Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy martes 19 de julio de 2022

Día litúrgico: Martes 16 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 12,46-50):

Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él.

Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte».

Jesús le respondió: «¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos?».

Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos.

Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

Reflexión

Este texto del evangelio en algunas ocasiones se ha utilizado para desacreditar la figura de la Virgen María, afirmando que tuvo más hijos, y también haciendo parecer la respuesta de Jesús como un rechazo a sus parientes e incluso a su Madre. Nada más lejos de la realidad.

Lo cierto es que Jesús quiere hacernos ver y entender es que hay unos lazos con Él que son más fuertes que los de la carne y de la sangre. Y son los lazos de la fe. La fe y la confianza en Él están por encima de todo. María fue felicitada porque concibió a Jesús en su vientre.

Pero también porque creyó en la Palabra que se le dirigió de parte de Dios y que escuchó tan atenta, que la llegó a hacer carne en sus entrañas.

Todo el que pretenda pertenecerle, seguir su ejemplo y entrar en el ámbito de su verdadera familia debe, como Jesús, establecer una prioridad de opciones en que la primacía la ostente el cumplimiento de la voluntad de Dios en su vida. El programa no es negativo, sino positivo, pues desemboca en la pertenencia a Cristo como discípulo suyo y en la intimidad familiar con él, que es el hermano mayor de cuantos se deciden por los criterios de Dios.

Ciertamente María es grande a los ojos de Dios por ser la Madre de Jesús, su Hijo único, pero es aún más grande por hacer la voluntad de Dios. ¿Quién ha estado más dispuesta a realizar la voluntad de Dios que María? «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Por esto, san Agustín dice que María, primero acogió la palabra de Dios en el espíritu por la obediencia, y sólo después la concibió en el seno por la Encarnación.

Pertenecer a la Iglesia no es garantía última, ni la prueba de que en verdad seamos parte de la familia de Jesús. La fe tiene consecuencias en la vida. Los sacramentos, y en particular la Eucaristía, piden coherencia en la conducta de cada día. Nuestro parentesco con Jesús se refuerza en la medida en que nos esforzamos en vivir conforme a las exigencias del evangelio. Recordemos que en otro pasaje ya nos había dicho: «No todo el que me diga: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial».

La familia de Jesús es la comunidad de los «pequeños» que mediante la escucha de la Palabra y la conversión a ella, va creciendo llevada por la mano del Maestro y conducida hacia la plenitud de toda familia en la relación con Dios que es comunidad de amor.

¿Creo que Jesús me considere, entre sus parientes más cercanos? ¿Buscamos, como María, cumplir la voluntad de Dios?

Señor Jesús, ayúdanos a cumplir siempre la voluntad del Padre, para que  nunca dejes de considerarnos parte de tu familia. Mantennos siempre en la oración y en contacto contigo. Amén.

Bendiciones.

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