Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 19 de noviembre de 2021

Día litúrgico: Viernes 33 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,45-48): Jesús, al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Está escrito: «Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones»”.

Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

Palabra del Señor.

Reflexión

Jesús, a sabiendas de lo que le esperaba en Jerusalén, no huyó, entró en la ciudad santa y se dirigió al templo. Dentro de aquellos muros estaba el corazón de Jerusalén, el lugar de la presencia de Dios.

Por desgracia, el afán de ganancias había invadido también aquel espacio dedicado a Dios y a la oración. Aquella casa se había convertido en un mercado, en un centro de negocios. Era evidente que ya no era la casa donde se mostraba el amor gratuito de Dios por su pueblo. Más bien se mostraba que el espíritu mercantil había contaminado incluso la relación con Dios.

El Maestro entra al Templo y toma posesión de él, echando a los vendedores y preparándolo así para poder enseñar en él diariamente. En esta enseñanza Jesús cuenta con el entusiasmo y la atenta escucha de todo el pueblo que lo rodea como una gran multitud, pero también cuenta con el rechazo de la clase dirigente: los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo. Es muy probable que todos estos factores hayan entrado en juego en el final de Jesús.

El Templo de Jerusalén fue construido para resguardar en su centro, llamado el Santo de los Santos, el Arca de la Alianza, la cual era el símbolo visible de la presencia de Dios entre su pueblo: por lo tanto, para encontrarse con Dios había que ir al Templo. Pero Jesús nos enseña ahora que para encontrarse con Dios hay que encontrarlo a Él, escucharlo y vivir como Él nos enseña; donde está la comunidad y el prójimo está Jesús y donde está Jesús está Dios; Cristo es el nuevo Templo y nosotros somos parte de él.

Isaías había dicho que el Templo tenía que ser “casa de oración para todos los pueblos”. ( (Is 56, 7) Jeremías se quejaba de que, por el contrario, algunos lo convertían en cueva de ladrones (Jr 7, 11). Jesús une las dos citas en la misma queja. Probablemente el clima de feria de negocios que reinaba en los atrios del Templo, con la venta de animales para los sacrificios y el cambio de monedas para los que venían del extranjero, es lo que él desautorizó, aunque todo ello se hiciera con el consentimiento de las autoridades.

Hoy resulta muy oportuna esta grave advertencia de Jesús. El aviso sigue vigente, ¡muy vigente! En bastantes zonas de la sociedad occidental se ha debilitado el sentido de lo sagrado. Hay algunos lugares en los que las bodas, los funerales, o las Primeras Comuniones, parecen más un estadio o una sala de convenciones antes que un templo. ¡Cuánto menos rezamos, más hablamos!.

Cuando Jesús se disgustó en el Templo, Él todavía no estaba presente a través de la Eucaristía. Ahora sí. ¡Pues imagínate qué disgusto para Él!.

¿Necesita la Iglesia de hoy purificarse de alguna adherencia similar?

¿Nuestras celebraciones son expresión del gozo y la alegría del encuentro comunitario con el Dios de la vida?

¿Es el templo lugar de encuentro con la comunidad?

Padre Santo, te rogamos que la luz del espíritu guíe la fe de los que formamos la Iglesia iniciada por tu Hijo Jesús y, como él pide, nuestros templos sean casas de oración y de alabanza a ti. Amén.

Bendiciones.

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