Domingo de Ramos C
Lc 19,28-40
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu
La Iglesia celebra hoy el Domingo de Ramos con el cual se introduce la Semana Santa. Desde el miércoles de ceniza hasta el Domingo de Ramos –este año desde el 2 de marzo el 10 de abril–, contando ambos días, transcurren los cuarenta días de la Cuaresma, durante los cuales la Iglesia se prepara y se purifica para celebrar los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que son los misterios de nuestra salvación. En todo momento, durante esta Semana, debemos tener ante nuestros ojos a Jesucristo y nos debe acompañar la certeza: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20).
Este domingo se conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén. Por eso, la celebración litúrgica comienza con la proclamación del Evangelio que relata ese momento, seguida de la procesión en que los fieles llevan en sus manos ramos que agitan, representando a la multitud que aclamaba a Jesús. Pero este detalle no procede del Evangelio que se proclama. En los Evangelios de Marcos y Mateo la multitud extendía en el camino por donde pasaba Jesús montado en un asno, además de sus mantos, «ramos que cortaban de los árboles» (Mt 21,8; Mc 11,8). En el Evangelio de Lucas, correspondiente a este año, la mención de los ramos está completamente ausente. El nombre «Domingo de Ramos» es traducción del latín: «Dominica in Palmis», y este nombre procede del Evangelio de Juan: «Al enterarse la numerosa muchedumbre que había venido para la fiesta, de que Jesús se dirigía a Jerusalén, tomaron ramos de palmera y salieron a su encuentro gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel!”» (Jn 12,12-13). Dado que este domingo se caracteriza por la lectura de la Pasión del Señor ha adoptado también el nombre «Domingo de Pasión».
En el relato de la entrada de Jesús a Jerusalén según Lucas llama la atención la repetición respecto al asno en que montó Jesús: «El Señor tiene necesidad de él». Una vez lo dice Jesús cuando manda a dos de sus discípulos a buscar esa cabalgadura y la segunda vez lo declaran esos discípulos. Si consideramos que Lucas es especialmente cuidadoso en evitar redundancias y duplicados, debemos concluir que tiene una intención particular. Jesús expresa por este medio que Él entra en Jerusalén como entraban a Jerusalén los reyes a tomar posesión de su reinado, para que entendamos que quien va a padecer y morir por nosotros es el Rey, el Hijo de David, como lo definió el ángel en su anuncio a María: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su Reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Pero, ¿puede necesitar algo el mismo a quien el ángel define: «Será grande y será llamado “Hijo del Altísimo”»? Esa necesidad expresada por Jesús nos recuerda la famosa afirmación de San Agustín: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», necesita de ti para salvarte. La salvación es un don gratuito de Dios; pero «necesita» de nuestra acogida, aunque sea tan humilde como ese asno.
En el relato de la institución de la Eucaristía, Lucas es el único evangelista que nos informa de la disposición interior de Jesús: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes» (Lc 22,15); y es el único que incluye el mandato de Jesús, después de convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19-20. Lo transmite también San Pablo en 1Cor 11,24.25). La Pascua, que Jesús y sus discípulos estaban celebrando, se hacía «en memoria» de los hechos salvíficos obrados por Dios en favor de su pueblo en el pasado: la creación, la elección, la liberación de la esclavitud de Egisto… Jesús se sale del ritual y manda, en adelante, hacerlo «en memoria suya» y del evento salvífico verdadero y definitivo de su muerte y resurrección. Todo lo anterior era anuncio y figura de lo que se cumplió en Cristo, en su muerte y resurrección. Hagámoslo ahora «en memoria suya».
Lucas es el único que habla de «agonía» (lucha) de Jesús en el «monte de los Olivos». Se trata de su oración: «Llegado a la agonía, oraba más insistentemente… levantándose de la oración, vino junto a los discípulos» (Lc 22,44). Faltando nuevamente a su costumbre de evitar repeticiones, Lucas pone dos veces en boca de Jesús la recomendación de orar: «Oren para que no entren en tentación… Levántense y oren para que no entren en tentación» (Lc 22,40.46). Esa orden, dada en ese momento y repetida, debe ser más escuchada por nosotros.
Lucas revela especial interés en las mujeres que seguían a Jesús y ellas merecen especial mención durante la pasión: «Lo acompañaba mucha gente del pueblo y mujeres que se golpeaban el pecho y hacían duelo por Él…». A ellas Jesús dice: «Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos…» (Lc 23,27.28).
Por último, Lucas es también el único que nos transmite la confesión de «buen ladrón»: «Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas a tu Reino» y la promesa de Jesús: «En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42.43). Termina el relato impresionante de la Pasión con esa promesa de salvación a un hombre que reconoce su culpa y acepta su pena; pero da testimonio de la inocencia de Jesús: «Este nada malo ha hecho» (Lc 23,41) y de su poder salvador: «Acuérdate de mí».
Lucas es el único que nos dice el contenido del gritó de Jesús cuando expiró: «Gritando con gran voz, Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Y dicho esto expiró» (Lc 23,46). Fue un grito de gozo, de confianza, de extremo amor a la humanidad. Así se explica la reacción del centurión que dirigía la crucifixión: «Verdaderamente este hombre era Justo» (Lc 23,47).
Estos puntos propios de Lucas nos permiten conocer la mente suya y lo que él quiere expresar. Es el camino obligado para conocer lo que Dios nos quiere decir. Que en estos días de la Semana Santa podamos acoger en nuestra vida la cruz de Jesús y seguir sus huellas.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza