Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 31 marzo 2024

Domingo de Resurrección B

Mc 16,1-8

Compraron aromas para ir a embalsamar el cuerpo de Jesús

La Iglesia celebra este domingo la Resurrección de Cristo, como el centro de su Liturgia. Todo el Año Litúrgico se organiza en torno a este misterio. El Catecismo es explícito: «La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz» (N. 638). San Pablo es tajante: «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe» (1Cor 15,14.17).

«La resurrección de Jesús… está establecida en los documentos del Nuevo Testamento». Por tanto, si Cristo no resucitó habría que comenzar por negar a esos documentos su verdad y su condición de Palabra de Dios. A uno que permaneció en la muerte no podríamos creerle cuando declara, de manera absoluta: «Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida; nadie va al Padre, sino por mí…  Separados de mí, ustedes nada pueden hacer» (Jn 14,6; 15,5). No podríamos creer a Jesús los repetidos anuncios de su muerte y su «resurrección al tercer día».

El Evangelio de este domingo nos presenta el modo como establece la resurrección de Jesús uno de los documentos del Nuevo Testamento, a saber, el Evangelio de Marcos. El relato de la pasión y muerte de Jesús, que leímos en ese Evangelio el domingo pasado, Domingo de Ramos, agrega este detalle, después de narrar la muerte de Jesús en la cruz: «Había también unas mujeres que miraban desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé» (Mc 15,40). Y, después de relatar el retiro de la cruz del cuerpo sin vida de Jesús y su deposición en un sepulcro, ofrecido en la emergencia −ya comenzaba el sábado− por José de Arimatea, observa: «María Magdalena y María la de Joset miraban dónde era puesto» (Mc 15,47).

El relato prosigue con esas mismas mujeres: «Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarlo. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro». Una cosa es clara: ellas no esperan en la resurrección de Jesús; al contrario, el bálsamo que compraron tiene la finalidad de dejarlo fijo en la muerte. Una segunda cosa es clara: entre las mujeres que van al sepulcro con esa intención nunca se menciona a la Virgen María, que, en cambio, según testimonio explícito de San Juan, «estaba junto a la cruz de Jesús» (Jn 19,25) hasta el final; ella no va a ofrecer los servicios fúnebres a un muerto; ella es la única que cree en sus anuncios sobre el Hijo del hombre: «Al tercer día resucitará».

Debemos observar también que el Evangelio de Marcos evita cuidadosamente decir que Jesús fue «sepultado». Repite, en cambio, tres veces que su cuerpo «fue puesto» en un sepulcro (cf. Mc 15,46.47; 16,6). Todos sabían que esa ubicación era transitoria, pero no porque esperaran su resurrección, sino porque, como decíamos más arriba, «al atardecer, era la Preparación, es decir, la víspera del sábado» (Mc 15,42) y era necesario retirar los cuerpos de los crucificados de la cruz y luego esperar que pasara el sábado, −que, además, era el sábado de la Pascua judía−, para decidir sobre la sepultación definitiva del cuerpo de Jesús.

Las mujeres van al sepulcro con una preocupación: «Se decían unas otras: “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?”». La preocupación cesó cuando «levantando los ojos ven que la piedra había sido retirada; y era muy grande». Pero la duda es ahora: ¿con qué se van a encontrar dentro?, visto que ya otros removieron la piedra y estuvieron allí, antes que ellas. En efecto, había alguien allí: «Entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca». La reacción que experimentan está descrita por un verbo griego que expresa un sentimiento personal y profundo de estupor, de alarma: «Se alarmaron». ¿Por qué esta reacción? Porque la primera hipótesis, al ver que el cuerpo de Jesús no estaba donde había sido depositado y que había allá otra persona, es que el cuerpo de Jesús había sido trasladado ya a otra ubicación definitiva, que había sido sepultado sin las atenciones −embalsamarlo− que ellas venían a ofrecerle.

Viendo la reacción de ellas, el joven del dice: «No se alarmen». Es como decirles: No es lo que ustedes están pensando. Sigue describiendo al que ellas buscan con tres medios de identificación: «Buscan a Jesús, el Nazareno, el crucificado». Jesús, el crucificado, es claro. Pero el evangelista agrega el nombre «Nazareno», que él suele dar a Jesús. No hay en este Evangelio una mención de Belén, como el lugar del nacimiento de Jesús. En este Evangelio Jesús es presentado por primera vez ya adulto, de esta manera: «Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,19). Luego, le da el nombre de «Nazareno» en lugares en que es necesario identificar a Jesús (Mc 1,14; 19,47; 14,67; 16,6). Sobre todo, cuando se va a pronunciar la afirmación clave: «Ha resucitado; no está aquí». Aunque es verdad que allí estuvo: «Vean el lugar donde lo pusieron».

Esas mujeres fueron las primeras que recibieron ese anuncio. Ellas no vieron a Jesús resucitado, pero creyeron. Creyeron por la conjunción de dos cosas: no está el cuerpo de Jesús en el lugar donde fue puesto y el joven da testimonio de que ha resucitado. Y porque creyeron, fueron presa de temblor y asombro… «Pues temieron». Es la reacción del ser humano, cuando cobra conciencia del misterio de Dios.

La resurrección de Jesús es un hecho histórico. Pero no basta la verificación empírica, como ocurre con los demás hechos históricos. La resurrección de Cristo es una verdad de fe, es decir, la concede Dios. Esto no quiere decir que sea una verdad menos firme o menos cierta que las verdades naturales que alcanza nuestra inteligencia por sus propios medios; al contrario, las verdades de fe son mucho más firmes y ciertas. Las verdades empíricas las concede Dios de manera indirecta, dándonos la inteligencia que nos permite inferirlas; las verdades de fe, en cambio, las concede Dios de manera directa como un don que nuestra inteligencia recibe, por el testimonio de la Iglesia. Nunca se ha sabido de alguien que haya dado su vida por una verdad científica; son miles los mártires que han dado su vida por las verdades de fe. Una de esas verdades, y la más fundamental, es la resurrección de Cristo.

La resurrección de Cristo es el triunfo sobre la muerte; pero la muerte entró en el mundo por el pecado. El triunfo sobre la muerte es, por tanto, el signo de que el pecado ha sido perdonado, como lo escuchamos cada vez que hacemos presente el sacrificio de Cristo: «Mi sangre… será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados». Por eso, San Pablo puede agregar: «Si Cristo no resucitó, ustedes están todavía en sus pecados» (1Cor 15,17). Si no estamos en nuestros pecados, es porque Cristo resucitó.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Administrador Apostólico de Santa María de L.A.

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