El discurso responde a la pregunta: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será el signo de que todas estas cosas están para ocurrir?» (Lc 21,7). Hay, sin embargo, una diferencia entre el Evangelio de Marcos y el de Lucas. El de Marcos fue escrito antes del año 70 d.C., cuando este hecho −la destrucción del templo− aún no había ocurrido, en tanto que el de Lucas fue escrito después de ese evento, que fue traumático para Israel, porque significó también el fin del estado judío y la dispersión de su población.

Cuando Jesús anunció la destrucción del templo se pensaba que el templo de Jerusalén, siendo la Casa de Dios, era también el centro del mundo y que su destrucción coincidía con el fin. En su respuesta Jesús alterna signos de una y otra cosa. Lucas, en cambio, trata de distinguir los signos de la destrucción del templo, ya ocurrida, con los signos del fin de la historia, aún por venir. En ese momento era éste el evento que más interesaba, el de la venida de Jesucristo en gloria y majestad como Rey del Universo: «Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria». El signo que Jesús había dado era este: «Habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas… las fuerzas de los cielos serán sacudidas».

La venida gloriosa de Jesús será un evento de gozo pleno para los que estén velando y esperando: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca la redención de ustedes». Con esta expresión Jesús describe la situación del ser humano en este mundo como la de un esclavo que anhela su libertad, espera ser redimido. Somos, en realidad, esclavos, pues seguimos haciendo afanosamente cosas que nuestra voluntad no desea y las hacemos por voluntad de otro: seguimos destinando infinitos recursos de nuestro planeta para fabricar instrumentos de muerte −armas, misiles, bombas nucleares, etc.−; a menudo escuchamos decir: «Estamos encerrados en nuestras casas como en una cárcel, a causa de la delincuencia»; en nuestra vida personal deseamos hacer el bien a otros y terminamos velando por nuestro propio interés; la tierra nos ofrece los recursos para que todos sus habitantes vivamos felices y nosotros hacemos de ella «un valle de lágrimas» . Somos esclavos del pecado, como lo decía San Pablo: «No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta…  y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,19-21.23b-24). No estamos desesperados, pues tenemos un Redentor, como responde el mismo Apóstol: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7,25). Cuando Jesús nos asegura, en vistas del fin: «Se acerca la redención de ustedes», se refiere a toda la humanidad y de manera definitiva.

La segunda parte del Evangelio de este domingo es una exhortación de Jesús a estar preparados, no sea que «venga aquel Día de improviso sobre ustedes, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Según estudios de la astronomía, desde el primer movimiento en el universo −cuando empezó el tiempo− han transcurrido trece billones setecientos mil millones de años; desde que el ser humano existe sobre la tierra, apenas tres millones de años (de ese tiempo data el más antiguo vestigio humano). Desde que el Hijo de Dios se encarnó han transcurrido dos mil años. No sabemos cuánto tiempo falta para que sea creado el último ser humano, el que complete el número fijado desde antes de la creación del mundo: «Dios nos ha elegido en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos… destinándonos a ser sus hijos…» (cf. Efesios 1,4.5). Dentro de estos tres millones de años cada uno ha venido a la existencia en su momento.

Una cosa es cierta. Aunque Jesús no nos reveló el momento, cada día estamos más cerca de «aquel Día». Para que no nos sorprenda de improviso, Jesús nos previene: «Guárdense de que se hagan pesados sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida (lit. «bióticas»)». Es claro que el libertinaje y la embriaguez impiden la vigilancia del corazón; pero la impide también la excesiva preocupación por la belleza y la forma física, porque es efímera y ata demasiado a esta tierra.

Jesús afirma que su venida final será percibida por los seres humanos de manera distinta, dependiendo de su conducta en este mundo. Para los que tienen el corazón embotado por los placeres de este mundo, dice: «Los hombres morirán de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo». Para los que estén vigilando y anhelando su venida, dice: «Levanten la cabeza porque se acerca su redención». El signo más claro de la vigilancia es la oración: «Estén en vela, pues, orando en todo momento para que tengan fuerza y escapen a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre». A esto nos invita el Adviento, sobre todo, a dedicar tiempo a la oración.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

(Visited 38 times, 1 visits today)