Domingo 24-B
Mc 8,27-35
Evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios
Para la composición de su Evangelio Marcos dispuso de una serie de enseñanzas de Jesús, sobre todo, parábolas, de relatos de exorcismos y milagros obrados por Él, de controversias con escribas y fariseos y de algunos hechos biográficos, estos últimos tan pocos −bautismo, transfiguración, pasión, muerte y resurrección− que no permiten escribir una biografía propiamente tal de Jesús. Y, sin embargo, con todo este material disperso el evangelista quiso escribir una obra unitaria con un desarrollo coherente. Uno de los principios que le permitieron hacer de su escrito, no una colección de episodios, sino una obra unitaria, que tiene un desarrollo coherente es el así llamado «principio de estructuración cristofánico», es decir, el progreso en la manifestación de la identidad de Jesús. El punto culminante de este desarrollo, que marca un cambio de actitud de Jesús, lo leemos en el Evangelio de este Domingo XXIV del tiempo ordinario.
Precisamente, en este Evangelio, la pregunta es esa: «¿Quién dicen los hombres que soy Yo… quién dicen ustedes que soy Yo?» (En la traducción hemos usado el pronombre personal Yo, que está en el lugar de la Persona de Jesús. Pero esto no debe llevarnos a sacar conclusiones sobre le Nombre divino «Yo soy», porque la construcción gramatical griega no usa ese pronombre; lo dice así: «¿Quién me dicen ser?»). Antes de entrar en el texto, observemos el título que da el evangelista a su obra: «Comienzo del Evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Esa es la respuesta correcta y completa a la doble pregunta hecha por Jesús; pero el evangelista, como hemos dicho, quiere organizar su material de manera que se llegue a esa confesión de manera gradual, como debió ser históricamente.
El Evangelio de este domingo comienza indicando la circunstancia: «Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos…». Se nos dice hacia dónde se dirige; pero, ¿cuál es el punto de donde sale? Más arriba lo dice: «Llegan a Betsaida…» (Mc 8,22). Sale entonces de Betsaida. Si buscamos en Google Maps o en cualquier otro medio la distancia entre Betsaida y Cesarea de Filipo la respuesta es 52 km y el tiempo para cubrir esa distancia a pie es de 11 horas. Había tiempo para la encuesta que hace Jesús sobre la opinión de la gente y la de sus discípulos sobre Él y para la enseñanza sucesiva.
Cuando Jesús pregunta sobre la opinión que tiene la gente acerca de Él, nos extraña que, aunque las respuestas sean personajes de gran prestigio −Juan el Bautista, Elías, uno de los profetas−, sean tan pocos. ¿Por qué no dicen Isaías, que afirma sobre sí mismo las profecías que Jesús se apropia, como: «El Espíritu del Señor sobre mí…» (Isaías 61,1; Lc 4,18) y muchas otras, que llevan al ministro etíope a preguntar, leyendo a Isaías: «¿De quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?» (Hech 8,34). ¿Por qué la gente no dice que Jesús es Moisés, de quien dice la Escritura: «No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés» (Deut 34,10), y que dice al pueblo esta profecía: «El Señor, tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien ustedes escucharán» (Deut 18,15)? Algunos entre la gente gritan a Jesús, diciendole «hijo de David», como el ciego de Jericó (cf. Mc 10,47.48). Así lo aclamaba la multitud, cuando entró en Jerusalén. ¿Por qué no reportan los discípulos esa opinión? Y ¿cuál es ese único profeta que se agregaría a Juan Bautista y Elías? Mateo, cuando escribe este episodio, siguiendo Marcos, agrega el nombre de un solo profeta: Jeremías (cf. Mt 16,14). ¿Por qué agrega éste y no otro? A todas estas preguntas debemos responder diciendo, que esos tres son los únicos personajes de la Escrituras son célibes; de la comparación de Jesús con estos únicos personajes deducimos que esto era lo que más llamaba la atención de la gente en la vida de Jesús. El celibato consiste en la consagración de la vida a Dios y a la misión encomendada por Dios con corazón indiviso. Esto era lo más impactante en la vida de Jesús.
Y ¿cuál es la opinión de los Doce? Jesús ya había hecho ante los discípulos obras que corresponden sólo a Dios y que no vemos en ningún otro. La expulsión de demonios que tienen poseído a un hombre no la vemos en ningún profeta o juez del Antiguo Testamento, por grande que sea; Jesús, en cambio, lo hace con frecuencia; el perdón de los pecados corresponde sólo a Dios; Jesús demuestra que cuando Él declara el perdón de los pecados de un paralítico, queda hecho. Cuando calma la tormenta, los discípulos, en el colmo del asombro, se preguntan: «¿Quién es este a quien hasta el viento y el mar obedecen?» (Mc 4,41). Esa pregunta no admite más respuesta que: Dios. Y, sin embargo, Pedro, en representación de todos, responde solamente: «Tú eres el Cristo». Es respuesta verdadera; así estaba anunciado en los profetas y los Salmos y Jesús la acepta como verdadera. Pero es insuficiente, como queda demostrado inmediatamente. Le dan a Jesús un título que le corresponde, como dice el título de este escrito: «Evangelio de Jesús, Cristo»; pero dan a ese título un contenido que no se aplica a Jesús.
Jesús «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente». Esta descripción del camino que tenía que recorrer Jesús no corresponde con el concepto de Cristo que tenía Pedro. Para él el Ungido, el Cristo, era el hijo David y éste, lejos de ser reprobado por los ancianos, debía heredar el trono de su padre y restablecer el Reino de Israel. Basado en esta convicción, el mismo Pedro, «tomandolo aparte, se puso a reprenderlo». No nos dice Marcos con qué palabras lo hizo (cf. Mt 16,22; Lucas no reporta esta reprensión). Pero, dado que está poniendo un obstáculo al camino de Jesús, recibe de Él este rechazo enérgico: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». ¿Cuáles son los pensamientos de Dios?
Los pensamientos de Dios no puede tenerlos un ser humano, si no se los concede el Espíritu Santo. En efecto, «nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Cor 2,11). Y los Doce no tuvieron los pensamientos de Dios, sino después de que vino el Espíritu Santo sobre ellos. Vemos que, cuando Jesús resucitado ya estaba ascendiendo al cielo, todavía le preguntan: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hech 1,6).
Jesús les adelanta algo sobre los pensamientos de Dios, cuando agrega: «Si alguno quiere venir en pos de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame». Hasta ahora Jesús no ha hablado de la cruz. Lo hace ahora por primera vez para enseñarnos que no hay pensamiento de Dios que no incluya la cruz. Todo pensamiento que rechace la cruz es meramente humano, como el de Pedro en ese momento.
Uno de los testimonios antiguos sobre el autor de este Evangelio es de San Ireneo hacia el año 190 d.C. y lo dice así: «Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió por escrito lo que había sido predicado por Pedro» (Adversus Haereses, Libro III,1,1). Fue Pedro quien predicaba esto, siendo la cabeza de la Iglesia, y quien decidió que formara parte de lo que se enseñara sobre Jesús. Es un signo de su veracidad. Pedro no vela por su propia imagen; vela por la verdad; él ya poseía los pensamientos de Dios.
Para completar la confesión sobre Jesús del título de este Evangelio, falta la condición «Hijo de Dios». Parece increíble que quien lo confesó haya sido un centurión romano y, no ante un milagro admirable de Jesús, sino ante su muerte en la cruz, dejando en evidencia así que él tenía los pensamientos de Dios: «Al ver el centurión, que estaba frente a Él, que había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios»» (Mc 15,39). El primero que admitió al Bautismo y acogió en la Iglesia a un pagano −Cornelio, centurión romano (cf. Hech 10,1.48)− fue Pedro; él mismo predicaba, como lo transmite Marcos, que el primero que reconoce la divinidad de Jesús fue un pagano, otro centurión romano. Esto nos confirma que este Evangelio fue escrito siguiendo la predicación de Pedro en Roma para «hacer discípulos a todos los pueblos».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza