Domingo Cuaresma 4C
Lc 15,1-3.11-32
Hay fiesta en el cielo por un pecador que se convierte
En el Evangelio de este Domingo IV de Cuaresma leemos la consoladora parábola así llamada «del hijo pródigo», pero cuyo verdadero nombre, según algunos, debió ser «del padre misericordioso», porque esta es la enseñanza que Jesús quiere darnos con esa parábola. Tiene que haber un motivo válido para que esta parábola, que es la más conocida de las parábolas de Jesús, haya recibido universalmente un nombre que parece no captar el sentido.
Quienquiera que tenga un cierto conocimiento del Evangelio sabe que esta parábola se encuentra en el Capítulo XV de San Lucas y que no tiene paralelo en los otros dos Evangelios Sinópticos, Marcos y Mateo. Es instructivo el hecho de, estando la parábola en los versículos 11 al 32 de ese Capítulo XV, el Leccionario Dominical incluya también la lectura de los versículos 1 al 3. Nos enseña que, para la comprensión de toda parábola, es necesario conocer sus destinatarios y la ocasión en que fue propuesta por Jesús. En efecto, la parábola es una historia tomada de la vida real que se propone para provocar la reacción de los presentes y llevarlos a comprometerse y tomar partido con relación al caso ficticio presentado, para luego llevarlos, por analogía, a adoptar esa misma postura con relación a la verdad que se quiere enseñar.
Tal vez el ejemplo más emblemático de parábola que tenemos en la Biblia sea la que propone el profeta Natán al rey David para hacerle comprender la magnitud del pecado cometido por él, cuando hizo matar a Urías, que era uno más de la tropa, para quedarse con su esposa Betsabé. Natán le cuenta la historia de un rico hacendado que tenía inmensos rebaños de ovejas y cabras; pero, debiendo agasajar a una visita que llegó a su casa, mandó arrebatar a un pobre vecino la única oveja que tenía, a la cual amaba como a una hija. El rey, cuando lo escuchó, montó en cólera exclamando: «¡Vive el Señor, que merece la muerte el hombre que hizo eso!». Y entonces el profeta declaró: «Ese hombre eres tú» (Cf. 1Reg 12,5.7). Para entender hasta qué punto produjo esa parábola su efecto hay que leer el Salmo 51, que tiene esta introducción: «Salmo de David, cuando el profeta Natán lo visitó después de que aquél se había unido a Betsabé» (Sal 51,1-2). El Salmo 51 es el más penitencial del Salterio.
En el Evangelio de este domingo es cierto que la lectura incluye los vs. 1-3, porque es necesario indicar el escenario; pero omite los vs. 4-10. En estos versículos Jesús propone otras dos parábolas gemelas que tienen el mismo escenario y, por tanto, la misma enseñanza. La enseñanza repetida es esta: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión… se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (Lc 15,7.10).
El escenario de las tres parábolas es este: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él (a Jesús) para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”. Entonces les dijo esta parábola…». No sabemos cuántos publicanos –recaudadores del impuesto para la «Res Publica», Roma– había en el tiempo de Jesús. Pero ciertamente no estaban «todos» allí y, mucho menos, «todos los pecadores». ¿Es una exageración? ¡No! Lo que quiere decir Jesús es que la identificación que corresponde a ellos en la parábola debe extenderse a todos, hombres y mujeres, sin excepción. No dice lo mismo respecto al otro grupo presente, los fariseos y escribas, que murmuran contra Él, porque el personaje que corresponde a ellos –recordemos: «Ese hombre eres tú»– queda en suspenso.
«Un hombre tenía dos hijos». El hijo menor exigió su parte de la herencia y, sin importarle su padre, se fue a un país lejano y allí dilapidó toda la herencia «viviendo como un libertino». Se puede decir que era «pródigo» en darse gustos; de aquí el nombre: «el hijo pródigo», que se da a la parábola. El estado a que se redujo lo expresa Jesús de la manera más extrema: Para comer, disputaba la comida de los puercos –que es animal inmundo para un judío– y ni siquiera eso lograba. Entonces, acordandose de que en la casa de su padre hasta el último de los jornaleros estaba mucho mejor que él, decidió volver a su padre. No lo hace por consideración a su padre; es más, teme ser rechazado por él. Por eso, prepara un discurso: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros». La enseñanza de la parábola no es esta, pues todos ya sabemos que quien está en una situación crítica está dispuesto a humillarse para salir de ella. La enseñanza es la actitud del padre, quien se alegra al ver volver a su hijo perdido, corre como un niño, lo restituye a su condición de hijo y hace celebrar una fiesta por haber recobrado el hijo perdido. La enseñanza parece estar completa: Así se alegra Dios cuando un pecador vuelve a Él; y Jesús, acogiendo a los pecadores, nos revela a Dios. Quizá nunca es más clara que aquí la sentencia de Jesús: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9).
Pero la parábola no ha terminado, porque Jesús anunció dos hijos. ¿Qué pasa con el otro? El otro, al ver que su padre se alegra por la recuperación del hijo perdido, se irrita y se niega a participar en la fiesta. Tampoco a éste hijo importa el padre, porque no vacila en arruinarle la fiesta. En la recriminación a su padre, que Jesús pone en su boca, expresa los rasgos de los fariseos, que eran estrictos en el cumplimiento de la ley y, por eso, despreciaban a los demás (cf. Lc 18,9-12): «Nunca he dejado de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!». Es cierto que ha cumplido las órdenes del padre; pero ¡no lo ama!, porque no vacila en amargarle ese momento de alegría. El padre también ama a este hijo y sale a rogarle que entre y se una a la alegría y la fiesta: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado». Aquí termina la parábola y todos se preguntan: « ¿Entró o no?». Jesús no concluye la parábola, porque en el caso de este hijo mayor están los que murmuran contra Él, porque Él acoge a los pecadores. Él espera que los fariseos, y también nosotros, digamos: «Él nos revela cómo es Dios y “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (cf. Ez 18,23; 33,11; 1Tim 2,4; 2Ped 3,9); está bien, entonces, que acoja a los pecadores y coma con ellos y que se alegre cuando vuelven a Dios. Debemos alegrarnos también nosotros con Él.
Todos nosotros somos pecadores y la parábola nos representa; pero también tenemos mucho de fariseos y también por esto nos representa. No hay novedad en esto. Lo novedoso, lo que nos llena de gozo es tener tal Padre. Él es el centro de la parábola. Por eso, muchos sugieren llamarla: «Parábola del Padre misericordioso». Pero es difícil que cambie su nombre popular, porque todos tendemos a identificarnos con el hijo pecador, el hijo pródigo. Y está bien que sea así, con la condición de que el regreso al Padre sea por el dolor de haber ofendido a tal Padre y no sólo por interés.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza