Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 4 septiembre 2022

Domingo 23−C

Lc 14,25-33

Te seguiré, Señor, adondequiera que vayas

En el Evangelio de Lucas, después de que Jesús tomó la firme decisión de ir a Jerusalén, a menudo es presentado caminando hacia ese destino, seguido por sus discípulos. Es el caso del Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario, que se abre con estas palabras: «Caminaban con Él grandes multitudes».

El sustantivo «multitud» ya es, en sí mismo, plural; pero el evangelista lo usa en forma plural −«multitudes»− y, además, seguido del adjetivo plural «muchas», que hemos traducido por «grandes». Quiere dar la idea de todo tipo de personas, movidas por todo tipo de motivaciones y en gran número. Es el caso de preguntarse: ¿Por qué caminan con Jesús? ¿Qué esperan recibir de Él? Esto es lo que quiere saber también el mismo Jesús.

Sabemos que en su vida pública Jesús se presentó, sobre todo, como un «maestro» y con este título era llamado a menudo. Así se presentó también en los lugares que atravesó en su camino a Jerusalén: «Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén» (Lc 13,22). En el Israel de ese tiempo la actitud correspondiente del «discípulo» era la del «seguimiento» del maestro dondequiera que vaya para aprender de él la forma de comportarse en todas las situaciones de la vida. En ese ambiente la enseñanza del maestro no era algo intelectual, sino sapiencial; el maestro enseñaba, con el ejemplo de su propia vida, a vivir sabiamente.

Jesús quiere tener, entonces, discípulos y los invita así: «Vengan a mí… aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,28.29). Invita a todos, sin exclusión alguna. No sólo quiere que esas «grandes muchedumbres» sean discípulos suyos, sino también todos los pueblos, según el mandato que dio a los Doce: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones» (Mt 28,19). Se trata de «hacer discípulos de Cristo». Pero esto lo harán asumiendo ellos mismos el rol de «maestros». Tenemos las cartas de San Pablo que nos revelan cómo entendieron ellos ese mandato: «Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1Cor 11,1); «Todo cuanto ustedes han aprendido y recibido y oído y visto en mí, pónganlo por obra…» (Fil 4,9).

Jesús quiere, entonces, decir a esas «grandes muchedumbres» que «caminar con Él» significa hacerse discípulo suyo y que ser discípulo suyo significa imitarlo a Él en su relación con los seres más queridos −padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas−, con la propia vida y con las posesiones terrenales.

«Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer…, no puede ser discípulo mío». Usa el verbo fuerte «odiar». ¿Es esto lo que Él hizo? Claramente, no. El verbo «odiar» en hebreo se usa, no sólo para expresar antipatía, sino, sobre todo, para expresar la disociación. Lo que Jesús quiere decir es que se tiene que establecer un vínculo con Él, que es más fuerte que los afectos humanos. Él se nos ofrece como maestro en eso. En efecto, cuando le dijeron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte», Él respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,20.21).

«Si alguno viene donde mí y no odia… su propia vida, no puede ser discípulo mío». Jesús explica esta condición del discípulo suyo ampliándola, según su ejemplo de maestro: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío». Se trata de entregar la vida tal como lo hizo Él, es decir, por amor. El discípulo debe aspirar al mismo grado de amor de su maestro: «Nadie tiene amor más grande que este: que alguien entregue la propia vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Por último: «El que, de entre ustedes, no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser discípulo mío». Esta condición no es nueva para nosotros. Cuando Jesús comenzaba su camino a Jerusalén, a uno que le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas», le respondió: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9,57.58). Jesús no tuvo ninguna posesión material en esta tierra. El discípulo debe ser también en esto como su maestro.

Aclarada cual es la condición del discípulo, es decir, del que «camina con Jesús», Él invita, por medio de dos breves parábolas, a pensarlo bien, antes de presumir del nombre de «discípulo», hoy diríamos, del nombre de «cristiano». Antes de llamarse «cristiano», cada uno debe examinarse bien a sí mismo para ver si está dispuesto a imitar a Cristo, el «maestro», en esas tres condiciones. No que lo haya conseguido, sino que anhele sinceramente conseguirlo. De nuevo, nos ilumina San Pablo: Trato de «conocerlo a Él, el poder de su resurrección y de tener comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte…  No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús» (Fil 3,10.12).

Sabemos que esas «grandes muchedumbres» no siguieron adelante con Él y desistieron de ser sus «discípulos». Él fue seguido hasta el pie de la cruz solamente por su Madre y las otras dos Marías y, precisamente, por el «discípulo» amado (cf. Jn 19,25-26). Ese discípulo no tiene nombre, porque representa a todos los verdaderos discípulos de Jesús. Una de sus características esenciales es haber recibido por madre a la Madre de Jesús. La mayor gracia que puede concedernos el Señor es poder estar al pie de la cruz en compañía de ellos y merecer el nombre de «discípulo amado».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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