Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 17 noviembre 2024

Domingo 33-B

Mc 13,24-32

Entonces verán al Hijo del hombre que viene con gran poder y gloria

El Evangelio de este Domingo XXXIII del tiempo ordinario, que es penúltimo del año litúrgico, está contenido entre dos exhortaciones de Jesús a estar atentos y vigilantes ante la prospectiva del fin de los tiempos, del fin del mundo. Conviene tenerlas presente al considerar lo que Jesús nos va a revelar. Estamos ante la revelación de una verdad que la inteligencia humana no puede conocer por sus propios medios.

«Ustedes, pues, estén atentos. Les he predicho a ustedes todo… Estén atentos y velen, porque ignoran cuándo será el momento» (Mc 13,23.33). Además de esta repetida advertencia, que deja incluida la enseñanza que Jesús nos propone, es necesario tener presente las circunstancias en que la expuso y, para esto es necesario remontar al comienzo del Capítulo XIII de Marcos.

En el tiempo en que estuvo Jesús en Jerusalén antes de su pasión y muerte, enseñaba todos los días en el Templo (cf. Mc 14,49). El Templo de Jerusalén era esencial en la religiosidad de Israel. Era llamado la «Casa de Dios» y el lugar escogido por Él para hacer residir su Nombre. Las oraciones que se dirigían a Dios desde el Templo tenían la garantía de ser escuchadas por Él y los sacrificios que se inmolaban sobre el altar eran aceptados por Él. Era el gozo máximo de los fieles: «¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la Casa del Señor»!» (Sal 122,1). Era también el gozo máximo de los discípulos de Jesús y también de la Sagrada Familia de Jesús: ocho días después de su nacimiento sus padres «llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor»; más aun, «sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua» (Lc 2,22.41).

Basandose en los profetas, sobre todo, en Isaías, Israel ya tenía plenamente asumido el monoteísmo: «Así dice el Señor, el rey de Israel, y su redentor, Yahveh Sebaot: «Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios»» (Isaías 44,6). Y en los salmos cantaban: «Del Señor (Yahweh) es la tierra y todo lo que hay en ella, el orbe y todos sus habitantes» (Sal 24,1). Era entonces natural que se desarrollara la convicción de que el Templo era el centro, no sólo de Israel, sino también de todo el mundo, del universo. Y de aquí nacía la conclusión de que una destrucción del Templo no podía ser menos que el fin del mundo. Así pensaban los judíos del tiempo de Jesús.

Remontemos al comienzo del Capítulo XIII de Marcos: «Al salir Jesús del Templo, le dice uno de sus discípulos: «Maestro, mira qué piedras y qué construcciones». Jesús le dijo: «¿Ves estas grandiosas construcciones? No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida»» (Mc 13,1-2). El evangelista no nos reporta la reacción de sus discípulos ante esta desconcertante afirmación. Probablemente entendieron que Jesús se refería precisamente al fin del mundo. Pero, luego, «estando Jesús sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo, le preguntaron en privado Pedro, Santiago, Juan y Andrés: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será el signo de que todas estas cosas están para cumplirse»» (Mc 13,3-4). En su respuesta Jesús separa ambos eventos −la destrucción del Templo y el fin del mundo− e intercala signos de uno y otro. El Templo fue destruido en el año 70 d.C. por las tropas de Tito (que después fue emperador entre los años 79 y 81 d.C.), en respuesta a una sublevación de los judíos, y el fin del mundo aún no acontece.

Es probable que la confusión de ambos eventos sea obra de Marcos que, según los especialistas, escribió su Evangelio antes de la destrucción del Templo. De hecho, no hay en su Evangelio indicios de que hubiera tenido ya lugar ese hecho traumático, como es el caso, en cambio, en Mateo y Lucas, que escribieron más tarde (cf. Mt 23,37; Lc 13,34).

Cuando Jesús les dice, entonces: «Miren que les he predicho a ustedes todo», se refiere a la destrucción de Jerusalén y del Templo. En efecto, les ha dicho cosas que ocurrieron antes: «Los entregarán a ustedes a los tribunales, serán azotados en las sinagogas y comparecerán ante gobernadores y reyes por mi causa, para que den testimonio ante ellos… serán odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mc 13,9.13). Cuando el Templo de Jerusalén fue destruido todo esto había ocurrido; todos los apóstoles habían muerto mártires, perseverando hasta el fin. A esto se refiere Jesús cuando afirma: «En verdad les digo que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda».

Pero otros de los signos que ya dicho y los que dice después se refieren al fin del mundo, por ejemplo, ha dicho: «Es preciso que antes sea proclamado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13,10). Y, sobre todo, los signos cósmicos no pueden ser expresión sino del fin del mundo: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Son signos del fin, dentro de la astronomía de ese tiempo. Pero más aún con los conocimientos de nuestro tiempo. Hemos visto los desastres que ocurre con el calentamiento global de uno o dos grados. ¡Qué sería si el sol se oscureciera! Sabemos que las estrellas no cuelgan del firmamento para que puedan caer sobre la tierra. Pero sabemos también que cualquier perturbación del movimiento relativo de la tierra y el sol es el fin instantáneo de la humanidad.

Lo que nos interesa de todo esto es lo que Jesús revela. Lo primero es que la historia tendrá un fin; que el correr del tiempo como sucesión de eventos en una línea, unos causa de otros, cesará, porque llegará a un punto final y no comienza un nuevo ciclo. Entonces comenzará la eternidad, que es una dimensión que la inteligencia humana no puede alcanzar, pero que se concede a la fe, como declara Jesús: «El que cree en mí tiene vida eterna… El que cree en mí, aunque muera vivirá» (cf. Jn 3,36; 11,25).

Nos revela también cuál será el evento que pondrá fin a la historia: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria». El mismo que vino en la humildad de nuestra carne −esto significa «Hijo del hombre»−, vendrá «con gran poder y gloria». Nos revela lo que ocurrirá con todos los seres humanos, elegidos por Dios antes de la creación del mundo con una sola finalidad: «Dios… nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuesemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiendonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Efesios 1,4-6). En efecto, Jesús agrega que, cuando venga en su gloria, «enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo».

Una cosa, sin embargo, no nos ha revelado, porque no tiene mandato de su Padre de hacerlo: «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». Se refiere al día y hora de su venida. Por eso, la advertencia obvia, que debe regir nuestra vida en esta tierra es la que citamos al comienzo: «Estén atentos y velen, porque ignoran cuándo será el momento» (Mc 13,33).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

Síguenos en Redes Sociales:

Descarga nuestra App:

(Visited 44 times, 1 visits today)