Día litúrgico: Viernes 3 del tiempo ordinario
26 de enero: Santos Timoteo y Tito, obispos
Texto del Evangelio (Mc 4,26-34):
Jesús decía a sus discípulos:
“El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica enseguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.
También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”.
Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy la Iglesia celebra la memoria de dos grandes colaboradores de San Pablo, San Timoteo y San Tito. Infatigables y fieles discípulos del apóstol san Pablo, a los que ungió como obispos y les asignó el cuidado de las comunidades de Éfeso al primero, y de Creta al segundo. Tal como les enseñó Pablo, ambos llevaron a la práctica las indicaciones que nos hace el salmista: “Anuncien las maravillas del Señor a todas las naciones”.
En el capítulo cuarto de su evangelio, Marcos nos presenta un discurso de Jesús narrado en dos parábolas que nos ayudan a entender cómo conduce Dios nuestra historia. No debemos olvidar su protagonismo y la fuerza intrínseca que tiene su evangelio, sus sacramentos y su Gracia. No es nuestro esfuerzo el que hace crecer el Reino sino la fuerza y la vida que ya está en él.
La primera parábola, propia de Marcos, es la semilla que crece por sí sola. Según la narración, la tarea del sembrador es sembrar y recoger su fruto, puesto que, una vez sembrada la semilla, ésta no necesita que se queden a observarla. La semilla germina y va creciendo sin que el sembrador sepa cómo. La importancia está en la semilla y en la tierra buena. Dios ha sembrado en la historia por medio de Jesús la realidad del Reino, cuyo dinamismo y vida llegará a su plenitud, no por nuestros méritos o acciones, sino porque Dios lo hace crecer. Lo nuestro es sembrar, aunque no sepamos como llegará a fructificar la fe en Jesús en el corazón de cada persona.
La parábola del grano de mostaza, compara una semilla del tamaño de una cabeza de alfiler con el arbusto que nace hasta alcanzar una gran altura. Jesús por medio de la parábola está presentando el contraste que existe entre la pequeñez del presente y la grandeza del futuro con respecto al Reino de Dios. El rechazo a la misión y al proyecto de Jesús en el hoy prefigura la plenitud del Reino en el mañana. Dios ejerce su reinado desde lo pequeño, humilde, desde lo que no cuenta, para llevarlo a una Vida plena.
Estas dos bellas parábolas pueden alimentar y afianzar nuestra esperanza. No importan los aparentes fracasos, las grandes dificultades, la desproporción entre la escasez de nuestros medios de evangelización y la abundancia y gravedad de los problemas que debemos de enfrentar. Es el mismo Dios quien hace crecer y germinar su Reino.
No tendríamos que enorgullecernos nunca, como si el mundo se salvara por nuestras técnicas y esfuerzos. San Pablo dijo que él sembraba, que Apolo regaba, pero era Dios el que hacía crecer la semilla. Dios a veces se dedica a darnos la lección de que los medios más pequeños producen frutos inesperados, no proporcionados ni a nuestra organización ni a nuestros métodos e instrumentos. La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los calendarios señalen su inicio. Así, la fuerza de la Palabra de Dios viene del mismo Dios, no de nuestras técnicas.
Por otra parte, tampoco tendríamos que desanimarnos cuando no conseguimos a corto plazo los efectos que deseábamos. El protagonismo lo tiene Dios. Por malas que nos parezcan las circunstancias de la vida de la Iglesia o de la sociedad o de una comunidad, la semilla de Dios se abrirá paso y producirá su fruto. Aunque no sepamos cómo ni cuándo. La semilla tiene su ritmo. Hay que tener paciencia, como la tiene el labrador.
No es que seamos invitados a no hacer nada, pero sí a trabajar con la mirada puesta en Dios, sin impaciencia, sin exigir frutos a corto plazo, sin absolutizar nuestros méritos y sin demasiado miedo al fracaso. Cristo nos dijo: “Sin mí no pueden hacer nada”. Sí, tenemos que trabajar. Pero nuestro trabajo no es lo principal.
Jesús hablaba al pueblo en parábolas, según su capacidad de comprender, pero a sus propios discípulos se las explicaba aparte. En consecuencia, nuestra responsabilidad como creyentes es aún mayor, ya que tenemos que estar dispuestos a acoger y comprender el Reino de Dios. Conocer la dinámica del Reino de Dios será fundamental para creer en Jesús.
¿Sabemos interpretar nuestra historia personal y la historia del mundo con optimismo cristiano, convencidos del dinamismo y la eficacia del Reino de Dios entre nosotros? ¿Cada vez que hablamos de Jesús y de sus enseñanzas procuramos que su Reino crezca, primero en nuestro corazón y luego en el mundo?
Padre, que con Jesús sigamos sembrando tu campo y, sin que sepa cómo, la semilla germine, crezca y dé fruto abundante; por tu Espíritu Santo enséñanos a ser constantes en la siembra, pacientes en la espera de la cosecha y alegres al recoger el preciado fruto de la salvación en la vida de tus hijos e hijas. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza