Domingo 30-B
Mc 10,46-52
Rabbuní, ¡que vea!
En el Evangelio de Marcos, la subida de Jesús desde Cafarnaúm, que está a la orilla del Mar de Galilea, a Jerusalén, que está en la región de Judea, cubre todo el Capítulo X de ese Evangelio. En este Evangelio se registra un solo viaje de Jesús a Jerusalén durante su vida pública y esta vez para morir allí en la cruz y resucitar. Es seguido en este esquema geográfico por Mateo y Lucas, de manera que, si no dispusieramos también del Evangelio de Juan, tendríamos que concluir que la vida pública de Jesús duró solamente un año y que durante ese tiempo hubo una sola Pascua, la Pascua en que Jesús celebró la última cena con sus discípulos e hizo de ella un Sacramento de su pasión, muerte y resurrección, que había de enfrentar a continuación.
La información de que la vida pública de Jesús duró tres años la recibimos del Evangelio de Juan, que registra, durante la vida pública de Jesús, tres o cuatro Pascuas, según cómo se entienda la expresión indeterminada: «Hubo una fiesta de los judíos» (Jn 5,1). Las otras tres se leen en Jn 2,13; 6,4 11,55. Si la fiesta indeterminada es también la Pascua, entonces durante la vida pública de Jesús se celebraron cuatro Pascuas y, por tanto, ese tiempo duró entre tres y cuatro años.
Según la información recibida de los Evangelios Sinópticos, Jesús hizo en su vida pública un solo viaje a Jerusalén. Entendemos, entonces, por qué ese viaje adquiere tanto relieve y por qué muchos episodios ocurren, cuando Jesús va «de camino». El Evangelio de este Domingo XXX del tiempo ordinario nos informa que para ese viaje Jesús tomó la ruta que va por la cuenca del Jordán, que tiene a Jericó como última estación antes de llegar a Jerusalén. Es un viaje de aprox. 190 km., que a pie debió durar varios días.
«Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino». Sabemos que Jesús viajó desde Galilea acompañado por los Doce y también por algunas mujeres, que menciona el evangelista en el relato de la pasión: «Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que lo seguían y lo servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén» (Mc 15,40-41). Pero la «gran muchedumbre» debe haberse sumado en Jericó, donde Jesús probablemente se detuvo algún tiempo. Por eso, el episodio que tiene a Bartimeo como protagonista ocurrió «cuando salía de Jericó». Por información de Lucas, que según propia declaración «investigó diligentemente todo» (cf. Lc 1,3), sabemos que dentro de la ciudad tuvo lugar la conversión de Zaqueo, que, precisamente, a causa de la multitud no se pudo acercar, ni siquiera ver a Jesús, y para lograrlo debió subirse a un sicómoro.
Bartimeo, que, por ser ciego, estaba más impedido que Zaqueo, debió haber recibido noticia de la presencia de Jesús en la ciudad. Por eso, escuchar el tumulto de la muchedumbre, le bastó para saber lo que ocurría: «Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!»». Ese grito, que Bartimeo repitió dos veces, es el que repetimos nosotros tres veces cada vez que celebramos la Eucaristía en el acto penitencial que precede la presencia real de ese mismo Jesús, a quien él llamó: «Hijo de David».
El título «Hijo de David», que Bartimeo da a Jesús, es una confesión de que Él es el Cristo (el Ungido). En efecto, seguramente Bartimeo conocía el Salmo 89, en el cual Dios dice: «He encontrado a David mi siervo, con mi óleo santo lo he ungido… Él me invocará: «¡Tú, mi Padre, mi Dios y Roca de mi salvación!». Y Yo haré de Él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra» (Sal 89,21.27-28). Este Salmo fue compuesto en tiempos del rey Josías (+ 609 a.C.), casi cuatro siglos después de la muerte de David (+ 970 a.C.); pero habla en futuro: «me invocará… Yo haré de Él…»; se refiere, por tanto, a un «Hijo de David». Bartimeo confiesa que ese es Jesús. Equivale a la confesión de Pedro, en representación de los Doce −«Ustedes ¿quién dicen que soy Yo?»−: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29).
Que un ciego grite pidiendo limosna a nadie extraña. Pero que grite a Jesús: «Hijo de David», fue considerado una exageración y, probablemente por eso, «muchos lo increpaban para que se callara». Pero él insistía con más fuerza: «Hijo de David…». Cuando los Doce confesaron a Jesús como «el Cristo», Él «les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él». Pero, ahora acepta que ese título se difunda dando la razón al ciego: «Jesús se detuvo y dijo: «Llamenlo»». Precisamente, el episodio siguiente es la entrada de Jesús en Jerusalén y Él se preocupa de entrar en la ciudad de David montado en la cabalgadura real y que la multitud grite a su paso: «¡Bendito el Reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,10).
Jesús quiere indagar en qué sentido Bartimeo lo llama «Hijo de David» y le pregunta qué espera de Él: «Rabbuní, ¡que vea!». La expectación de todos debió haber sido grande y la petición del ciego impactante, para que el evangelista nos transmita la palabra misma, en arameo, usada por el ciego al hacer su petición: «Rabbuní», que significa: «Maestro mío». Bartimeo con su petición expresa su fe en que Jesús puede concederle lo que pide porque de Él está escrito que había de venir para «evangelizar a los pobres, dar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos…» (cf. Lc 4,18). Jesús no deja nunca de recompensar la fe y lo hace también ahora diciendole: «Vete, tu fe te ha salvado». Esta fue una palabra eficaz: «Al instante, recobró la vista y lo seguía por el camino». Bartimeo no sólo recibió la vista física, sino la salvación, que se expresa por la conclusión: «Lo seguía por el camino». Si conocemos este episodio y, sobre todo, el nombre del protagonista es, seguramente, porque él siguió a Cristo también después de su Ascensión al cielo, como miembro de la comunidad cristiana.
Bartimeo es presentado como un ejemplo de fe y de libertad. Si en un episodio anterior, también yendo Jesús de camino a Jerusalén, otro se negó a seguir a Cristo, esclavizado por sus riquezas, ahora, al ver la libertad de Bartimeo que no tiene nada que lo retenga, entendemos mejor la severa advertencia de Jesús: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» (Mc 10,23). Es mejor en este mundo ser pobres como Bartimeo, si de esa manera se entra más fácilmente en el Reino de Dios, donde se goza del Bien infinito y eternamente. La enseñanza de Jesús es clara; no se requieren tantas deducciones. Pero para entenderlo y ponerlo en práctica se necesita el don de inteligencia del Espíritu Santo.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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