Domingo 31-B
Mc 12,28-34
No hay otro mandamiento mayor que éstos
El domingo pasado, en la lectura del Evangelio de Marcos, después de haber dado la vista al mendigo ciego Bartimeo, habíamos dejado a Jesús saliendo de Jericó, que es la última etapa de su viaje a Jerusalén. El episodio siguiente es su entrada en la Ciudad Santa aclamado por la multitud como el Hijo de David: «¡Bendito el Reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,10). Lo primero que hacía un judío que llegaba a Jerusalén era entrar en el templo, que era considerado la «Casa de Dios» y era una de las maravillas de la antigüedad. Así lo hizo también Jesús: «Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo» (Mc 11,15-16). Jesús actúa con una autoridad irresistible. En los días en que estuvo Jesús en Jerusalén se fue acentuando la oposición contra Él hasta la decisión de matarlo: «Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarlo… pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina» (Mc 11,18).
Pero antes de ejecutar ese designio, someten a Jesús a varias pruebas con el fin de hacerlo caer en alguna palabra que lo comprometiera o que lo desacreditara ante la gente. Los fariseos se ponen de acuerdo con los herodianos −eran partidos radicalmente opuestos, pero en esto están unidos− «para cazarlo en alguna palabra» y le preguntan, delante de todos: «¿Es lícito dar tributo al César o no? ¿Damos o no damos?» (Mc 12,14). Por su parte los saduceos, que no creen en la resurrección de los muertos, se burlan de esa creencia, presentandole el caso de una mujer que en esta vida tuvo siete maridos, sin tener descendencia con ninguno de ellos: «Cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer» (Mc 12,23). Estos episodios no los leemos este Año B en la versión de Marcos, porque se leen, el primero, en el Año A, según la versión paralela de Mateo el Domingo XXIX (Mt 22,15-21), y el segundo en el Año C, según la versión paralela de Lucas el Domingo XXXII (Lc 20,27-38).
En el tercero de estos episodios la pregunta que hacen a Jesús es de tal importancia que se repite en los tres ciclos de lecturas, tomada respectivamente en el Año A del Evangelio de Mateo el Domingo XXX (Mt 22,34-40); en el Año B del Evangelio de Marcos en este Domingo XXXI (Mc 12,28-34); en el Año C del Evangelio de Lucas el Domingo XV (Lc 10,25-37, seguida de la parábola del buen samaritano). ¿Cuál es la pregunta que merece tanta atención?
«Se acercó uno de los escribas que los había oído (a Jesús discutir con los saduceos) y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?»». Lo primero que debemos observar es que no hay en ese escriba ningún ánimo insidioso. Al contrario, aprueba la respuesta que Jesús acababa de dar a los saduceos en el tema de la resurrección de los muertos (Mc 12,18-27) y le hace esta pregunta con ánimo de ser instruido. Se puede decir que es una pregunta «de buena fe». En los dos relatos paralelos de Mateo y Lucas, que siguen a Marcos, agregan, sin embargo, ambos la cláusula: «Para tentarlo (ponerlo a prueba)», que hace de la pregunta una insidia.
De todas maneras, debemos observar también que, aunque sea de buena fe, nos parece una pregunta demasiado fácil para ser digna de un escriba. Los judíos recitaban todos los días el mandamiento que Jesús tenía que responder y habría respondido lo mismo hasta un niño. Es probable que el escriba haya sabido de la respuesta que Jesús dio al hombre rico que le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (Mc 10,17). Cuando él pregunta a Jesús cuáles mandamientos tiene que cumplir, se supone que había que empezar por el más importante; sin embargo, Jesús le indica solamente los mandamientos del Decálogo que se refieren al prójimo, los de la «segunda tabla». ¿Considera éstos más importantes?
Jesús responde bien: «El primero es: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Pero la respuesta no ha terminado, no está completa, si no se agrega algo, en lo cual Jesús se revela como el «Maestro bueno» que es y cómo la Verdad que es: «El segundo es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No existe otro mandamiento mayor que éstos». Jesús nos enseña así que este segundo mandamiento es inseparable del primero y que no puede cumplirse uno sin el otro.
Aunque el primer mandamiento −el Shemá = «Escucha»− se repetía todos los días, Jesús, que es Él mismo la Palabra de Dios, agrega un cuarto elemento. En efecto, el Shemá dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza», tres medios, que son facultades esenciales del ser humano empleadas totalmente en el amor a Dios. ¡Jesús agrega una cuarta: «Con toda tu mente (dianoia)»! Es necesario hacerlo, porque el Evangelio se difundió en un mundo ya penetrado por la cultura helenística, que es más intelectual. Para un judío del Antiguo Testamento, las facultades de la inteligencia y voluntad se concentraban en el corazón; en cambio, para el mundo helenizado, la sede de la inteligencia y del conocimiento es la cabeza. Por eso, Jesús agrega que tenemos que amar a Dios con toda la mente. Muy necesario para nuestro tiempo en que la ignorancia religiosa es muy grande y, lejos de amar a Dios con toda la mente, la empleamos muy poco para profundizar en el conocimiento de las verdades de la fe. A esto nos exhorta San Pedro, aunque mencionando todavía el corazón como sede del conocimiento: «Den culto al Señor, Cristo, en sus corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza» (1Ped 3,15).
El escriba demuestra su buena voluntad, celebrando la respuesta de Jesús, agregando una explicación propia de la cuarta cláusula −«con toda la inteligencia synesis)»− y sacando una conclusión, que probablemente inspiró a San Lucas a agregar aquí la parábola del buen samaritano: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús no puede dejar de expresar su admiración y dice al escriba: «No estás lejos del Reino de Dios».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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