Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 5 de agosto de 2022

Día litúrgico: Viernes 18 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 16,24-28):

Jesús dijo a sus discípulos:

El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino.

Palabra del Señor.

Reflexión

En el evangelio de hoy Jesús presenta con claridad a todos los discípulos el camino por el que deben seguirlo: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga». Son palabras que parecen duras, y realmente lo son, pero Jesús mismo fue el primero que las vivió. Y ahora las propone a los discípulos, que no deben hacer más que seguir el camino del Maestro que cargó la cruz -que no es suya sino de todos- antes que ellos, porque de la cruz viene la salvación.

Jesús no se deja atrapar por nuestras incertidumbres, sino que nos pide que las venzamos confiando en él. La propuesta que hace Jesús a los discípulos parece paradójica para una mentalidad egocéntrica. En realidad expresa una sabiduría profunda que revela la frase que viene a continuación: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.».

Creemos que la salvamos guardando, buscando recompensas, reconocimientos y honores. Jesús nos advierte de que gastar nuestras energías, nuestro tiempo, nuestras fuerzas solo para salvarnos o, como se suele decir, para realizarnos, nos lleva en realidad a perdernos, es decir, a una vida triste y a menudo desgraciada.

Solo si vivimos para el Señor, si dedicamos nuestra vida a amar a todo el mundo, sin límites, como hizo precisamente Jesús, entonces disfrutaremos de la alegría de la vida. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si no somos amados ni somos capaces de amar? Eso es lo que explicará el apóstol Pablo en el himno a la caridad, diciendo que sin el amor, de nada sirve hacer cosas extraordinarias, aunque sean generosas.

Solo el amor no termina y solo el Señor nos salva. Así, al igual que el amor, tampoco la vida eterna se puede comprar. Solo la podemos recibir del Señor, quien, a su debido tiempo, «dará a cada uno según sus obras». Jesús habla de un retomo inminente. El cristiano vive siempre esperando atentamente para reconocer en el presente los muchos signos de la presencia de Jesús y de su reino entre nosotros.

El programa que expone Cristo suena extraño al hombre de hoy, hijo de un mundo que promueve el disfrute de la vida al máximo, sin limitaciones a la libertad ni al capricho. Pero Jesús no dice que hay que renunciar a vivir esta vida para alcanzar la otra, ni despreciar los valores humanos y materiales para poseer los bienes espirituales. No plantea una disyuntiva entre esta vida o la otra, como términos opuestos de un dilema excluyente, sino que propone subordinar y orientar esta vida a la superior. Porque lo contrario conduce al vacío y fracaso al que nos previene Jesús.

Cerrarnos en nosotros mismos y en un proyecto de vida que no se ajusta al plan de Dios y a su jerarquía de valores es colocarnos al margen del Evangelio, es decir, del amor a Dios y al prójimo. Gratificar nuestro egoísmo, ambición, intereses e insolidaridad es lo que arruina la vida presente y la futura.

¿De qué manera estamos participando en el proyecto del Reino de Dios, que quiere libertad, justicia y vida para todos, especialmente para pobres y humildes? ¿Qué siento al conocer las condiciones del seguimiento de Jesús? ¿Estoy dispuesto a compartir su misma vida?

Señor, concédenos seguirte incondicionalmente, sin claudicar ante la dificultad y la incomprensión. Ayúdanos a hacer nuestros tus criterios y actitudes para no arruinar la vida presente y la futura, para alcanzar el fruto de tu cruz salvadora, para participar siempre de tu condición gloriosa. Amén.

Bendiciones.

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