Domingo 5-C
Lc 5,1-11
Dejándolo todo, lo siguieron
En el Evangelio de este Domingo V del tiempo ordinario Lucas nos relata con más detalle que los demás evangelistas las circunstancias en que fue llamado Simón, el primero de los discípulos de Jesús, a quien daría el nombre de Pedro.
Antes que esto, el evangelista ha repetido un sumario de la actividad de Jesús: «Volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos… Su fama se extendió por todos los lugares de la región… Iba predicando en las sinagogas de Judea» (Lc 4,14-15.37.44). Y nos ha relatado lo ocurrido en la sinagoga de su propio pueblo de Nazaret y en la de Cafarnaúm. Después de relatar lo ocurrido un sábado en la sinagoga de Cafarnaúm, el evangelista menciona por primera vez al discípulo que tendrá más importancia en la vida de Jesús y en toda la historia del cristianismo. Lo hace como si fuera ya conocido por sus lectores: «Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella» (Lc 4,38). Cuando los habitantes de Cafarnaúm quieren retenerlo, Jesús declara: «Es necesario que Yo evangelice el Reino de Dios también a otras ciudades, porque para esto he sido enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea» (Lc 4,43-44); se entiende, siempre en sábado, que es el día en que los judíos se reúnen en la sinagoga.
El relato sigue con el Evangelio de hoy, que claramente no trascurre en sábado –los pescadores acaban de trabajar toda la noche y siguen en ese día– ni tampoco en una sinagoga: «Ocurrió que la multitud se agolpaba sobre Él para escuchar la Palabra de Dios, y Él estaba de pie junto al lago de Genesaret». Por tanto, lo que espera oír la multitud de labios de Jesús no es la lectura de la Escritura, como se hacía en el servicio sinagogal, sino la palabra de Él, que es reconocida como «Palabra de Dios». Pero Él está de pie y el lugar propio del maestro es la «cátedra», lugar donde se sienta para enseñar. Jesús, entonces, se procuró una cátedra (kathedra), recurriendo a quien ya conocía: «Vio dos barcas que estaban a la orilla del lago… Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose (kathisas), enseñaba desde esa barca a la muchedumbre». La cátedra de Jesús es la barca de Simón Pedro. Por eso, hasta hoy, cuando el Sucesor de Pedro tiene intención de pronunciar en materia de fe y moral una sentencia infalible –que Dios sanciona en el cielo– se dice que lo hace «ex cathedra».
«Cuando cesó de hablar, dijo a Simón: “Guía hacia lo profundo, y echen sus redes para la pesca”». El evangelista ya ha dicho que los pescadores habían bajado de las barcas y lavaban las redes. Las lavaban de impurezas que habían barrido, porque, según la réplica de Simón, esa noche no había pescado nada: «Maestro, hemos estado fatigándonos toda la noche y nada hemos pescado; pero, en tu palabra, echaré las redes». Simón estaba presente en esa sinagoga de Cafarnaúm, cuando Jesús conminó al demonio que tenía poseído a un hombre diciéndole: «Cállate y sal de él» y todos llenos de estupor decían: « ¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen» (Lc 4,36). Una de esas palabras decía ahora a él y, sobre esa base, Simón condujo la barca a lo profundo y echó las redes, a pesar del fracaso total anterior. Y la palabra de Jesús se reveló como lo que es, Palabra de Dios, esa palabra que –según declaración del mismo Dios– «no volverá a mí vacía sin que haya realizado lo que Yo quise y haya cumplido aquello a que la envié» (Isaías 55,11): «Capturaron una gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían».
La reacción de Simón es la que siente el ser humano cuando tiene experiencia de la presencia de Dios. Al referirla el evangelista le da por primera vez el nombre que Jesús le dio: «Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado». El modo como llama a Jesús –«Señor»– corresponde al modo como llamaban los judíos a Dios, «Adonai». Pedro se siente indigno no sólo de llevar las sandalias de Jesús, como Juan el Bautista, sino incluso de estar en su presencia. Pero es precisamente en este momento cuando Jesús le formula su vocación, diciéndole: «No temas, desde ahora, serás pescador de hombres».
Algunos Doctores de la Iglesia –San Bernardo, San Francisco de Sales y otros– han visto un paralelismo entre esa reacción de Pedro y la de San José, cuando supo que su esposa había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo al Hijo de Dios hecho hombre y se sintió indigno de ser su esposo y padre de ese Niño. Un ángel del Señor le dijo en sueños: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa, aunque es cierto que lo concebido en ella es del Espíritu Santo y dará a luz un Hijo. Tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). La reacción de Simón será como la de José: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su esposa» (Mt 1,24).
El Evangelio de este domingo es el relato de la vocación de Pedro, y también de Santiago y Juan, compañeros de Pedro y, sobre todo, de su respuesta. En efecto, la conclusión de todo es esta: «Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, lo siguieron». Vemos que la llamada de estos primeros discípulos no fue la primera vez que Jesús los veía a la orilla del mar de Galilea, como parece deducirse de los Evangelios de Marcos y Mateo. En realidad, Jesús ya conocía a Pedro y Pedro a Jesús. Pero aún no lo había llamado. Lucas, que «investigó todo diligentemente» nos dice las circunstancias en que Jesús lo llamó. Toda vocación auténtica se produce en un encuentro personal con Jesús. Todo ser humano tiene una vocación formulada por Dios antes de crearlo; es el camino por el cual llegará más directamente a gozar de Dios eternamente. Nuestra preocupación en esta vida debe ser descubrir nuestra propia vocación y responder a ella como lo hizo Pedro y sus compañeros y tantos otros a lo largo de la historia.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza