Domingo 32-B
Mc 12,38-44
Dios alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo
En la lectura del Evangelio de Marcos, que nos ha acompañado en la Eucaristía dominical durante este año, hemos llegado al punto en que Jesús ya hizo su entrada en Jerusalén y está próximo al fin de su camino, que Él había anunciado en forma reiterada: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (cf. Mc 8,31; 9,31; 10,33-34). El Evangelio de este Domingo XXXII del tiempo ordinario nos presenta a Jesús en Jerusalén enseñando en el Templo: «Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo… Decía también en su instrucción…» (Mc 12,35.38).
Según el Evangelio de Marcos, seguido por Mateo y Lucas, Jesús estuvo pocos días en Jerusalén antes de su pasión y, en esos días, su actividad diaria era enseñar en el Templo. Así lo hace notar Jesús, reprochando a quienes vienen a detenerlo a escondidas y de noche: «¿Cómo contra un salteador han salido ustedes a detenerme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a ustedes enseñando en el Templo, y no me detuvieron» (Mc 14,48-49). Esta observación sugiere un tiempo más prolongado. Y esta parece ser la realidad. Según el Evangelio de Juan, durante su vida pública, Jesús realizó tres viajes a Jerusalén (Jn 2,13; 5,1; 7,10) y permaneció en Jerusalén más tiempo. En su tercera y última permanencia lo encontramos en Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7,2 otoño: octubre-noviembre); luego, en la fiesta de la Dedicación del templo (cf. Jn 10,22 invierno: enero-febrero); y concluye con su muerte en la cruz ocurrida en la Pascua (cf. Jn 11,55; 12,1; 18,2¬8 primavera: abril-mayo). Por tanto, Jesús permaneció en Jerusalén un tiempo aproximado de seis meses.
Los maestros, en el tiempo de Jesús, no tenían una enseñanza pública. Ellos se rodeaban de un grupo pequeño de discípulos, con los cuales convivían, como hacía Jesús con los Doce: «Instituyó Doce, para que estuvieran con Él…» (Mc 3,14). Pero Jesús también desarrollaba una enseñanza pública, dirigida a la multitud, como le recordarán algunos, queriendo recomendarse ante Él: «Has enseñado en nuestras plazas» (Lc 13,26). Conforme a esto, la segunda finalidad para la cual instituyó a los Doce es: «…para enviarlos a predicar» (Ibid.). La enseñanza pública se hacía el sábado en la sinagoga y era tarea de los escribas, instancia que Jesús también usó: «Recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas» (Mc 1,39); y la reacción de los presentes era esta: «Quedaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,22).
Hemos hecho esta larga introducción para hacer notar que el Templo no era el lugar de la enseñanza, sino del culto y la oración, y que el hecho de que Jesús enseñara en el Templo era insólito y más aún que lo hiciera como cosa habitual: «Todos los días». Por eso, le preguntan con qué autoridad lo hace. Lo hace con su propia autoridad. Él llama al Templo la «Casa de mi Padre» y es, por tanto, su propia casa, según su declaración: «Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10,30). Los profetas anunciaban la venida del Señor en estos términos: «He aquí que Yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien ustedes buscan; y el Ángel de la alianza, que ustedes desean, he aquí que viene −dice el Señor de los ejércitos (Yahveh Sebaot)» (Mal 3,1). Con su enseñanza en el Templo Jesús da cumplimiento a esa profecía.
El Evangelio de este domingo nos transmite dos enseñanzas de Jesús expuestas en el Templo. La primera es esta advertencia: «Guárdense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas… Éstos tendrán una sentencia más rigurosa». La advertencia no se dirige a todos los escribas, sino a aquellos que no buscan la gloria de Dios, sino su propia gloria; predican para ser alabados por la gente. Bien se cuidaba de caer en eso San Pablo, que escribe a los corintios: «Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes, por Jesús» (2Cor 4,5).
La segunda enseñanza la da Jesús en un momento de pausa observando cómo los que entraban echaban en la alcancía su contribución al culto: «Muchos ricos echaban mucho». Está bien, si lo han hecho por amor a Dios; ciertamente Dios se lo tendrá en cuenta y se lo recompensará. Pero, si lo han hecho por ostentación, para obtener el aplauso de los hombres, entonces vale la advertencia de San Pablo: «Aunque repartiera todos mis bienes… si no tengo amor, nada me aprovecha… nada soy» (cf. 1Cor 13,2.3). Jesús no considera que haya que destacar especialmente lo que esos ricos daban; en realidad, todo lo han recibido de Dios.
Pero lo que sí impactó a Jesús fue este otro espectáculo: «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas (lepta), o sea, un cuadrante». (El valor exacto no es lo que interesa, pero según «The Greek-English Lexicon of the New Testament» de Arndt – Gingrich, un cuadrante vale US$ 0,0025 = $ 3 clp). Jesús consideró que lo hecho por esa viuda debía ser destacado como ejemplo a todos sus discípulos: «Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en la alcancía»». Jesús está hablando según «los pensamientos de Dios» y no según «los pensamientos de los hombres». El Salmo 24 declara: «Del Señor es la tierra y todo lo que contiene». ¿Qué puede interesarle el valor de las monedas que echaban en la alcancía los ricos de Jerusalén? Dios ve el corazón y lo único que tiene valor para Él es el amor. Según la apreciación de Dios, entonces, es cierto que le viuda echó más, porque −explica Jesús, que piensa como Dios− «todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».
El amor con que esa viuda pobre quería proveer al culto y a la alabanza de Dios, la llevó a darlo todo. Lo hizo ciertamente confiando en la Providencia de Dios, segura de que Él la proveerá: «Miren las aves del cielo… el Padre celestial de ustedes las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? … Miren los lirios del campo… Si Dios así los viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe?» (Mt 6,26.28.30). Podemos estar seguros de que Dios mismo veló para que a esa mujer que conmovió a Jesús nada le faltara.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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