Cartas Pastorales

El Evangelio de la Epifanía del Señor Domingo 2 enero 2022

Mt 2,1-12

Hemos visto su estrella en el surgir

Hemos contemplado en estos días de Navidad el nacimiento de Jesús y nos hemos admirado de la pobreza, ocultamiento y anonimato en que vino al mundo. Verdaderamente, «el que tenía la forma de Dios… se vació de sí mismo tomando la forma de esclavo… se humilló a sí mismo, haciendose obediente…» (cf. Fil 2,6.7.8). Lo que más sorprende es que nadie en Israel supiera que había nacido en el pequeño pueblo de Belén, no sólo el que daría a Israel toda su notoriedad en la historia, sino también el que vino a salvar a toda la humanidad, concediendo al ser humano el ser hijo de Dios: «A cuantos lo acogieron les dio el poder ser hijos de Dios, a los que creen en su Nombre» (Jn 1,12), es decir, en su identidad de verdadero Dios hecho verdadero hombre, de Hijo de Dios hecho Hijo del hombre. Pero Dios manifestó su nacimiento a hombres de pueblos lejanos que vinieron a adorarlo. La palabra «manifestación» se dice en griego «Epifanía». Es la fiesta que celebramos este domingo. El día propio de la Solemnidad de la Epifanía es el 6 de enero; pero en nuestro país, no siendo ese día feriado, se traslada al domingo siguiente al 1 de enero.

Tres son las manifestaciones, las epifanías de Cristo, que reconoce la liturgia. Dos de ellas ocurren en el comienzo de la vida pública de Jesús y manifiestan quién es Él. En su Bautismo por Juan la voz del cielo lo manifiesta diciendo: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco» (Mt 3,17), cuando Él se había humillado hasta confundirse con los pecadores que recibían ese baño confesando sus pecados. En las bodas de Caná, donde fueron invitados Él y sus discípulos, dijo expresamente que no había llegado aún su hora, la de manifestarse al mundo, pero convirtiendo el agua en vino, «manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11). Pero la manifestación de Jesús que recibe el nombre de «Epifanía» es la que celebramos hoy: Dios manifestó, por medio de una estrella, el nacimiento de su Hijo hecho hombre a unos hombres muy lejanos a Israel.

«Nacido Jesús en Belén de Judea, en los días del rey Herodes, unos magos de Oriente, llegaron a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido? Pues hemos visto su estrella en su surgir y hemos venido a adorarlo». Suele traducirse: «Hemos visto su estrella en Oriente», indicando el lugar donde la vieron aparecer. Pero esta traducción no respeta la distinción que hace el original entre las dos instancias de la palabra «anatolé = oriente». La palabra Oriente, como punto cardinal –el Este– indica el lugar donde nace el sol cada día y se usa en plural. En efecto, el texto dice literalmente: «Unos magos de los orientes». En cambio, cuando hablan de la estrella que ellos vieron aparecer se usa en singular: «hemos visto su estrella en el surgir» y hace alusión al tiempo más que al lugar. Luego, se hace cuestión de ese tiempo, cuando Herodes, llamando a los magos «se informó con precisión de parte de ellos sobre el tiempo de la aparición de la estrella».

Después de esa introducción, lo primero que llama la atención es la completa ignorancia sobre lo ocurrido en que están los que debían saber en primer lugar: «Oyendo el rey Herodes (a los magos) se sobresaltó y con él toda Jerusalén». Pero entendió Herodes, considerada la descripción de los magos y el título «Rey de los judíos» que dan al que ha nacido, que se trata del hijo de David que debía heredar su trono. Por eso, convocados los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo, la pregunta que les hace es: ¿Dónde debe nacer el Cristo? Y ellos conocen bien la respuesta: «En Belén de Judea». Lo saben por el profeta Miqueas (Miq 5,2) a quien citan. Nos preguntamos por qué fue necesaria esta consulta; ¿no podía la misma estrella guiarlos hasta Belén, como lo hará más adelante hasta llegar donde el Niño? Este paso de consultar a los profetas corresponde a uno de los puntos en que insiste Mateo en su Evangelio: todo lo referente a Jesús estaba anunciado en los profetas, en este caso, el lugar de su nacimiento.

Con esta información, los magos se dirigen a Belén, que dista poco de Jerusalén, menos de dos horas caminando. Ahora quedamos más sorprendidos aún, porque sabiendo todo lo anterior, incluso dando las indicaciones precisas, no vemos que esos sumos sacerdotes y escribas del pueblo tengan algún interés en ir a Belén para celebrar el nacimiento del Cristo que ha nacido. Sólo se interesa Herodes, pero de manera hipócrita: «Vayan e indaguen cuidadosamente sobre ese Niño; y cuando lo hayan encontrado, comuniquenmelo, para ir también yo a adorarlo». En realidad, lo que quiere Herodes es eliminarlo, como lo intentará más tarde, habiendo sido burlado por los magos, con todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores.

«La estrella que habían visto en su surgir iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño». Los magos han llegado a su destinación. Su actitud nos sorprende: «Vieron al Niño, con María su madre, y, postrándose, lo adoraron; abrieron, luego, sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». Lo que ellos vieron –el Niño con su madre– es tal vez la visión que más ha inspirado la iconografía cristiana. Los dones que ellos traen corresponden a la identidad del que ha nacido, es decir, del que ellos esperaban encontrar: oro a un rey, incienso a Dios y mirra para la sepultura de quien ha de morir. La revelación que ellos han recibido es completa, ¡es una clara manifestación del que ha nacido! Jesús es nuestro Dios y hecho hombre morirá en la cruz con la indicación: «Rey de los judíos» (Mt 27,11.29.37) y será ungido con cien libras de mirra y áloe (Jn 19,39).

El Evangelio de la Epifanía tiene como finalidad afirmar que la salvación obrada por Jesús se extiende a todos los pueblos, no sólo a Israel. Es uno de los textos más claros de la universalidad del cristianismo. El Evangelio de Mateo comienza con esa declaración y concluye con el mandato universal de Cristo resucitado: «Hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 20,19). San Agustín concluye una de sus homilías en el día de la Epifanía diciendo: «Celebremos exultantes en el Señor el día festivo del Señor, no solo en cuanto nació de los judíos, sino también en cuanto fue manifestado a los gentiles… ¿Qué cosa es esta alteza del humilde, esta fuerza del débil, esta grandeza del pequeño? Ciertamente, hizo todas estas cosas aquella Palabra por la cual todo fue hecho. La Palabra que estaba lejos de nosotros se hizo carne para habitar entre nosotros. Reconozcamos, por tanto, en el tiempo a Aquel por quien fueron hechos los tiempos y celebrando su fiesta en el tiempo, anhelemos los premios eternos» (Discurso N. 373, sobre la Epifanía).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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