Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 6 de agosto de 2021

Día litúrgico: 6 de Agosto: La Transfiguración del Señor (B)

Texto del Evangelio (Mc 9,2-10): Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”.

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría “resucitar de entre los muertos”.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hoy celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. Esta es la segunda vez que Dios dice públicamente que Jesús es su hijo amado, el hijo de la complacencia o primogénito y nos invita a escucharlo.

El relato de la Transfiguración

nos muestra una experiencia intensa de Jesús con sus discípulos, camino de Jerusalén después de haber anunciado la pasión, para que esos discípulos puedan introducirse de lleno en el camino y en la verdadera misión de Jesús. Los discípulos, o bien desean los primeros puestos del reino, o bien quieren quedarse en el monte de la gloria de la transfiguración, como Pedro. Jesús va al monte para orar y entrar en el misterio de lo que Dios le pide; desde esa experiencia de oración intensa puede iluminar su vida para saber que le espera lo peor, pero que Dios estará siempre con él.

La decisión de Jesús de bajar del monte de la transfiguración y seguir caminando hacia Jerusalén, lugar de la Pasión, es la decisión irrevocable de transformar el mundo, la religión y la vida. Es verdad que eso le llevará a la muerte. Esa decisión tan audaz, como decisión de una misión que ahora se confirma en su experiencia con lo divino, con la voz del Padre, no le llevará directamente al triunfo, sino a la muerte.

Pero el triunfo de la resurrección lo ha podido contemplar, a su manera, en ese contacto tan intenso con el misterio de Dios. Dios le ha revelado su futuro, la meta, la victoria de la vida sobre la muerte. Y ahí está su confianza para seguir su camino y hacer que le acompañen sus discípulos. Estos seguirán sin entenderlo, sin aceptarlo, preparándose o discutiendo sobre un premio que no llegará de la forma que lo esperaban. Del cielo se ha oído un mandato: «escuchadlo», pero no lo escuchan porque su mentalidad es bien otra. Jesús los ha asomado un poco a la «gloria» de una vida nueva y distinta, pero no lo han entendido todavía.

Dios sigue invitándonos hoy a la escucha de su Hijo, de Cristo el Señor; en la escucha podemos encontrar nitidez en el diálogo con Dios. El diálogo no sólo son preguntas que lanzamos a Dios, también hay respuestas que nos orientan hacia la fe: ESTE ES MI HIJO, ESCUCHADLO.

Jesús nos invita a su intimidad, a la participación de su vida con Dios. Nos enseña la gloria, se pone en la línea de Abrahán, padre de nuestra fe, y el Profeta Elías. No obstante, aunque nos indique el camino de la gloria, nos vuelve a la realidad humana. La experiencia de Pasión, de cruz y muerte ha de vivirse con entrega, desde el servicio y la donación total. Es el amor lo que nos conducirá a un camino de confianza en Dios. No es un amor que nos ciega, es un amor que nos ayuda a reflexionar por el sentido de la vida.

Hemos de estar atentos a los matices que las lecturas de hoy nos sugieren. Quizás pensemos que la vida de fe es el camino donde Dios nos lo da todo, sin más contemplaciones, porque creamos que lo merecemos. Pero, ¿y cuál es mi sacrificio? ¿Cuál es mi entrega y mi servicio? ¿Qué profundidad tiene nuestro amor a Dios y los hermanos?

En nuestra oración podemos quedarnos prendados de un cierto bienestar que nos produce la compañía de Dios, quizás podamos estar tentados en construir como Pedro tres chozas, para evadirnos de la realidad. La vida hay que vivirla confiados en Dios, pero los trazos con que es dibujada son distintos, hay que vivirlos tal cual, llenos de la confianza en Dios.

¿Seré capaz de reconocer a Jesús transfigurado en los hermanos de mi comunidad?

Señor y Padre nuestro, en la transfiguración de tu Hijo permítenos contemplar anticipadamente la irradiación de su gloria. Haz que escuchemos hoy la voz de tu Hijo amado que nos habla en la palabra de cada día. Amén.

Bendiciones.

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