Domingo 31-A
Mt 23,1-12
El mayor será el servidor
Después de que Jesús respondió a diversas cuestiones que le plantearon los fariseos −en connivencia con los herodianos− y los saduceos, para ponerlo a prueba y tener de qué acusarlo, habiendo escapado a todas esas trampas, ahora es Él quien ve la necesidad de advertir a la gente y a sus discípulos. El Evangelio de este Domingo XXXI del tiempo ordinario comienza así: «Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos”».
La palabra griega «kathedra» tiene en sí misma la acción de sentarse. El verbo sentarse se dice: «kathisai». En Israel el maestro enseña sentado, enseña «ex cathedra» (desde la catedra). La «cátedra de Moisés» es el lugar desde donde enseñaba Moisés. Jesús afirma que desde allí enseñan «los escribas y los fariseos». Es un reconocimiento bastante honorífico. El problema es que no queda claro quiénes son los que merecen ese honor, porque, si bien está claro quién es un «fariseo», un «escriba» puede ser de cualquier facción, puede ser también un saduceo.
En efecto, se ha traducido por «escriba» la palabra griega «grammateus». «Gramma» significa «letra». Por eso, algunas versiones traducen por «letrados». Y es esto lo que son. Pero «letrados» pueden ser los fariseos y también los saduceos y los herodianos y los miembros de cualquier otro grupo; basta que sepan leer y escribir, para que reciban el nombre de «letrado, escriba». También a Jesús reconocieron esta condición, cuando Él se puso a enseñar en el templo; los presentes decían asombrados: «¿Cómo sabe éste de letras (grammata) no habiendo sido instruido?» (Jn 7,15). Para sentarse en cualquier cátedra, es decir, para enseñar es necesario ser «letrado, escriba». Lo que Jesús quiere decir es que desde la cátedra de Moisés enseñan los que son escribas (debe saber de letras) y fariseos. No son dos grupos distintos, sino un solo grupo de personas que reúne estas dos condiciones. En realidad, es un reconocimiento muy importante a la doctrina de los fariseos, porque Jesús la confirma diciendo: «Hagan y observen todo lo que les digan». Nunca habría dicho esto refiriéndose a un saduceo y menos aún a un herodiano.
Respecto de los saduceos, «esos que niegan que haya resurrección» (Mt 22,23), Jesús dice: «Ustedes están en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt 22,29). Sabemos que Jesús llamó a sus discípulos principalmente del grupo de los fariseos, que era el grupo más observante y piadoso. Marta, por ejemplo, refiriéndose a su hermano Lázaro, que ya llevaba cuatro días en el sepulcro confiesa su fe farisaica diciendo: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día» (Jn 11,24). De clara tendencia farisaica se revela Pedro, cuando ante la visión de esa sábana que bajaba del cielo con toda clase de animales a la voz que le ordena comer de ellos, responde: «De ninguna manera, Señor; jamás he comido algo profano e impuro» (Hech 10,14).
Jesús entonces recomienda la enseñanza de los «escribas fariseos». Pero lo que no recomienda es su conducta: «No hagan según las obras de ellos». Ellos enseñan, pero no para que sus discípulos amen más a Dios, para lo cual tendrían que haber dado ellos ejemplo de hacer la voluntad de Dios por amor a Él. Ellos enseñan «para ser vistos por los hombres… para que la gente los salude en las plazas y los llame “Rabbí”». Jesús les critica dos cosas, que hacen difícil cumplir el mandato de hacer lo que dicen: la incoherencia entre su palabra y sus acciones −«dicen y no hacen»− y la vanidad: todas sus obras las hacen no para alabanza de Dios, sino para ser ellos alabados por los hombres. Recordemos el mandato de Jesús: «Brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean las buenas obras de ustedes y glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo» (Mt 5,16). Son obras que se hacen con la certeza de que es el Padre quien concede la realización de esas obras y, por tanto, la gloria es para Él.
Más nos interesa a nosotros la enseñanza que da Jesús a sus discípulos. Tomando pie de esas críticas a los fariseos, Jesús da a sus discípulos tres normas: «No se dejen llamar “Rabbí”, porque uno solo es el maestro de ustedes». Ese maestro es Él: «Ustedes me llaman «el Maestro» y «el Señor», y dicen bien, porque lo soy» (Jn 13,13). Pero Él es un maestro que lava los pies de sus discípulos y así enseña con el ejemplo: «Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes» (Jn 13,15).
«No se dejen llamar “Padre”, porque uno solo es el Padre de ustedes, el del cielo». Ya había enseñado Jesús cómo tenían que dirigirse sus discípulos a Dios en la oración: «Padre nuestro que estás en el cielo» (Mt 6,9). Reafirma ahora la enseñanza de que sus discípulos son «hijos de Dios».
«No se dejen llamar “guías”, porque uno solo es el Guía de ustedes, el Cristo». Jesús asume la misión de guía repitiendo a menudo a quienes llama: «Sígueme». Pero, sobre todo, cuando declara: «Yo soy el Camino». Y es el único camino que guía hasta la meta: «Nadie va al Padre, sino por mí» (Jn 14,6).
Jesús concluye con una sentencia que demuestra que los pensamientos de Dios no son los de los hombres (cf. Mt 16,23). Según los pensamientos de los hombres el mayor es el que es servido; según los pensamientos de Dios, en cambio, el mayor es el que sirve. Jesús dice textualmente: «El mayor es el servidor de ustedes». La palabra «servidor» se dice en griego «diákonos». La Iglesia tomó esta palabra para designar el grado inferior de la jerarquía: Obispo, presbítero y diácono. El término pasó al español sin traducir: diácono. Y en ellos se cumple la sentencia de Jesús. Después de los apóstoles, la liturgia de la Iglesia celebra con rango de «fiesta» a dos diáconos, a dos servidores, San Esteban y San Lorenzo, en tanto que no celebra como fiesta a ningún Obispo ni presbítero. Los mayores son los servidores. Para adquirir los pensamientos de Cristo hay que anhelar ser servidores, hay que anhelar al lugar inferior, y entonces será el mayor, porque «el que se humille será exaltado».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza