Día litúrgico: Lunes 33 del tiempo ordinario
15 de Noviembre: San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Lc 18,35-43): Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: “¡Jesús, ¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”
Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”
“Señor, que yo vea otra vez”.
Y Jesús le dijo: “Recupera la vista, tu fe te ha salvado”. En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.
Palabra del Señor.
Reflexión
Jesús está a punto de terminar su viaje. Ya está cerca de Jericó, la última ciudad antes de Jerusalén. Y el evangelista parece querer anticipar la entrada a Jerusalén. A las puertas de la ciudad hay un hombre ciego, excluido al borde del camino como un mendigo, que al oír el alboroto de la gente, pregunta qué está sucediendo. Le hiceron saber que está pasando Jesús de Nazaret. Aquel hombre necesita a alguien que le hable de Jesús; él solo no ve.
En realidad, todos necesitamos que alguien nos hable de Jesús porque nosotros, que tendemos a centrarnos en nosotros y en nuestras cosas, estamos como ciegos. Y no solo porque nos cueste levantar los ojos de nosotros mismos, sino que en este caso, sin que la Iglesia nos hable de Jesús no podemos verle.
Aquel día, aquel ciego comprendió que Jesús no pasaría de largo y que podía curarlo. Por eso de inmediato se pone a rogar, o mejor dicho, a gritar. Era una oración sencilla, una oración, precisamente, a gritos, pero auténtica, porque nacía de la necesidad: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Por desgracia, como pasa todavía hoy a menudo, la gente intenta hacerle callar, tal vez para no importunar a aquel Maestro que no podía perder tiempo con alguien tan insignificante como él. Pero aquel ciego ruega, o mejor dicho, grita más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se detiene y pide que le lleven ante aquel ciego. Ahora están frente a frente. Jesús ve más allá de aquellos ojos cerrados a la luz y llega hasta el corazón. Y lo interpela. Entabla un diálogo con el corazón del ciego. Sí, encontrarse personalmente con Jesús es indispensable para que se abran los ojos de aquel ciego, para que en nuestro corazón entre la luz, para que el alma de los discípulos se abra a la salvación.
En el encuentro entre nosotros y Jesús se realiza la curación. Jesús, como reconociendo la iniciativa del ciego, le dice: «Recobra la vista; tu fe te ha curado». Aquel ciego empieza a ver y ve también con los ojos del corazón, porque empieza a seguirlo. No se queda solo disfrutando su curación. No; comprende que debe participar en la curación del mundo para que los hombres vean la misericordia de Dios y se conviertan a Él. Aquel ciego encarna al creyente, a aquel que reconoce su ceguera, reza con fe al Señor, se deja curar y sigue al Maestro. Es un ejemplo para todos nosotros.
¿Qué cegueras necesitamos que el Señor nos quite? ¿Somos capaces de confesar nuestra fe ante los demás como lo hizo el ciego? ¿Demostramos
nuestra pertenencia al Reino de Dios preocupándonos de los más necesitados?
Señor, aumenta en nosotros la fe para saber que Tú siempre estás con nosotros. Necesitamos la habilidad de ver todo desde tu punto de vista. Permítenos adorarte y glorificarte por tu constante compañía y porque nunca nos has dejado solos en nuestros problemas y tristezas. Amén.
Bendiciones
Regina Coeli Una Señal de Esperanza