Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 17 julio 2022

Domingo 16–C

Lc 10,38-42

María ha elegido la parte mejor que no le será quitada

El episodio ocurrido en la casa de las hermanas Marta y María, que leemos en este Domingo XVI del tiempo ordinario, lo encontramos solamente en el Evangelio de Lucas y corresponde, por tanto, a uno de esos hechos a los cuales se refiere en el prólogo de su Evangelio: «Después de haber investigado todo diligentemente desde los orígenes, he decidido escribirtelo por su orden, ilustre Teófilo» (Lc 1,3). Debemos agradecer al evangelista que nos haya conservado el relato de este precioso intercambio de Jesús con las hermanas Marta y María.

Lucas no sólo fue un recopilador de dichos y hechos de Jesús, sino también un excelente redactor que los escribió «por su orden». Debemos estar, entonces, siempre atentos a la secuencia de los episodios que él nos transmite. Es lo que nos permite hacer la esclarecida reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, que dispuso la lectura continuada del Evangelio del Domingo.

El episodio anterior, que también lo conserva solo Lucas, lo leíamos el domingo pasado. A un doctor de la Ley, que preguntó a Jesús: «¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?», Jesús le respondió, después de exponer la parábola del buen samaritano, que «hizo misericordia» (el verbo corresponde a: «¿Qué he de hacer?») con la víctima de un asalto, diciéndole: «Vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Jesús declara así que para «para tener en herencia la vida eterna» es necesaria la misericordia con el prójimo.

Aunque se trata de una parábola, el protagonista de ese episodio es un varón, un samaritano, y todos los personajes son varones. Un procedimiento habitual en Lucas, que es particularmente sensible a la mujer, consiste en agregar a una unidad que involucre a un varón otra paralela que involucre una mujer. En efecto, en la sinagoga, Jesús «conminó» al espíritu inmundo que tenía poseído a un hombre y el espíritu lo dejó y, acto seguido, en casa de Pedro, «conminó» a la fiebre, que tenía postrada a su suegra, y la fiebre la dejó (Lc 4,35.39); sanó al siervo de un centurión que estaba por morir y, acto seguido, resucitó al hijo de la viuda de Naím (Lc 7,2.12); la parábola del grano de mostaza, «que tomó un hombre…», está seguida por la parábola de la levadura «que tomó una mujer…» (Lc 13,19.21); la parábola de la oveja perdida, que un hombre busca hasta que la encuentra, está seguida por la parábola de la dracma perdida, que una mujer busca (Lc 15,4.8); en aquel Día «estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada» (Lc 17,34.35); en el arca del templo vio «unos ricos echaban donativos» y vio una pobre viuda que echó dos moneditas» (Lc 21,1.2).

El Evangelio de este domingo, que sigue al del buen samaritano, involucra dos mujeres y se introduce así: «Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, lo acogió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra». En su diligente investigación, no pudo descubrir Lucas el nombre de ese pueblo, ni tampoco que las hermanas tenían un hermano llamado Lázaro. Sabemos, por el Evangelio de Juan, que ese pueblo era Betania y que dista aprox. 3 km de Jerusalén (cf. Jn 11,18). Pero descubrió bien la relación de amistad de Jesús con esas hermanas, que coincide con la que nos relata Juan: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5), y a lo que se deduce del mensaje que le mandaron cuando, Lázaro se enfermó: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11,3).

Lucas ubica el episodio de las hermanas en este lugar de su Evangelio, no sólo porque, tratándose de mujeres, sigue a un episodio de varones, sino también y, sobre todo, por el contenido, que es particularmente querido por Lucas. Ha destacado la necesidad de la misericordia para heredar la vida eterna; ahora va a destacar la necesidad de algo mayor. Y lo hace contrastando la actitud de ambas hermanas: «María sentada a los pies de Jesús escuchaba su Palabra». Ella está absorta en Jesús y no tiene atención para nada más. En cambio, Marta «se distraía con el mucho servicio».

El servicio no está mal; ha sido recomendado por Jesús cuando lo dice de sí mismo: «Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lc 22,27). Pero reprocha la actitud de Marta, porque, mientras Él habla, ella se distrae en otras cosas, que pueden ser muy urgentes, pero no necesarias. La situación hizo crisis cuando Marta «se acercó y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado servir sola?”». Esa intervención de Marta revela una relación de gran amistad con Jesús. En efecto, se permite llamarle la atención; más aún, darle una orden: «Dile que me ayude». Aunque lo hace con gran afecto −«amaba a Marta»−, Jesús no deja de reprenderla: «Marta, Marta…», como diciendole: «Tú siempre la misma», y agrega: «Te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».

Jesús declara que hay una sola cosa necesaria, ¿necesaria para qué? Obviamente, para alcanzar la vida eterna. María está acogiendo a Jesús, no sólo como un amigo de la casa, sino como la Palabra de Dios, que exige ser escuchada. La declaración de Jesús sobre lo único necesario corresponde con lo que dice Juan en el Prólogo de su Evangelio. Después de afirmar: «La Palabra era Dios…», agrega: «Vino a lo suyo, y los suyos no la acogieron. Pero a cuantos la acogieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» Jn 1,1.11-12). No hay otro modo de «acoger la Palabra» que escuchandola. Esto es lo que hacía María. Marta acogía a Jesús sólo como un amigo; María lo acogía como lo que es su Persona: «En el principio era la Palabra y la Palabra era hacia Dios y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). María lo acoge como la Palabra de Dios, que es Uno con quien la pronuncia desde toda la eternidad.

Esto mismo quiso enseñar Jesús en otra ocasión por medio de la parábola del sembrador, cuya clave de comprensión indica así: «La semilla es la Palabra de Dios» (Lc 8,11). Marta está en el caso de quien escucha la Palabra, pero «ahogada por las preocupaciones» se distrae; María, en cambio, está en el caso de los que, «después de haber escuchado, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia» (Lc 8,15).

El fruto de esa escucha y conservación de la Palabra en el corazón es el amor al prójimo; es lo que hizo el samaritano con el hombre que encontró herido a la orilla del camino. Por eso, Lucas, que es el evangelista que más insiste en la necesidad de la oración, considera que debe relatar este episodio después de destacar la necesidad de la misericordia. La misericordia es necesaria para entrar en la vida eterna; pero allá cesará, porque allá será la felicidad plena. En cambio, la parte mejor, la que eligió María, «no le será quitada». Lo que ella hacía en ese momento sentada a los pies de Jesús se prolongará eternamente. Es la visión eterna y beatificante de Dios. Refiriéndose a lo que hacía María, Jesús enseña que esa vida eterna comienza en este mundo, y en este mundo es lo único absolutamente necesario, pero no cesa en la eternidad. Nosotros gozamos ya de esa vida en la celebración eucarística dominical: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54). Gocemos de ella ahora.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

(Visited 44 times, 1 visits today)