Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 3 marzo 2024

Domingo de Cuaresma 3-B

Jn 2,13-25

Glorifiquen a Dios con el cuerpo de ustedes

En el Evangelio de este Domingo III de Cuaresma el evangelista Juan nos relata el episodio en que Jesús expulsa a los mercaderes del templo. La lectura comienza ubicando el hecho en el contexto de la fiesta más importante del pueblo judío: «Estaba cerca la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén».

¿Por qué es necesario que el evangelista aclare que se trata de la Pascua «de los judíos»? ¿Es que existe alguna otra Pascua? Sí, cuando fue escrito el Evangelio de Juan, que según los especialistas fue entre los años 90 y 100 d.C., ya se celebraba desde hacía años la Pascua «de los cristianos» y era necesario distinguir una de otra. Es una demostración indirecta de que Jesús, celebrando Él mismo la Pascua judía con sus discípulos en la última cena, había cambiado radicalmente el sentido de esa celebración, instituyendo su Pascua. En efecto, en esa ocasión Jesús había cambiado la víctima, el cordero pascual por su propio Cuerpo y Sangre, cuando tomó un pan y lo dio a comer diciendo: «Esto es mi Cuerpo que es entregado por ustedes» y, luego, el cáliz con vino y lo dio a beber diciendo: «Este es el cáliz de mi Sangre que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados». Todo habría terminado allí, si Él no hubiera agregado esta orden: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25). La Pascua judía se celebraba «en memoria» de la redención, por obra de Dios, de la esclavitud de Egipto a que estaba sometido el pueblo judío; la Pascua cristiana se celebra «en memoria» de la redención, por parte de Cristo, de la esclavitud, infinitamente peor, del pecado.

Que Jesús suba a Jerusalén con ocasión de la Pascua es normal. Como judío observante de la Ley, lo hacía todos los años, como nos informa Lucas: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos, como de costumbre, a la fiesta» (Lc 2,41-42). Lo nuevo consiste en que esta es la primera vez que lo hace habiendo comenzado su vida pública. La última vez que lo haga será para morir en la cruz, precisamente como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

«Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos». ¿Qué hacen esos animales allí? Eran los que servían para la celebración de la Pascua, que consistía en el sacrificio de un animal, que luego se comía junto con toda la familia. El animal debía ser llevado al templo para ser ofrecido a Dios por el sacerdote y, una vez asumido por Dios, representado por el altar, que «hace sagrada la ofrenda» (cf. Mt 23,19), era llevado al seno de la familia, era asado y comido, como se hizo aquella primera vez, la noche del éxodo, cuando Israel salió de Egipto. Para la Pascua, los judíos venían de todos los lugares donde estaban dispersos y traían sus respectivas monedas que era necesario cambiar. Así se entiende la presencia de los «cambistas». Pero el espíritu de toda esa actividad no era religioso, sino comercial; se parecía más a un mercado que a un lugar de culto y de alabanza a Dios. Esto es lo que dolió a Jesús y lo llevó a expresar la cólera de Dios en la forma descrita por el evangelista: «Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quiten esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado”».

Jesús nos enseña la mansedumbre con la lección de su vida: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). ¡Imaginemos cómo debió impactar a sus discípulos verlo con el látigo en la mano! ¿Cómo se lo explican? Ven en eso el cumplimiento de un Salmo: «Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará” (Sal 69,9)». El salmista se dirige a Dios y llama el Templo: «Tu Casa». Esta escena nos enseña cómo afecta a Jesús la falta de reverencia por nuestros templos. Nuestros templos deben conservarse como lugares sagrados, en los que se perciba la presencia de Dios, por medio de nuestra actitud reverente, en el comportamiento, en las vestimentas, en el recogimiento.

El hecho habría terminado allí, a no ser por una expresión impactante usada por Jesús. Al Templo, que es la Casa de Dios, Él lo llama: «La Casa de mi Padre». ¡Jesús llama a Dios: «Mi Padre»! Este modo de referirse a Dios está confirmado por su autoridad. Logró expulsar a todos del Templo, no porque esos vendedores y cambistas temieran a un látigo de cuerdas, sino por su autoridad, que es la del Hijo de Dios. Esto es lo que suscita el interés de las autoridades judías, que también veían ese desorden, pero ellos no tenían poder para corregirlo.

«Los judíos entonces le dijeron: “¿Qué signo nos muestras para obrar así?”». Jesús les da un signo, el gran signo: «Destruyan este Templo y Yo en tres días lo levantaré». El evangelista llama a los milagros de Jesús «signos», porque no sólo son un hecho prodigioso, sino también signos de quién es Jesús. Todos ellos reciben su sentido y su fuerza en la Resurrección de Jesús.

Este signo que les dio no lo entendieron ni los judíos ni sus discípulos. Los judíos replican, con cierta ironía: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este Templo, ¿y Tú lo vas a levantar en tres días?». Esta actitud, que «ridiculiza» las palabras de Jesús, impide que Jesús les explique. Y así se quedaron ellos, y también sus discípulos y nosotros, sin su explicación. Pero el signo dado por Jesús quedó grabado en la mente de sus discípulos y cobró su sentido cuando el hecho ocurrió. El evangelista lo explica así: «Él hablaba del Templo de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús». La resurrección de Jesús es el signo que da sentido a todo, hasta el punto de que San Pablo afirma: «Si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe» (1Cor 15,14).

El evangelista afirma que el verdadero Templo es el Cuerpo de Jesús. Esta condición, por la unión con Él, se concede también a nosotros, como lo afirma San Pablo: « ¿No saben que el cuerpo de ustedes es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes…? … Glorifiquen, por tanto, a Dios en el cuerpo de ustedes» (1Cor 7,19.20). Esta exhortación del apóstol es una magnífica definición de la virtud de la castidad. La castidad consiste en glorificar a Dios con nuestro cuerpo. Hemos asistido en estos días en nuestra patria a un inmenso espectáculo, durante una semana, en el cual no se glorificaba a Dios con el cuerpo y no se trataba el cuerpo del ser humano como un Templo del Espíritu Santo. El Evangelio de hoy nos revela cómo duele a Jesús y cómo reacciona ante esa profanación.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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