Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy miércoles 31 de octubre de 2022

Día litúrgico: Miércoles 22 del tiempo ordinario

31 de Agosto: San Ramón Nonato, religioso

Texto del Evangelio (Lc 4,38-44):

Al salir de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y ésta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y Él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. De muchos salían demonios, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero Él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero Él les dijo: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado”.

Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Palabra del Señor.

Reflexión

Una de las actitudes fundamentales de Jesús y que san Lucas no se cansa de resaltar, es su gran bondad y misericordia que lo lleva a estar siempre disponible para los demás. Para Jesús, no hay un momento determinado para sanar, para atender a los que lo buscan. Todo su tiempo le pertenece a los demás, para quienes él ha sido enviado. Se ha hecho disponible para todos y todos han encontrado en él alivio y consuelo.

En efecto, hoy leemos el programa de una jornada de Jesús: Al salir de la sinagoga, cura de su fiebre a la suegra de Pedro, impone las manos y sana a los enfermos que le traen, libera a algunos poseídos por el demonio y no se cansa de ir de pueblo en pueblo “anunciando el Reino de Dios”. No es de extrañar que los de ese pueblo quisiesen que se quedase siempre con ellos. Pero Jesús tenía horizontes más amplios, “también a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”.

Vemos que Jesús, en este pasaje y en otros con más claridad, no desea que le tengan como un milagrero y que le acepten como tal. No quiere que se queden con sus milagros, sino con su persona, con su mensaje, que acepten a Dios como Padre, a él como amigo, a los demas como hermanos… y que el amor reine entre ellos.

Y ese mensaje lo quiere extender a cuantos más pueblos mejor. Y al morir y resucitar, pide a sus apóstoles que lo extiendan por todo el mundo, porque es la mejor noticia que cualquier hombre, de cualquier nación y tiempo puede recibir para que su corazón se inunde de vida y vida en abundancia.

Toda la actividad apostólica de Jesús, es un excelente programa para nosotros los cristianos y debe servirnos como itinerario a seguir. “Despues de salir de la sinagoga”, o sea, después de la Santa Misa o luego de nuestra oración, nos espera una jornada de trabajo, de predicación y evangelización, de servicio curativo para con los demás y a la vez de oración personal.

En nuestro mundo cada vez más agitado, es fundamental recobrar esta actitud de Jesús, sobre todo, para los de nuestra propia casa. Es cierto que muchas veces estamos cansados, pero qué importante es estar siempre disponibles para los hijos, para el cónyuge, para nuestros padres. La falta de disponibilidad causa serias lesiones en la relación familiar, lo que provoca, poco a poco, la indiferencia y la dispersión.

En nuestra vida de cristianos y en nuestra tarea evangelizadora, debemos evitar dos grandes peligros: el activismo exagerado, descuidando la oración, y la tentación de quedarnos en el ambiente en que somos bien recibidos, descuidando la universalidad de nuestra misión.

Fijando nuestros ojos en Jesús, que es nuestro modelo y maestro, aprenderemos a vivir su mismo estilo de vida, dejándonos liberar de nuestras fiebres y ayudando a los demás a encontrar en Él su verdadera felicidad. Sigamos pues el ejemplo de Jesús que vino a servir y no a ser servido anunciando en todas partes y a todas las personas la buena noticia del Reino de Dios.

¿El encuentro con el Señor, nos pone en actitud de servicio? ¿Qué tan dispuesto estoy para dar una mano, escuchar, acompañar y servir a los que se acercan a mí, sobre todo, a los de mi propia familia?

Tu ejemplo, Señor Jesús, nos estimula al compromiso cristiano en favor de la liberación de los más abandonados. Por eso hacemos nuestro los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y de cuantos sufren. Acógenos a todos en la fiesta de tu Reino. Amén.

Bendiciones.

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